Anituy Rebolledo Ayerdi
Cómo han pasado los años (XXVIII) A la mitad del siglo XX
*A la memoria de mi compadre Enrique Arellano, el primer bombero de Acapulco y de Juan Urbano Carreño, amigo y gran jurista
Acapulco-Margarita
Acapulco habría sido, según una de muchas leyendas, el lugar de origen del mcoctel Margarita, el internacional bebistrajo a base de tequila. Se vivía precisamente la mitad del siglo XX. Margaret Sames es una dama estadunidense acostumbrada a veranear en su propia residencia acapulqueña. A su calidad de millonaria excéntrica se suma la de ser una generosa versión femenina de Ganimedes, El escanciador de los Dioses.
Aquella noche veraniega Margaret tiene como invitado en su casa sobre acantilados a Nicky Hilton, heredero de la cadena internacional de hoteles de su nombre y que aquí mismo tendrá un eslabón. Conoce ampliamente la afición del joven por la coctelería y su mayor deseo es sorprenderlo con una mezcla desconocida para él. Está segura de lograrlo porque la que se propone tiene como base el tequila jalisciense, desconocido para aquél. Instalada en una cantina sorprendente por la variedad de caldos espirituosos, lo mismo de aquí que de más allá, la dama experimenta como si fuera alquimista medieval: Un chorrito de tequila, otro de Cointreau y uno más de jugo de limón, todo batido, servido en copas escarchadas con sal. ¡Y ya está!
El primero en beber aquella pócima será el inspirador de la misma, por supuesto, y una vez con su visto bueno correrá con prodigalidad con tan solo pedirlo como “Margarita”. Antes del amanecer la concurrencia andará, como luego dicen, “gateando” , sin ser ello una exageración. Peor para Nicky quien deberá ser llevado al aeropuerto en ambulancia y con suero para tomar su propio avión.
Dos Margaritas demoledoras, sin duda.
Plomazos
Una delación por parte “compañeros de partido”, más que resultado de la inteligencia presidencial, pone en alerta al presidente Adolfo López Mateos sobre el plan de Acción Nacional para interrumpir su primer informe de gobierno. El encargado de ejecutar el complot –algo así como invocar a Lucifer en plena misa papal–, será al legislador yucateco José Castillo Mena. Este ha sido entrenado para sobreponer sus denuncias al clamoreo de los legisladores priistas. López Mateos tiene en sus manos el texto de los reclamos panistas –¡“que caros se venden estos pinches persignados”!–, y entonces invita a desayunar a su amigo el general José Ortiz Avila, legislador por el estado de Campeche.
Llega el 1 de septiembre de 1958 y con él el rito sacramental del “Informe Presidencial” (así se llama o llamó una escuela primaria del puerto pero no la hay, por ejemplo, con el nombre de “Grito de Independencia”). La Cámara Baja (así llamada no por la estatura de sus integrantes sino por el espíritu de los mismos) luce engalanada para recibir al Jefe de la Nación. Y no podía ser de otra manera pues sus mismos integrantes lo llaman lacayunamente “el día del presidente”. Se trata del mismo recinto de Donceles donde no pocas disputas legislativas fueron dirimidas a balazo limpio y en cuya “más alta tribuna de la Nación” un legislador oaxaqueño se descerrajó un tiro en la sien. Y nadie más.
Castillo Mena repasa su texto y su ensimismamiento en la lectura no le permite advertir que tiene como vecino de curul a un odiado priista, Ortiz Avila. “Ha de andar perdido”, piensa, saludándolo amablemente.
La apoteosis estalla cuando penetra al recinto el mandatario que ha hecho de su sonrisa una arma poderosísima. Con ella doblega lo mismo convicciones ideológicas que a púberes de cachetes colorados. Las fanfarrias atruenan los aires y la palmas enrojecen. “El señor presidente de la República tiene la palabra”, declara una voz que se esfuerza por sonar varonil.
Será en ese preciso momento cuando el diputado Ortiz Avila se acerque lo más posible a su nuevo vecino de curul, Castillo Mena. Éste lo considera un ex abrupto entusiasta del priista. Cambia inmediatamente de parecer cuando siente un objeto metálico casi perforándole el costillar, como dicen en esu tierra: es el cañón de una pistola 45 de campechano, cubierta apenas por un perdió. Es el o del día. El yucateca lanza un “!Mare, que te pasa lindo hermoso”!
–¡Cállate, hijo de la chingada! ¡Tú que interrumpes al señor presidente y aquí mismo te carga la chingada, pinches bolillos putos, responde en voz baja el campechano.
Engarrotado, sudando a chorros y la pupila fija en la tribuna donde ALM hace filigranas con la retórica revolucionaria, José Castillo Mena soporta estoico todo el informe con aquella presión metálica sobre sus costillas. Se atreve finalmente a balbucir:
–¿Ya ve, compañero diputado, como no pasó nada? Le ruego que me permita salir pues ya me anda…, además de que no deseo escuchar las pendejadas del compañero que contestará el informe de su presidente. Tiene mi palabra de que nadie sabrá lo que hoy pasó aquí… ¡Gracias, compañero diputado, que Dios lo bendiga! (Solo faltó una invitación a comer papadzules).
Más tarde, Ortiz Ávila escucha las palabras de agradecimiento del señor presidente López Mateos, que era como escuchar la “voz del amo” en la certera interpretación de la RCA Víctor:
–Ya supe lo que hizo usted por mí, señor general, y se lo agradezco en verdad. Es cierto, señor diputado que, como luego dicen, la política es un guisado con muchos sesos . Pero no es menos cierto que si a los sesos se le agregan unos pocos huevos , el resultado será espléndido. ¡Bien, mi futuro gobernador, bien!
–¡Ya chingué!, piensa para sí el militar y abogado. Ha escuchado la profecía de labios del propio hombre de Atizapán de Zaragoza, más efectivas que las del propio Zeus. Ésta se cumplirá dos años más tarde cuando José Ortiz Ávila asuma la gubernatura de Campeche (1961-1967).
Pasados los años, Ortiz Ávila será “acapulqueño de coraza”, avecindado en Las Brisas con su esposa Rosa María Vázquez , ex actriz de cine y sus hijos.
Los 50 sin Lara
Agustín Lara sonará solo esporádicamente durante la década del tostón, permitiendo a otros creadores elevar sus voces ajenas a la cursilería decimonónica. Se iniciará entonces la etapa moderna del bolero romántico. Allí estarán en primera fila el paisano de Chilpancingo, Arturo Neri con su Caleta Tropical (ya cumplía diez su incomparable Cariño) y el casi paisanito Álvaro Carrillo (Amor mío, Cancionero, Eso y Sabrá Dios). Hoy mismo, quien quiera recrear aquel pasado musical, simplemente para dar rienda suelta a la nostalgia, nunca para llevar una serenata porque será la última, deberá recurrir indefectiblemente al cancionero de hace 60 o más años. En él encontrará las joyas nacionales siguientes:
Corazón y Franqueza (Consuelito Velázquez); Llévame (Curiel); Usted (Ruiz-Zorrilla); Te me olvidas, Te quiero así (Prado-Sancristóbal); Quinto patio (Luis Arcaraz); No me platiques (Vicente Garrido); ¿Quién será? (Pablo Beltrán ); Un año más sin ti (Álvarez-Sandoval); Cien años, Que murmuren (Fuentes-Cervantes); Tú eres mi destino (Carlos G.Barrera); La Enramada (Graciela Olmos).
El Reloj, La Barca, Regálame esta noche (Roberto Cantoral): La Puerta (Luis Demetrio); Gema, Tres regalos (Güicho Cisneros); Mi amor por ti (Miguel Pous), Amor de la calle (Fernando Z. Maldonado); Ladrona de besos (Ramón Inclán); Te sigo esperando (Manuel Palos); Cien mujeres, Mi último fracaso (Alfredo Gil); Llegaste tarde (Wello Rivas); Como un perro (Severo Mirón); Jacaranda (Fabregat-Molina); Oye mi canción (Carlos Gali); Me recordarás (Adolfo Salas)
Ahora los “fuereños”
Cuba: Irremediablemente solo (Avelino Muñoz); Amor que malo eres (Luis Marquetti); Contigo a la distancia, Tú, mi delirio (César Portillo de la Luz); Fichas negras (Johnny Rodríguez); Tu voz (Ramón Cabrera); Cómo fue (Ernesto Duarte); No puedo ser feliz (Adolfo Guzmán); Espinita (Nico Jiménez); Rumbo perdido (Mario Álvarez); No pidas más perdón (Raúl Márquez); Tú me acostumbraste (Frank Domín-guez); Intruso corazón (Agustín Ribot); Total (Mario Perdomo).
Penita contigo (Balumba Landestoy, dominicano); Cerezo rosa (Francia); Aunque me cueste la vida (dominicana); Camino verde y Cariño verdad (España); Lágrimas de amor (Raúl S. Moreno, Bolivia); Cariñito azucarado (Puerto Rico); La Hiedra (Italia); Quisiera ser (Mario Clavell); Vete de mí (Homero Expósito, Argentina); Historia de un amor (Carlos Eleta, Panamá)
No le haga caso, lector@ a quienes pontifican que la nostalgia es un sentimiento reaccionario. ¡Dígales, como dicen en San Jerónimo, que reaccionario tienen el cisirisco, y gócenla!
Liz Taylor
La hermosa estrella de cine Elizabeth Taylor contrajo matrimonio y se divorció cuatro veces a la mitad del siglo XX. Su primera unión en 1950 fue con Nicky Hilton (el mismo de la “Margarita” acapulqueña). La segunda en 1952 con Michael Wilding, la tercera con Michael Todd, en 1958, y la cuarta en 1959 con el cantante Eddie Fisher. Seguirán en los 60, Richard Burton, con quien se casará en 1961 y divorciará para volver a casarse en 1975. Este brutal choque de egos durará apenas un año para reincidir ella con John Warner y cerrar su corazoncito con Larry Fortenski, en 1991.
La boda en Acapulco
La tercera boda de Liz Taylor, con Michael Todd, tuvo como escenario este puerto, concretamente el hotel Las Brisas. El alcalde tecpaneco Mario Romero Lopetegui los une en matrimonio civil y les lee en perfecto inglés la epístola don Melchor Ocampo (un liberal “matalascallando” que nunca estuvo casado pero que si regó hijos por todas partes). ¿¡What!?, expresarán ante aquella jerigonza los rostros atónitos de los contrayentes. Firman como testigos de la novia la actriz y cantante Debbie Reynols (Cantando bajo la lluvia) y su esposo Eddie Fisher, el más grande vendedor estadunidense de discos de los 50. Por el novio lo harán Miguel Alemán Velasco y Mario Moreno Cantinflas.
Michael Tood era todo un personaje en la industria del cine. La había revolucionado con el sistema con su nombre (Todd-A-O) con pantallas gigantes y sonido estereofónico. Hombre muy ligado a México a través de Miguelito Alemán, no escatimará dólares para producir la costosísima película La Vuelta al mundo en 80 días. Un intento fallido por internacionalizar la comicidad de Mario Moreno, liquidada por cierto cuando dejó de ser Cantinflas.
El regalo del novio para Liz será un cuadro de Renoir, un abrigo de visón y una pulsera de diamantes. Como tanta dicha no podía ser eterna –según el dictamen de las abuelas de entonces–, la hermosa señora Taylor queda viuda al año de casada. El señor Todd muere en un accidente aéreo.
El escribano no sería leal con sus lectoras, particularmente, si corta aquí el relato. Tan solo algunos sucedidos más tarde.
¡Oh my God!
Liz, la desolada viuda, refugia su dolor en sus íntimos y muy queridos amigos, Debbie Reynols y Eddie Fisher. La pareja se esmera en proporcionarle atenciones y distracciones. Lo hacen de día y de noche pues la dulce Debbie ha llegado a pensar que, ante tanto dolor, su amiga puede buscar la autoinmolación. La puerta no será de ninguna manera falsa, de madera y con picaporte. Un día, la ingenua Tammy , de los pantanos la abre de sopetón y, ¡oh, my God!, oh, my God, oh my God!: ¡Liz y Eddie fajando bonito y tupido!.
Una vez las ropas en su lugar, Liz no se amilana. Por el contrario, se enfrenta al tú por tú con una escandalizada y llorosa Debbie:
–¡ No seas ridícula y deja ya de lloriquear! Tu mejor que nadie sabes que no puedo irme a la cama sin un hombre, así que no te hagas la sorprendida y mucho menos la mártir. Y cierra con sonoro “¡no chingues!”, aprendido seguramente en Acapulco.
Siempre enamorada de Acapulco, la mujer del rostro cinematográfico más hermoso de todos los tiempos escogerá el puerto para disfrutar de su luna de miel con el cantante La servidumbre acapulqueña de la actriz tendrá un único reparo en torno a la conducta de su patrona: “ ¡Diosito la va a castigar por no respetar siquiera el “cabo de año” del difuntito!”
Ora sí, la última
Liz Taylor, Lana Turner y Esther Williams fueron las tres únicas damas de “La Pandilla de Hollywood en Acapulco”, así llamados por ellos mismos. Un grupo de actores que adquieren el Hotel Los Flamingos para tener asegurado hospedaje en el puerto. Los caballeros: Orson Welles, Fred MacMurray, John Wayne, Red Skelton, Richard Widmark, Rock Hudson, Errol Flynn, Tyrone Power y Johnny Weissmüller (éste vendrá a morir aquí).




