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Centro de Derechos Humanos de la Montaña Tlachinollan

Los candidatos y candidatas de Guerrero ¿merecen nuestro voto?

 

 

¿Qué confianza puede tener la ciudadanía guerrerense en el gobernador del estado cuando es exhibido y acusado en cadena nacional por el duopolio televisivo, de nepotismo, corrupción y violaciones graves a los derechos humanos? En el marco de esta guerra de declaraciones, la Auditoría General del Estado (AGE) difundió información sobre la cuenta pública correspondiente al 2010, donde señala que el ex gobernador Zeferino Torreblanca no comprobó 4 mil 284 millones de pesos de un total 8 mil 857 millones. Es decir, que tanto el ex gobernador como el gobernador en turno arrastran los vicios acendrados que han desquiciado a los guerrerenses, por saquear las arcas públicas y mantener incólume la corrupción. Estos escándalos no trascienden ni política ni jurídicamente porque los diputados y diputadas del Congreso local son proclives a solapar todo, siempre y cuando haya dinero de por medio, máxime cuando se trata del Jefe, quien ejerce un poder omnímodo.

Las principales dependencias que manejan miles de millones de pesos como las secretarías de Salud, la de Educación y la de Seguridad Pública, son la minita de oro de los gobernadores, que se han especializado en lucrar con los recursos financieros destinados a revertir los graves rezagos sociales y el gran problema de la inseguridad pública. Saquean a más no poder y actúan con tal impunidad, al grado que sienten que entre más corruptos y desalmados son, imponen más respeto y miedo.

En Guerrero no hay gobernador que esté exento de acusaciones sobre corrupción, represión, nepotismo, abuso de autoridad y violaciones a los derechos humanos. Todos ellos saben que el poder les da el privilegio de gozar de protección e inmunidad. El sistema imperante sufriría fisuras o se  resquebrajaría si se llegara a investigar y castigar las fortunas personales de los gobernantes, porque la corrupción se ha erigido como una condición estructural del ejercicio del poder en México. Esta política real, y no la que aparece en los discursos de los candidatos, es la que padecemos cotidianamente las y los guerrerenses. Es la política que está vinculada a los grandes negocios que florecen bajo la sombra del gran poder. La que está atrás de las disputas por las candidaturas, donde están de por medio opciones de decisión económica, líneas de desarrollo, políticas privatizadoras, megaproyectos, concesiones públicas, jugosos contratos, tráfico de influencias y de los bienes públicos.

Los candidatos y candidatas no sólo representan a un partido político, también promueven y defienden intereses económicos. Muchos cuentan con aliados y socios de diferente calado que van desde las empresas trasnacionales; las grandes constructoras; las empresas inmobiliarias, las grandes y medianas distribuidoras, las  agencias de desarrollo, los emporios turísticos, las empresas privadas de seguridad, las grandes comercializadoras, las agroindustrias, las empresas de transporte, la amplia gama de empresas de consultoría y hasta empresas vinculadas a la economía criminal. No es casual que los empresarios acostumbrados a vivir del erario público apadrinen a algunos candidatos y que pululen en los mítines y reuniones para ser parte del equipo y así asegurar su futuro.

Cuando los institutos electorales en sus anuncios panorámicos promueven románticamente el voto, nos queda claro que su quehacer forma parte del entramado electorero hecho a imagen y semejanza de un modelo de democracia representativa, donde en los hechos el ciudadano es un elector que reduce su participación depositando su voto en la urna. Lo que le interesa a los institutos electorales es que el ciudadano vote, independientemente de lo que le pueda suceder después de las elecciones. Una vez que se dirimen las controversias electorales y se entregan las constancias que acreditan los triunfos de los candidatos o candidatas, concluyen su trabajo. Ahí termina todo, el ciudadano que votó se tiene que aguantar u organizarse para exigir que los gobernantes cumplan con los compromisos contraídos. En este sistema ninguna autoridad tiene el encargo de vigilar o de pedir por ley que rindan cuentas a la sociedad los que ostentan un cargo de elección popular.

¿Quién le va pedir cuentas al presidente de la República por las 60 mil muertes violentas durante su sexenio y los más de 60 millones de mexicanos y mexicanas que se encuentran en una grave situación de pobreza? ¿A nivel estatal quién llamará a cuentas al ex gobernador Zeferino Torreblanca y obligará al gobernador en turno a  que transparente los recursos públicos y rinda cuentas a la ciudadanía sobre las nóminas del gobierno del estado? ¿Por qué las autoridades no actúan contra los responsables del quebranto financiero en las principales secretarías del gobierno del estado? ¿Por este tipo de políticos que han trastornado la vida de los guerrerenses y que aparecen como modelos a seguir, es por lo que piden nuestro voto?

Estas actuaciones que denigran la política son las que más indignan y molestan a una sociedad que se siente agraviada por la actitud pendenciera y truculenta de los gobernantes y de quienes se ostentan como candidatos y candidatas. En las campañas no sólo están ausentes los temas neurálgicos que más preocupan a la población, sino que se evade el debate sobre lo que está sucediendo al interior de los mismos partidos políticos que han dejado de ser verdaderos representantes de la  sociedad.

A pesar de que en el discurso los ciudadanos podamos escuchar en algún candidato mensajes más acordes y cercanos a lo que siente y sufre la población más pobre, sin embargo existe una gran distancia entre lo que se quiere hacer y lo que realmente están haciendo los gobiernos tanto del PRI, del PAN y del PRD, sobre todo de quienes operan las políticas y ejercen los presupuestos. La población no constata en su bolsillo y en su mesa ningún cambio en cuanto al mejoramiento de sus condiciones de vida. En Guerrero los índices de desarrollo humano siguen en picada: a La Montaña no sólo se le puede catalogar como una zona de desastre (por los últimos sismos) sino como una región donde campea el hambre, la miseria, las muertes maternas, el analfabetismo, el monolingüismo, la desnutrición infantil, la migración de miles de familias, la discriminación contra la población indígena, la corrupción de las autoridades que procuran y administran justicia, la militarización que le ha declarado la guerra a los pobres, la siembra raquítica del maíz y la narco siembra; las disputas agrarias y la violencia alentada por la delincuencia organizada. El desgobierno es lo que impera en este enclave del olvido. Las autoridades locales están ausentes en sus municipios. Se la viven en Chilpancingo o Acapulco con el sempiterno pretexto de que los llamó el gobernador o que andan gestionando obras (fantasmas). Se han acostumbrado a la grilla barata de las corrientes políticas, desentendiéndose de su principal responsabilidad que es atender y resolver las demandas y problemas de sus conciudadanos.

Ante esta calamidad propiciada por los gobiernos municipal, estatal y federal, los ciudadanos y ciudadanas con justa razón se preguntan sobre el sentido de seguir votando por gobernantes que han sido un fraude para el electorado. También se preguntan ¿hasta dónde los candidatos y candidatas merecen estar en las boletas electorales y emitir el sufragio a su favor? Es claro que los candidatos y candidatas del PRI, del PAN, del PRD, de Movimiento Ciudadano, del PT, de Nueva Alianza y del Verde Ecologista, no fueron postulados por la militancia o los simpatizantes de sus partidos o coaliciones. Se trata de una treta de las cúpulas partidarias que nombraron a personajes que se han incrustado en las estructuras del partido o dentro de alguna corriente política buscando congraciarse con los caciques o los jefes de las tribus, para formar parte del círculo de los ungidos.

Hoy en Guerrero tenemos diferentes tipos de candidatos o candidatas: los gandallitas, que son políticos sin trayectoria ni compromiso social, que al interior de sus partidos han logrado conformar alguna corriente asumiéndose como los nuevos líderes o estrellitas que piden para sí una candidatura a cambio de negociaciones turbias, de enroques amañados y de acuerdos mafiosos que buscan amarrar más candidaturas, como si el partido fuera una agencia de colocación. No les importa lo que puedan decir los simpatizantes y militantes de su partido o lo que puedan opinar los líderes o representantes de otras corrientes políticas. Se trata del vil agandalle a cualquier precio político y económico.

Tenemos a los candidatos o candidatas camaleónicos quienes sin ningún rubor cambian de color y de siglas partidarias por así convenir a sus intereses y porque es la mejor manera de mantenerse dentro del primer círculo del poder. No hay principios ideológicos ni ética política, son cuestiones meramente pragmáticas y de cálculos perversos, pensando en la crasa ganancia. Sin ningún rubor discurren sobre los motivos de su salida del partido para erigirse como celosos defensores de la democracia.

Vemos que deambulan en esta jungla política los candidatos y candidatas pirrurris a quienes su papi les consiguió con sus amigos de México una candidatura. No hay más mérito que ser un niño o niña bien, que como premio no sólo tienen carro nuevo, sino que también pueden tener un escaño dentro del Congreso, como si se tratara de una membresía de primera clase. No se preocupan mucho sobre cómo realizarán su campaña, porque los amigos y trabajadores de su papi le harán toda la talacha, para que no se vaya a ensuciar en sus recorridos y ni vayan a tener problemas con la chusma.

Los y las guerrerenses vamos a tener que ver y escuchar a candidatos y candidatas tranzas, que son los que ya ocuparon un cargo público y se caracterizaron por ser corruptos. Saquearon las arcas, negociaron con las autoridades que les sucedieron para gozar de inmunidad y esperaron el tiempo necesario para retornar y recuperar sus fueros perdidos a través de una nueva candidatura. Confían en los favores que les  hicieron a sus amigos y a sus socios con los que hicieron negocios, para hacer su campaña, utilizando las clientelas políticas sumisas o corporativas.

Los candidatos y candidatas trapecistas son los que más abundan. Están enfermos de codicia. No les basta el cargo que ocupan, y si por ellos se tratara, ostentarían cínicamente dos o más cargos al mismo tiempo para satisfacer sus ansias de poder y su sed de dinero. Pelean los cargos para treparse a la ubre en todos los cambios de gobierno. Se mueven y alían con otros grupos por pura conveniencia política. Para nada les interesa la opinión de la población a la que supuestamente sirven, mucho menos se cuestionan si tienen la capacidad para ocupar otro cargo. Predomina en ellos la deshonestidad y la ambición personal.

Hoy vemos a candidatos y candidatas tipo tv notas que se preocupan más por su figura y las apariencias de su persona, que por lo que realmente son y saben. Cuentan con dinero para anunciarse y multiplicar su imagen en su distrito y más allá de su circunscripción. Su séquito está conformado más por personas encargadas de cuidar su imagen, que por gente pensante que le ayude a armar su plataforma política. No les interesa lo que puedan decirle a la gente. Son producto de la improvisación, porque su estrategia es más mediática que de contacto directo con la población. Le apuestan a su cara bonita y a que sean sus fotos y las inserciones pagadas las que se encarguen de producir un efecto favorable para su candidatura. Estos y otros tipos de candidatos y candidatas de Guerrero, ¿merecen nuestro voto?

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