Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Acapulqueños XVII

Personajes acapulqueños

Los acapulqueños han convivido desde siempre con personajes considerados pintorescos, algunos con habilidades especiales, otros simplemente simpáticos, sin faltar los legendarios y tampoco los bribones. Todos, no obstante vivir algunos en la marginalidad más absoluta, constituyen una parte fundamental de nuestro legado histórico como ciudad. Aquí recordaremos solo unos cuantos.

El carretonero

Acapulco no tuvo en los años veinte ningún problema con la limpieza de las calles y el destino final de la basura. Los propios acapulqueños barrían y regaban muy temprano los frentes de sus casas –una costumbre, por lo demás, muy mexicana. Eran los propios miembros de cada familia los encargados de quemar sus desechos y lo hacían con la seguridad de que más tarde pasaría por ellos Alberto Jiménez. Don Betus, como era conocido popularmente, operaba de una desvencijada carreta jalada por una mula enteca.
Durante todo el tiempo que sirvió como “carretonero” de Acapulco, don Betus nunca escuchó ninguna queja o reproche en torno el servicio que prestaba a la ciudad. Y no es que representara la suprema eficiencia en su quehacer, sino que era tan sordo como una tapia. Siéndolo, tampoco podrá escuchar las campanadas del primer camión del servicio municipal –marca Reo–, que tocaba su propia jubilación. Lo pondrá en operación el alcalde don Manuel López López, precisamente en el año de la carretera México Acapulco, 1927. Don Alberto Jiménez entenderá las exigencias de la modernidad y se irá a su casa con el orgullo de haber sido “el último carretonero de Acapulco”. Y no.
La recolección de basura en el puerto, según algunos cronistas, se inicia en 1670 usándose entonces un vehículo jalado por mulas. A éste se le bautizará con el nombre de carretón y lo será per sécula seculorum Hoy mismo sigue siendo carretón sin importar que se trate de un flamante Mercedes Benz del año.

Dieguito

Entre muchos personajes del siglo XX acapulqueño, ocupémonos ahora de Dieguito. Dieguito, a secas. Un anciano privado de la vista y cuyos ojos en blanco se movían intensa y dramáticamente. Imploraba caridad en la puerta principal del templo de La Soledad y de él se ignoraba todo.  Resultaba evidente que poseía familiares pues lucía aseado y con ropa limpia, además de ser llevado muy temprano a “su lugar” y recogido por la tarde.
Dieguito, digámoslo pronto, no era el clásico limosnero ciego (“una limosnita por el amor de Dios para este pobre hombre que no ve con los ojos pero sí con el alma”). Ofrecía un servicio inestimable para quienes no poseían un reloj, incluida la casa parroquial, pues anunciaba la hora exacta, según su oferta.
–Dieguito, ¿qué horas son?, ¡ándale viejito chulo que se nos hace tarde! –le imploraban niñas angustiadas rumbo a las escuelas Manuel M. Acosta e Ignacio M. Altamirano. El hombre las ignoraba olímpicamente pues nunca obtenía de ellas ni una miserable “cualila” (moneda de cobre con valor de dos centavos). Otro gallo cantaba con los adultos, algunos viejos clientes, quienes premiaban generosamente el servicio.
¿Poseía Dieguito un reloj digital para ofrecer la hora exacta ? Impensable, en aquél tiempo no los había ni en Suiza y aunque los hubiera habido ¿con qué ojos, divina tuerta? Al adivinar o calcular la hora, o vaya usted a saber qué cosa, Dieguito ejecutaba movimientos teatrales. Recitaba palabras ininteligibles mientras proyectaba la cabeza y los brazos hacia el cielo para luego agitarlos con movimientos rápidos de arriba a abajo y de un lado para otro. ¡Y listo! Ante el asombro de propios y extraños, el invidente anunciaba la hora casi siempre exacta: “las doce, son las doce”!, cantaba orgulloso ante los ¡ooohs! de la concurrencia.

Lucifer

–¡Es Lucifer a las puertas del templo! –acusaban otros limosneros sus competidores. ¡Pura envidia!, respondían los admiradores de Dieguito aunque sin dejar de preguntarse ¿cómo es que le hace este pinche viejo?
Muchos acapulqueños morirán preguntándoselo. Para otros tantos, Dieguito fue un cabrón vivales que engañó con el truco de la hora a medio Acapulco, más bien, a los pendejos que se dejaron engañar. ¡Estaba claro que alguien con reloj en mano le soplaba la hora discretamente!, acusaron pero sin probarlo. La iglesia nunca opinó sobre asunto tan temporal, no fuera a toparse con otro… “y sin embargo se mueve”.
Dieguito es hoy mismo candidato para ingresar a las páginas de un libro sobre Los Misterios de Acapulco, que no faltará quien escriba. ¡Uta, cuántos!

La Ñeca

Adelina Torres fue tan hermosa de niña que desde entonces se ganó el mote de La Muñeca, mismo que le acompañará toda su vida contraído a La Ñeca. La Ñeca Torres, pues. Extraviada de sus facultades mentales, a causa de un desengaño amoroso, se decía, Adelina se aferrará ya anciana a una juventud y belleza dejadas en el camino mucho tiempo atrás.
Cubierto el rostro con gruesas capas de maquillaje, las mejillas chapeadas intensamente y los labios coloreados al rojo fuego. La Ñeca vestía faldas amponas que subían quizás a un jeme arriba de las rodillas, para escándalo de los pudibundos. No faltarán por ello cronistas de época que la hagan precursora de la minifalda en Acapulco. Sus blusas de tafeta no eran menos coloridas, tanto o más que los moños adornando su pelo muy corto, “a la Mary Pickford”, presumía.
Adelina fue hija del terrateniente local Patricio Torres, de cuya fortuna fue heredera universal y por tanto niña mimada en los círculos sociales del puerto. Mujer bella, como queda dicho, fue seleccionada en distintas ocasiones para llevar el cetro real de las fiestas de la Primavera y del Carnaval de Acapulco, tan alegre este como el del propio Veracruz. Fue en su momento la chica más asediada de la ciudad. Ella, sin embargo, le hará fuchi a los criollitos y sólo atenderá los requiebros de los españolitos rubios y ceceantes. Uno de estos será quien la deje vestida y alborotada y cargue en su huida con la fortuna heredada. Entonces, La Ñeca, según diagnóstico de los acapulqueños, enloquecerá de amor.
La Ñeca vivió en la calle Progreso, casi vecina de este escribano, quien nunca la vio en estado inconveniente y tampoco conoció el timbre de su voz. No dicen pues la verdad quienes afirman que ella le inspiró al maestro José A. Ramírez su canción La Callejera (una mujer que ahoga en el licor una traición de amor y que es ahora un despojo al que nadie quiere). Adelina fue hasta su muerte una mujer orgullosa y altiva.

El Espanto

Moisés González Roque fue con el apodo de El Espanto un personaje acapulqueño insólito. Por varias razones y una de ellas el haberse llevado de “cuartos” con grandes personajes de la vida nacional: políticos, banqueros y socialités. Sus malquerientes nunca le acreditaron ningún modo honesto de vivir, remitiéndolo irremisiblemente a la legión de vagos y malvivientes del puerto.
¡Mentían!.
Moisés El Espanto era empresario periodístico. Por lo menos en 1955 figuraba como director-gerente de la revista ilustrada Rostros, cuyo jefe de redacción era el poeta Jorge A. Villaseñor, representante en Guerrero del INBA dirigido por Salvador Novo. Figuraban entre sus colaboradores doña Cuca Massieu, doña Adela de Obregón Santacilia, Mario Falcón y Lolita Sandoval. Una publicación rotograbada con muchas páginas dedicadas a mostrar los rostros de bellas acapulqueñas, de ahí su nombre.
Para tranquilidad de los lectores de Rostros, el del director nunca apareció en sus páginas. Uno como esculpido a machetazos, muy parecido a la famosa Cabeza de Palenque (símbolo que fue de la Reseña de cine en Acapulco). Los ojos torcidos y una voz áspera y profunda darán certeza plena al dramático apodo de El Espanto. Él mismo lo asumirá alegremente destacándolo en sus tarjetas de presentación. Era del rumbo, ni duda, los apellidos así lo acreditan.
El Espanto tenía como timbre de orgullo nunca usar zapatos. Aquí una legión lo imitaba, ciertamente, pero en la ciudad de México resultaba signo de mendicidad o de vacua excentricidad. El argumentaba que no había calzado de su número y seguramente decía la verdad. “Si no usas zapatos se te van a poner las patas de tamal, como las de El Espanto”, amenazaban las madres de La Playa.
Las páginas de sociales de los diarios capitalinos se darán vuelo un día para reseñar una fiesta cumpleañera de Carlos Trouyet (el Slim de la época). La gráfica mayor mostraba al festejado echando el brazo a su querido amigo El Espanto. El acapulqueño vestía un elegante y lustroso esmoquin y, fiel a su costumbre, no usaba zapatos, ¡obscenamente descalzo!
– ¡Cabrón: tan siquiera se hubiera hecho el pedicure! –reprochaban aquí los amigos de González Roque (nada que ver con Los Roque de San Jerónimo, El Grande, ¡gente bonita!).

Marquina

Hubo un alcalde de Acapulco cuyo nombre quedó en el olvido sobreviviendo únicamente su apodo: de “virrey Marquina”. Se aludía al alicantino Félix Berenguer de Marquina, virrey de la Nueva España de enero 1800 a enero de1803. Y todo porque como aquél, el acapulqueño estaba sobrado de bondad pero escaso de entendimiento.
Marquina, por ejemplo, sonreía orgulloso cuando paseaba montado en su hermosa cabalgadura y el pueblo le gritaba: “¡a pie y a caballo nadie le gana, a nuestro señor virrey”! El saludaba con su sombrero de tres picos agradecido y orgulloso. Y se morirá sin conocer el real significado de aquel elogio sutilísimo. Los novohispanos aludían en realidad a los pies enormes de Marquina (quizás como los de El Espanto), mientras que lo del potro se refería a su inteligencia equina. Gente noble, sin duda. Hoy no faltan quienes llamen a sus gobernantes pinches rateros e hijos de la tal por cual. No hay sutilezas, pues.
Una fuente en un barrio capitalino fue la única obra de Marquina en dos años de regencia virreinal. Una fuente que no lanzó ni un mísero chorro de agua porque sencillamente no la había. El mismo día de la inauguración, a nombre del Rey de España, por supuesto, los vecinos le darán un uso práctico: miadero, como se decía entonces, hoy mingitorio. Una jocosa cuarteta justificaba tal acción:

Para perpetua memoria
nos dejó el virrey Marquina:
una pila en que se orina
y aquí se acabó la historia.

Todo mundo sabe que en Acapulco ha habido no solo uno sino varios alcaldes como Marquina. Inútil exigir nombres.

El filósofo de Güemez

La versión no tiene ningún sustento histórico pero sí en populares “díceres”. Se dice que el famoso filósofo de Güemez (Tamaulipas), habría escuchado en Acapulco, durante unas vacaciones de Semana Santa, algunas de sus sabias reflexiones. Como éstas:
*El que tenga perro que lo amarre y el que no pos que no lo amarre
* Cuando dos perros persiguen a una liebre y el de adelante no la alcanza, el de atrás menos
*El matrimonio es como darse un baño de agua helada en tiempo de frío: métete de un chingadazo porque si lo piensas mucho no le entras.
*Las bolsas de las mujeres son como los conventos, tienen puras madres adentro.
¡Claro que sí!

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