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José Gómez Sandoval

POZOLE VERDE

*El Plan del Zapote / 2

Cuestión de perspectiva

 

En cierto momento, el marco referencial de El Plan del Zapote, La primera rebelión del siglo XX, de Mauricio Leyva, destinado a facilitar el entendimiento del Plan de que se ocupa la novela, puede volver ésta, en el interés del lector, un mero desglosamiento de la anécdota de rebeldía que literariamente es verosímil y, de acuerdo a los libros que el autor enlista al final, históricamente está bien documentada. El suspenso termina cuando advertimos que Mauricio aceptó el reto y desarrolló eficazmente la anécdota que hasta ahora estaba aprisionada en pocas páginas de algunos libros de historia. Muchos protagonistas del Plan del Zapote que sólo conocíamos en fotos tan borrosas que parecen fotocopias o en pedacitos de libros cobran vida, y su caracterización, sus planteamientos y sus pláticas –tan breves– nos convencen de su existencia singular. Unos más, como la chilpancingueña Margarita Viguri (“mujer bella y de porte aristocrático”) o Eusebio S. Almonte (“hijo de Eligio Almonte, descendiente de Rafael Santamaría y Martina Almonte, hija a su vez de José María Morelos y Pavón y Brígida Almonte, y cuyo padre había luchado bajo las órdenes de Vicente Guerrero”), que se mantiene de una pieza; otros menos, como son los casos de Anselmo Bello y Rafael del Castillo Calderón, a quienes, como veremos después, Leyva les borra la huella caciquil y el oportunismo político. En búsqueda de cierta objetividad, Mauricio pone en un mismo plano “revolucionario” intereses diversos que sólo coincidían en querer agarrar el sartén político y administrativo regional por el mango. De un mero movimiento de hacendados abusados y políticos sin chamba hace una epopeya antiporfirista, cuando, según Fernando Lasso Echeverría (El Sur, 8 abril 2014), “la única motivación del famoso Plan del Zapote (fue) la ambición política de caciques locales que ansiaban el mando estatal, no el reparto agrario y, mucho menos, el cambio del gobierno federal”.
Mauricio hace aparecer “al gran Morelos en su lucha por la independencia” como ángel guardián del Plan del Zapote, “que en su primer punto manifestaba –afirma-, sin temor alguno y en franca rebeldía: Desconocimiento del régimen porfirista”, cuando en el Artículo Primero del Plan del Zapote original sólo dice: “El pueblo del estado libre y soberano de Guerrero declara que de hoy para siempre en su territorio será un hecho la libertad del sufragio”. El igualteco Florencio Benítez González (La dictadura porfirista en Guerrero, El sur ante la modernidad, 2010) señala la paradoja de que el Plan, que “estuvo firmado por las propias autoridades del lugar encabezados por el presidente (municipal de Mochitlán) Porfirio Jiménez”, y “enviado al presidente de la república con todo y sello del ayuntamiento, quizás con la ingenua idea de que, al igual que el Plan de Neri…, se tratara de un movimiento esencialmente local y que en nada afectaría al régimen de Díaz”.
Ignoramos a ciencia cierta de dónde tomó Mauricio las demandas de su Plan. El original del Plan del Zapote consta de 17 artículos, que en la novela se ven reducidos a cuatro: I.-Desconocimiento del régimen porfirista; II.- Reformas a la Constitución de 1857 para adaptarla a las necesidades de los campesinos y obreros; III.- Reparto de tierras y haciendas de los latifundistas, comenzando con las de Tepechicotlán, San Miguel y San Sebastián…, y demás existentes en el suelo mexicano; y IV: Acuerdo de la junta revolucionaria de pregonar el Plan, siendo deber de todos defenderlo.
Todo indica que Leyva tomó estos datos (los más importantes, el meollo documental de su novela) de la Enciclopedia Guerrerense. Lo hace textualmente. Sólo le faltó uno, justamente el que, según la Enciclopedia, plantea la “Defensa del sufragio efectivo y oposición abierta a la reelección en los puestos públicos” (el mero mero meollo del Plan del Zapote). A su vez, la Enciclopedia lo tomó de Historia del Estado de Guerrero (1968), de Moisés Ochoa Campos, que quién sabe dónde lo sacó. En la ficha del Diccionario Enciclopédico del Estado de Guerrero (así llamado antes de que se extendiera y, de dos tomos que era, se volviera Enciclopedia Guerrerense y saliera en siete tomos), su autor, Juan Ramos Valenzo concluye que en los cinco puntos citados del Plan “se advierte su contenido social, específicamente agrarista, y político”, repitiendo la frase de Ochoa Campos, a la que nomás le cambió algunas palabras.

Historia de bronce

El Plan original, decíamos, consta de 17 artículos y se encuentra en el archivo Porfirio Díaz de la Universidad Iberoamericana. En su artículo segundo establece que “todo acto del poder público o declaramiento oficial que signifique coacción para los ciudadanos al sufragar en los comicios será motivo bastante para que el pueblo rechace tal atentado, haciendo valer su soberanía por los medios que estén a su alcance”. En el tercero asegura que en “la próxima elección de gobernador, el pueblo asumirá la actitud enérgica que le corresponde para defender la libertad electoral que proclama”…, y en el cuarto protesta por “la declaración legal que hizo el gobernador a favor de Don Antonio Mercenario”…
Sólo una interpretación redentora puede ver en este Plan una urgencia por aplicar “reformas a la Constitución” o asegurar que se trata de una seria exigencia de “reparto de tierras y haciendas de los latifundistas”. Benítez González desacuerda con Moisés Ochoa Campos y Vicente Fuentes Díaz (dos de las fuentes de Mauricio), “que cultivaron la llamada ‘historia de bronce’” y quienes “coinciden en señalar a Castillo Calderón y su movimiento de Mochitlán como ‘precursor’ de la revolución”, pues “no considero correcto –señala a modo de protesta- otorgarle tal calificativo a un hombre que se caracterizó por ser uno de tantos rancheros que combatieron al agrarismo”…

Los agregados ideológicos

En su riquísima y abrumadora Historia de la Revolución en Guerrero (1990), Renato Ravelo Lecuona explica las luchas campesinas decimonónicas, “Mochitlán –apunta- fue uno de los pueblos insurreccionados en 1842 y tuvo varias sublevaciones durante el siglo contra el despotismo político y en defensa de sus tierras. Al finalizar el siglo el terrateniente más prominente del lugar era Anselmo Bello, quien unido a su colega político-terrateniente Rafael del Castillo Calderón organizaron la rebelión de 1901 contra la imposición política de la dictadura”.
Para la burguesía agraria –revive Renato-, “la política porfiriana era la adecuada tanto en su legislación como ‘el orden social’ existente. Aunque viera con simpatía un desplazamiento del viejo dictador, no tenía una contradicción importante con el régimen que la había prohijado. La pequeña burguesía rural también consideraba adecuada la ruta de ‘progreso’ marcada por el porfiriato, y su contradicción con el régimen era secundaria, pues sólo le reprochaba la falta de oportunidades para su participación en el poder regional, poder que requería, tanto para incrementar sus intereses como para buscar salida a las nuevas generaciones que su ascenso social producía. La denuncia de ‘injusticia social’ del porfiriato que se le atribuye a este sector –recalca Ravelo-, es un agregado ideológico posterior a la revolución que no aparecía con algún énfasis en el ideario de esta pequeña burguesía en aquellos momentos”.
En el trasfondo del Plan del Zapote están los hacendados mochitlecos, un grupo de jóvenes “intelectuales” y rebeldes honestos, y un puñado de chilpancingueños pudientes y hartos de estar sujetos a la ruda mano porfirista. De ahí que el Plan del Zapote resulte un manojo de ternuras militares (plantea que se armarán y amaga con la creación de comandancias que se crearán… si ignoran sus demandas) y, al fin de cuentas, un apuntalamiento del régimen del que enmascaradamente planteaban una liberación… electoral.

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