Ecos del pasado, en el desfile por el Día del Trabajo en Acapulco
* Guayaberas blancas, apoyos a “la política” del presidente municipal y el ya tradicional conato de violencia entre institucionales y democráticos del SNTE
Aurelio Peláez * Por un momento pareció que el presidente municipal, Alberto López Rosas, se cansaba de esperar y se marchaba. Después de 25 minutos de estar en el presídium y no ver pasar a ningún contingente de trabajadores, se paró, se quitaron mesas y manteles y hasta saludó como despidiéndose. Pero simplemente se quitó tramoya, y el mantel verde que da autoridad a la autoridad en los desfiles del Día del Trabajo. La autoridad quería estar más cerca de los trabajadores, sin mediaciones. Luego, apareció abriendo el desfile el filopriísta Consejo Municipal del Transporte.
Antes, López Rosas presidió su marcha de Wolworth al Zócalo, acompañado de un ciento de personas del Frente Ciudadano de la Senectud. No llegó, como se manejó días atrás, el gobernador René Juárez ni la comitiva estatal, salvo el ex alcalde de Acapulco y actual secretario de Desarrollo Económico, Juan Salgado Tenorio, como representante estatal, y el diputado del PRS, el igualteco Heriberto Noriega Cantú, en una extraña cortesía del Congreso local y de la fracción de diputados del PRD, pues habiendo ganado por mayoría todos los distritos locales en Acapulco, ningún perredista estuvo como representante del poder legislativo y sí un diputado que con frecuencia se ha enfrentado con el perredismo. Los sindicatos cetemistas, que realizaron su desfile aparte.
Extraño se veía López Rosas enfundado en una guayabera blanca manga larga, al mejor estilo de la vieja clase política, la del PRI. Por lo menos debió dar línea a uno que otro colaborador cercano, para no quedar tan solo, tan como solemne en medio del desmadre que fue a veces el desfile. Como que le quedaba más el amarillo.
De institucionales y democráticos
–¿Qué dijiste? –increpó un maestro institucional a un democrático, al término de su marcha. El democrático, en ropa casual, de repente se descubre casi solo. El institucional, de riguroso pantalón y camisa blanca, viene en su grupo, que aún no se deshace.
–Que son antidemocráticos –responde el democrático.
–No, no, repite lo que me dijiste hijo de la chingada –porque aún en la fila de marchistas, el institucional oyó que le gritaron “borrego” y “lambiscones”. Lo aguantó cuando venía de la masa de democráticos. Ahora ahí hay uno que se quedó solo, que le grita y se detiene. No vienen refuerzos democráticos y hay más institucionales, quienes finalmente calman a su compañero. Total, la marcha ya acabó, le dicen. “Vámonos compadre”, y buscan los bares restaurantes –o al revés– de ahí del Zócalo.
Antes, se habían presentado dos forcejeos. Cuando los democráticos de la CETEG rompieron el orden del desfile, y se metieron a la marcha, a la altura de Sanborns, para cortar el paso de los institucionales del SNTE. Luego, cuando al terminar de marchar, los democráticos se quedan a un costado de los que desfilan y se arman empujones, hasta que entran policías de la preventiva a abrir paso a los que marchan. Los democráticos se repliegan unos metros y desde ahí siguen gritando a sus compañeros: “Esos son, esos son, los borregos del patrón”.
Hubo uno más. Una maestra democrática se queda a medio camino de la marcha y cuando pasan los institucionales se niega a moverse. Los del SNTE no la esquivan, quieren pasar por sobre ella, pero esta sigue en su lugar. A la maestra la empujan pero no puede recibir ayuda, pues sus compañeros quedaron al otro lado de la valla humana de policías. Son los propios policías los que tienen que quitarla, a costa de recibir manotazos de la maestra, que ahora es observada por una docena de fotógrafos y camarógrafos.
El guión de este forcejeo entre los maestros grita por lo previsible. Primero, los de la CETEG llegan al micrófono con su líder, Víctor Echeverría, con su discurso anti política laboral de Fox. El síndico Marcial Rodríguez se levanta para hacer algún comentario al líder, y se escuchan un “abajo, abajo”, que le detienen.
Después pasan los del SNTE, con quejas y demandas concretas: contra el ISSSTE, por la muerte por negligencia médica, dicen, de la profesora Leticia Casarrubias, y por el asesinato del maestro de la secundaria 10, Raymundo Vargas. Por ambos piden en su turno, ante el micrófono del presídium, un minuto de silencio del que luego desisten, pues lo que se oye son las consignas de “borregos” y “corruptos” que lanzan los democráticos.
Breves momentos de gloria
El único momento en que la marcha del Día del Trabajo se vio como se estilaba en los viejos tiempos, los del PRI, Fidel Velázquez y su CTM, y el poder del Presidente en turno que se repite en los estados, fue al paso del contingente de la CROC municipal, que preside el filo perredista Margarito Genchi. Ordenados, de blanco, su paso dio un respiro al presídium. Cargaban, además, una gran manta a modo: “Apoyamos la política de Alberto López Rosas”. Tan grande era la manta que en la primera línea se leía “Apoyamos la política de…” y en la segunda línea “Alberto López Rosas”. Como en el pasado.
Ellos entraron después de la CETEG y antes de la del SNTE. Un contingente después estuvo la de la Unión Nacional de Trabajadores (UNT), que agrupa a gremios de electricistas, telefonistas, universitarios y de El Barzón. No obstante, antes que hacer uso del micrófono oficial, instalaron su propio equipo de sonido, en un camión, y desde ahí su dirigente Silvestre Morales dirigió consignas y cánticos: “En una jaula de oro, pendiente de un balcón, se hallaba el presidente chingando a la nación”, que lo mismo ha servido para Salinas, Zedillo o Fox.
Luego pasó un grupo perredista, la Corriente Crítica de México, que dirige el profesor universitario Leopoldo Calderón, con una manta en donde se leía: “No a la imposición ni al dedazo de Alberto López Rosas en el Distrito 10”. Ello, pese a que el mismo Calderón se ha dejado ver en actos de apoyo a la candidata perredista en ese distrito, Irma Figueroa, la presunta candidata de López Rosas.A diferencia de otras mantas, que eran leídas por el maestro de ceremonias ésta, por supuesto, no se leyó.




