Al mediodía en la playa de Tlacopanocha, todos somos negros
Aurelio Peláez * A esta hora uno no se explica por qué el Grupo Modelo o los de la Superior no están en la primera línea, al lado del gobernador René Juárez y del alcalde Alberto López Rosas, defendiendo la incolumidad de las playas de Acapulco.
Bastaría un telefonazo solidario de los empresarios cerveceros para con nuestras autoridades, con algo así como: “Señor, todos somos negros”. Si aquí está el mercadazo más importante de chelas en el país durante este mes, dicho esto sin necesidad de monitoreo por parte de la Semarnat y sin alguna presunción. Cuídennos, cuídennos.
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Playa Tlacopanocha, mediodía. Los lancheros quedaron arrinconados, tras sus demacradas lanchas de fibra de vidrio, bajo uno de los árboles. El calor del mediodía los despertó. Una caguama que pasa de vaso en vaso atenúa la desvelada por la noche de pesca. A su alrededor pasan ignorándoles familias enteras de vacacionistas. En la playa de alto riesgo para la salud, según la Semarnat, ya no cabe nadie. “Ya no me quedan mesas ni sillas”, dice uno de los meseros. De pronto, un lanchero, negrazo, se levanta y busca en el bolso trasero del short. “A chingá chingá”. No encuentra nada. Escudriña con los pies en la arena. Camina luego hacia la playa, patea levemente la arena. Regresa. “Ya la tenía despuntada”, lamenta. Se entiende que habla de un bonchecito de mota.
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En los cien metros de playa Tlacopanocha, de la playita, como se le conocía antes, las sombrillas se amontonan unas sobre otras. Casi no hay paso. La chilangada ya hizo suyo ese espacio. Lo único que transitan son las chelas, las caguamas y vendedoras de enchiladas y quesadillas de a diez la orden. Sobre el suelo, botellas de cerveza vacías, ropa, zapatos. Un ajuar de familia en Semana Santa en Acapulco; viaje de última hora, hotel de última hora, lana del sablazo al compadre. Nada más faltó el prángana de Brozo.
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Este Jueves Santo no aparecieron ni René Juárez ni López Rosas por esta playa, como sí lo hicieron los días anteriores. Ni tampoco los inspectores de la Semarnat para instalar su anuncio de advertencia de que bañarse en esta playa implica un riesgo para la salud. De pronto parece como si ese intercambio de fuego verbal entre el gobierno federal y las autoridades estatales fuera cosa de los periódicos, y un poco menos, de la televisión. Nada del mar. Como si la playa fuera un rehén de una disputa burocrática. Al mediodía es la gritería de los niños, que en algunas pausas dejaban oír el reventar de olas mansas. Si a René o a López Rosas se les ocurriera ahora certificar en cuerpo propio la calidad de esta agua, apenas encontrarían paso al mar.
Quizá ahora hubiera quedado mejor una consigna: Todos somos negros, señor Brozo.
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Yo lo único que podría certificar, me dice el colega, en paso por la acera cercana a Tlacopanocha, es que de noche por aquí huele que se fuman una mota de buena calidad. La playa es vecina del barrio de La Candelaria, la zona de los acapulqueños más nativos, es decir, de los barrios históricos.
Por la noche, entre las lanchas, pasean como fantasmas los lancheros, candil en mano, preparándose para el zarpe a la pesca en la bahía. De noche, es su territorio. Abruptamente una sombra se desprende, pasa entre uno y la carretera, a la tienda. Dos caguamas vacías en mano. De noche todos somos negros.
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Todo empezó con Zedillo, El presidente que contaba chistes plúmbeos –así lo definió la revista Milenio- cuando dijo que Joaquín Hendrikcs, el de Quintana Roo, era el primer gobernador negro del país, en un golpe de audacia histórica que dejó fuera del récord a varios primeros mandatarios de Guerrero, y hasta un presidente, Vicente Guerrero, de quien se asegura que su retrato fue sucesivamente blanqueado por pintores que se adelantaron a su época, más o menos a los cirujanos de un tal Michael Jackson.
Ahora Brozo, Víctor Trujillo en su noticiero El Mañanero, rescata los recursos zedillescos para criticar y luego desacreditar –con alevosía innecesaria, sin admisión de réplicas- gobierno y playas de Acapulco. A la crítica de negligente y gobernante globero, asestada a René Juárez, Brozo le suma la de “negro”, que asocia con la actividad de “mover la panza”. Luego entonces, la negriza, según esta tesis, no tendría chance de estar en el gobierno.
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Morena es la mano –así hubiera quedado mejor, señor Brozo, y nadie le sospecharía algún dejo de racismo– que levanta el machete y de un tajo corta cáscara y hueso del coco. Salta el agua. A diez pesos. Uno, poco diestro en esa arte, generalmente lo medio abre como a los veinte machetazos, y queda la fruta como si se le hubiere asesinado con la saña que dicen, tienen los homicidas espontáneos.
Salen los cocos de vez en vez. Para los niños y algunas señoras, porque lo que corre con prestancia es la cerveza: en botella, en lata, en caguama. Ritos de iniciación para los chavos de la banda chilanga. Se les ve hacer equilibrios, cerveza en mano, abrazar a los cuates, darse de besos –ora jotos–, llorar. Es Acapulco y ya van dos días de juerga. De la playa al hotel, o al cuarto de hotel capaz de albergar a la media docena de la banda. Más chelas. A curársela a la playa.
Aquí todos los vientres son iguales. Aquí los trajes de baño son los menos. Nada del narcisimo de los vacacionistas de los hoteles de cuatro y cinco estrellas de más allá de la Costera. Se anda en short o en camiseta, por ahí hasta alguien se pasea en calzoncillos, unos con el elástico ya flojo, que se le resbala. Ya es la hora de la comida. Pasan los platos de ceviche, más tomate que pescado, de a veinte.
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“¿Aquí es Acapulco, papa”?, pregunta un niño flaquísimo, acento de Neza o de Tepito. armado con flotadores en los brazos, visor, cubeta y pala para hacer castillos de arena –si encuentra dónde– y por lo que se ve, un terror primigenio al mar. Aunque no parece ser que por los informes de la Semarnat.




