Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

RE-CUENTOS

*Los emisarios

Era la primera vez que escuchaba esa palabra de emisarios y fue precisamente de la boca de uno de los tres chaneques que nos asustaron aquella noche.
Yo supe que eran chaneques porque mi compañero Celerino me lo dijo cuando vimos que impedían que nos acercáramos hasta donde ellos estaban.
Lo que nos sucedió aquella vez lo asocié con todo lo que había vivido en mi pueblo, antes de venirme a Quechultenango donde terminé de estudiar la primaria y luego la secundaria.
Allá en Xochitlán tenía un amigo en la escuela que se dedicaba a robar igual que su padre. Él también se vino a la cabecera pero ya no estudiaba. Cuando vivíamos allá en el pueblo una vez me dijo que su padre tenía un libro de brujería con un diablo dibujado en la pasta y me insistió que si yo quería me lo podía prestar, y como a mí me atraía la idea de recurrir a cosas de magia para lograr lo que quisiera, le dije que sí, que me lo prestara.
El chavalo me lo cumplió, me llevó el libro, un libro grueso que sí tenía pintado al diablo en la pasta y también decía que uno podía lograr lo que quisiera, siempre y cuando estuviera dispuesto a seguir las indicaciones que en él se daban.
Yo apenas sabía leer y muchas palabras no las entendía, pero me apliqué lo más que pude a la lectura del libro. A escondidas me iba a una barranca para leer, aunque siempre caía en la cuenta de que necesitaba quien me instruyera para entender todo lo que leía.
Yo quería tener dinero y mujeres siendo chamaco, pero ni lo uno ni lo otro conseguía, y del diablo solamente conocía lo que estaba en la pasta del libro. Hasta que sucedió lo del robo de la miel tuve contacto con quienes dijeron ser sus emisarios.
Esa noche en Quechultenango había quedado con mi amigo Celerino de ir a sacar miel de un apiario que había por el rumbo que conocemos como la Tierra Colorada, cerca del canal de riego, enfrente de la brasilera que hay en la ladera del cerro del Cimal.
“Tu dile a tu mujer que haga el atole blanco y nosotros traemos la miel para desayunar, le dije a Celerino”. Entonces quedamos de juntarnos a las 12 de la noche, porque se trataba de ir a robar sin tener testigos.
Muy puntual estuvo Celerino en el lugar de reunión a la hora convenida, él con una cubeta para la miel, y yo con el ahumador y un poco de boñiga de res para hacer humo y entretener a las abejas mientras sacábamos la miel.
En cuanto llegamos al apiario nos pusimos a trabajar levantando las tapas de los cajones para sacar las alzas que estuviera más llena de miel. Apenas estábamos sacando la miel cuando empezaron a llovernos piedras.
Asustados dejamos todo como estaba y nos escondimos pensando que los dueños nos habían descubierto, pero luego me imaginé que podrían ser mis compañeros de la escuela enojados porque ésa noche no los había invitado.
En cuanto cesaron las piedras reiniciamos el trabajo pero, otra vez, al poco tiempo, comenzó la lluvia de piedras, sólo que ahora eran más y más grandes las piedras. Cuando me di cuenta que se trataba de grandes rocas que bajaban con estruendo del cerro y se estrellaban en el pavimento del canal de riego levantando el agua por el impacto, tuve mucho miedo porque pensé que eso no podía ser obra de mis compañeros porque no eran capaces de hacer eso, aunque estuvieran muy enojados, pero nada le dije de eso que pensaba a Celerino.
Lo que después escuchamos los dos fue el ruido del hacha como si alguien a esa hora estuviera leñando en la falda del cerro: chac, tat, pac, se escuchaba.
Entonces con lo que me quedaba de valor le dije a mi compañero que fuéramos a buscar a quienes nos estaban tirando las piedras. Tu te vas por el lado derecho de la brasilera y yo por el izquierdo, cuando veamos quienes son nos gritamos.
Corriendo cada quien subimos el cerro entre la pedreguera rodeando los tupidos árboles de la mancha de bosque frente a nosotros.
Calculo que había transcurrido más de media hora de camino en la oscuridad sin que ninguno de los dos divisáramos a nadie, fue entonces cuando decidí gritarle a mi compañero para juntarnos y dejar la búsqueda.
Cuando regresamos nuevamente al apiario nos sorprendimos al ver que otros estaban robando la miel, pero no eran mis compañeros, era otra gente porque de ellos vino a nuestro encuentro un perro negro, chiquito pero valiente, con unos ojos que brillaban más que lo usual. Llegó ante nosotros sin ladrar, nos rodeo, nos husmeó y regresó con sus amos.
Nos separaban unos diez metros de los intrusos pero no alcanzábamos a identificarlos bien en la oscuridad. En ésa distancia, a cada paso que dábamos para acercarnos ellos se alejaban mientras el perro negro nos ladraba.
Eran tres hombrecitos como de medio metro de altura, el que parecía mayor estaba todo vestido de negro muy catrín, con su traje de charro y recuerdo que hasta corbata tenía.
A ninguno se le veía bien la cara y al principio Celerino y yo quisimos correrlos bajo el argumento que nosotros habíamos llegado primero y calmado las abejas con el humo, pero tanto insistir en acercarnos, por fin uno de ellos dijo que habían venido de lejos para robarse la miel, como si eso fuera argumento para dejárselas.
Entonces fue cuando Celerino me dijo que lo que estábamos viendo no era cosa buena, que era cosa del diablo porque unos niños tan pequeños no podían andar solos tan noche por el campo, hablando como gente grande.
Qué hacemos, le respondí a Celerino. Hay que aprovecharnos y pedirles algo, a ver si nos lo dan, me dijo. Como si hubieran oído lo que platicábamos el mismo niño de siempre preguntó:
“Que es lo que quieren”.
Yo quiero mucho ganado y armas, un carro y buenos caballos, también una casa grande, gritó Celerino y yo lo seguí: quiero mucho dinero y mujeres.
El mismo niño vestido de charro nos respondió otra vez: “todo eso que quieren lo pueden tener pero se lo deben pedir a mi papá, nosotros nomás somos sus emisarios”. Fue esa la primera vez que escuché la palabra y ya nunca se me olvidó.
“Si quieren hablar con él lo verán el próximo jueves abajo del amate que está junto al tanque de agua, a media noche. La señal de que viene será el ladrido del perro que se escuchará en el filo del cerro”.
Cuando terminó el niño de hacernos la cita sentí tanto miedo como si se me hubiera montado en mi espalda, pero nada le dije a Celerino, nomás nos regresamos serios al pueblo a eso de las cuatro de la mañana.
Cuando llegué a la casa de don Rómulo que es donde yo vivía, entré directamente al altar de los santos, los puse en el suelo y me acosté sobre ellos pensando que así me quitaría la carga que sentía sobre mi espalda, luego me acosté pero no me pude dormir.
Después vi a Celerino y quedamos que si ya andábamos metidos con el diablo había que sacar provecho, que teníamos que comprar mezcal y cigarros para llevárselos de regalo a nuestra cita.
Yo no tenía dinero pero en ése tiempo había muchas siembras de chile y frijol. Todo mundo te daba trabajo de peón pagándote un peso con cincuenta centavos el día, pero con tal de tener dinero para los encargos, falté toda la semana a la escuela y me puse a trabajar.
Con lo que me pagaron mandé traer el mezcal de Colotlipa porque allá se conseguía más barato y para el día jueves ya estaba yo preparado para la cita.
A medio día fui a buscar a Celerino a su casa, pero me encontré con la novedad de que no estaba.
Su mujer me dijo que le había salido un compromiso urgente de ir al pueblo de Naranjitas y que no me iba a poder acompañar.
Entonces pensé que Celerino lo había hecho así porque tenía envidia de compartir conmigo la entrevista, pero yo estaba decidido a ir a mi cita con el diablo aunque fuera solo.
Eran como las 10 de la noche cuando me salí de mi casa llevando el mezcal y los cigarros. Me fui a esperar la señal de que nos dijeron los emisarios junto al jícaro que había en la mera cima de la loma de las Cuijas.
Para que no se me hiciera larga la espera prendí un cigarro y le di unos tragos a la botella de mezcal mientras dudaba si tendría valor de llegar solo al tanque de agua.
Yo creo que ya eran las 12 de la noche cuando escuché clarito el ladrido del perro allá en el filo del cerro que llegaba hasta el plan.
Cuando vi lo escuro que estaba el camino que tenía que seguir hasta el amate del tanque de agua terminé rajándome y mejor me fui para mi casa.
Dos semanas nomás pasaron después de la cita cuando mataron a Celerino y a sus compañeros que venían con él en el carro, traían muchas armas y a mí me tocó ir a identificarlos en la entrada del palacio municipal.

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