Deja Carlos Fuentes también en el cine mexicano una huella indeleble
Mario Abner Colina / Agencia Reforma
Ciudad de México
Si bien el legado universalmente conocido de Carlos Fuentes quedó eternizado en papel y tinta, el escritor mexicano, fallecido ayer a los 83 años, dejó también una huella indeleble en el séptimo arte.
Su importancia trascendió generaciones, y figuras del cine nacional, como Guillermo Arriaga y Diego Luna, manifestaron en sus cuentas de Twitter su pesar por la muerte del narrador.
“Me entero de la muerte de Carlos Fuentes. Que tristeza caray. Lo lamento”, escribió el escritor de Amores Perros.
“Un fuerte abrazo a la familia de Carlos Fuentes. Un día muy triste….”, concordó el director de Abel.
El autor de novelas como Cambio de Piel, La Región Más Transparente y Terra Nostra, ganador de los Premios Cervantes, Rómulo Gallegos y Príncipe de Asturias, entre otros, participó en el cine como guionista, actor y hasta director.
Incursionó como escritor de guiones con El Gallo de Oro, de Roberto Gavaldón, en 1964, adaptando junto con su amigo Gabriel García Márquez y el propio cineasta una historia de Juan Rulfo.
En 1965, de nuevo al lado del escritor de Cien Años de Soledad, construyó la historia de Tiempo de Morir, de Arturo Ripstein, y un año más tarde hizo lo propio con la adaptación al cine que Carlos Velo hizo de la emblemática novela Pedro Páramo. La película de culto Los Caifanes (1967), de Juan Ibáñez, también contó con su pluma.
Su extensa obra también fue sujeta a la adaptación fílmica, muchas veces con él como escritor. Su icónica novela Aura, sobre fantasmas, fue llevada al cine en Italia en 1966 bajo el nombre de La Strega in Amore.
Lo mismo sucedió con su cuento Muñeca Reina, hecho largometraje en 1972 por Sergio Olhovic, y sus novelas La Cabeza de la Hidra y Gringo Viejo, trasladadas a imagen y sonido en 1981 y 1989 por Paul Leduc y Luis Puenzo, respectivamente.
Colocarse tras las cámaras como director no le fue ajeno, y realizó, al lado de Héctor Casillas, en 1974, el largometraje Enigma Compartido, que obtuvo galardones como el Premio Indio Fernández.
Cultivó, desde joven, al igual que sus compañeros del boom latinoamericano García Márquez y Mario Vargas Llosa, la crítica cinematográfica: escribía reseñas y críticas, usualmente en la Revista de la Universidad de México, firmadas con el seudónimo Fósforo II, en homenaje al intelectual Alfonso Reyes.
Hasta en sus columnas, publicadas en Reforma, Fuentes constantemente manifestaba su cinefilia al comentar películas independientes modernas, como Meek’s Cutoff, de Kelly Reichardt, o desmenuzando largo y tendido cintas como Biutiful, de Alejandro González Iñárritu.
“Biutiful toca el gran problema irresuelto de la globalidad. ¿Por qué si en un mundo globalizado, circulan sin trabas el dinero, los valores, las empresas, no puede circular el trabajo?”, se preguntó en un texto firmado un par de años atrás.
En 2008, durante la celebración de sus 80 años, Fuentes y su amigo Carlos Monsiváis fungieron como programadores de la Cineteca Nacional, seleccionando varias de sus películas favoritas, como La Gran Ilusión, de Jean Renoir, y Amanecer, de F.W. Murnau.




