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Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

¿Y quién es nuestro diputado?

Era el año de 1989 y la primera vez que el PRD participaba como partido nacional en unas elecciones locales.
El municipio de Coahuayutla era, junto con el de Petatlán, el único de la Costa Grande ganado de manera contundente y reconocido como triunfo de la oposición por parte del gobierno de José Francisco Ruiz Massieu.
En la etapa final para la calificación de las elecciones fue necesario reforzar la presencia de la estructura electoral del partido en los comités municipales electorales, copados durante años por el PRI y el gobierno.
Para apoyar a nuestros representantes electorales se formó una comisión desde la dirección regional del PRD con asiento en Zihuatanejo, y se logró integrar para el viaje a Coahuayutla al compañero Guillermo Sánchez Nava en su calidad de diputado de la coalición electoral de la izquierda que representaba a la Unidad Popular Guerrerense.
Como en esa época la carretera para llegar hasta aquella cabecera municipal era una simple brecha, los viajes solamente eran posibles en camionetas de redilas donde ningún pasajero se libraba del abundante polvo rojizo del camino que lo cubría todo.
Cuando llegamos a Coahuayutla ya los dirigentes municipales del partido estaban reunidos esperando al representante electoral, quien aprovechando un receso del comité electoral se presentó ante la dirección municipal del partido.
El representante del PRD en el comité electoral se llamaba Cirilo, un campesino flaco de lo mal comido. Usaba sombrero de palma y huaraches; era claridoso, ladino y respondón.
A poco de su llegada nos puso al tanto de la altanería con que se conducían los priistas, quienes a toda costa pretendían revertir el resultado de la elección en el recuento de los votos.
La conclusión de Cirilo era que había un serio riesgo de que nos quitaran votos por la vía de anular algunas actas de casilla, lo que exigía una respuesta enérgica del PRD.
Entonces elaboramos la estrategia de defensa en la que nuestro diputado era pieza esencial por el fuero que tenía.
Cuando Cirilo escuchó que entre nosotros había un diputado cambió su actitud nerviosa y se mostró relajado, luego preguntó:
–¿Quien es nuestro diputado?
Entonces le presentamos a nuestro compañero Sam, como se le conocía a Guillermo Sánchez Nava.
Cuando Cirilo supo que ese muchacho chaparrito y bigotón, lleno de polvo del camino, era nuestro diputado, ni siquiera se molestó en ocultar su risa entre burlona y nerviosa.
–¿Éste es nuestro diputado? –volvió a preguntar respondiéndose así mismo:
–¡No, mejor que no vaya, porque nomás se van a burlar de él. Esos priístas son cabrones! –dijo a modo de explicación.
Al final nuestro diputado acompañó a Cirilo, y en la sesión del comité electoral impuso su presencia con la seguridad que lo caracterizaba.

¡Ahí viene Zamudio!

Al grito de “¡Ahí viene Zamudio!” todos los locatarios del mercado central corrían a ocultar lo mejor y más caro que tenían de mercancía, para dejarlo lejos de la vista del funcionario municipal, cuando visitaba los puestos para hacer su mandado.
Zamudio, que era su apellido, tenía años de haberse hecho del cargo como responsable municipal de la dirección de comercio y tenía que ver con el refrendo de las licencias, que de acuerdo con la ley, año con año los comerciantes tenían que tramitar en su oficina.
–Dame un kilo de los camarones más grandecitos y arréglame ese huachinango que todavía se mueve –ordenaba Zamudio en la pescadería.
Cuando pasaba por las vinaterías el estrago que ocasionaba el servidor público era todavía mayor.
–Bájame esa botella de Chivas porque quiero echarme unos güisquis el fin de semana.
Todos los locatarios se sentían obligados a cumplir las órdenes de Zamudio, y sus donativos forzosos iban ya a la partida de pérdidas porque sabían que no había modo de reclamar el pago de la mercancía que semana a semana consumía el funcionario.
Todos los comerciantes sabían lo anterior porque cuando alguno de ellos se atrevía a solicitarle el pago de la mercancía que se llevaba, en seguida tenían que vérselas con el funcionario rígido que no tardaba mucho en encontrar en su archivo cualquier irregularidad en el funcionamiento del negocio que, o bien carecía del refrendo de su licencia o tenía un tache por la mala calidad de sus instalaciones, o inclusive exhibiendo alguna denuncia en su contra, hecha por algún ciudadano ficticio que lo acusaba de alterar los precios de determinada mercancía.
En aquella peculiar relación entre el funcionario que era Zamudio y los comerciantes del mercado de Zihuatanejo, prevalecía esa complicidad y tolerancia que se desarrolla cuando ninguno de los dos se caracteriza por su respeto a la ley.
De ahí que al mínimo intento de quererle cobrar al funcionario la mercancía que consumía, su respuesta era inmediata y temible:
–A ver si pasas hoy por la oficina para arreglar unos pendientes que tienes.
Ya en la oficina Zamudio se ensañaba con el comerciante citado, quien abrumado para salir de tanto problema que manaba de la boca del funcionario, imaginando ver clausurado su negocio, terminaba pidiéndole  favor, “cueste lo que cueste” ya sabe que “luego me pongo bien”.
Así funcionaba la relación del director municipal del comercio con los locatarios, ambos al margen de la ley, hasta que llegó el cambio de gobierno y con ello el cese fulminante de Zamudio, quien de ahí pasó a formar parte del ejército de desempleados.
Años después, en el mercado, no faltaba el bromista que ponía a temblar a los locatarios al grito de “¡Ahí viene Zamudio!”

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