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Jesús Rodríguez Duarte, tejedor de hamacas que diariamente “saca para los frijolitos”

Xavier Rosado * Una de las imágenes más comunes en las playas de Barra Vieja y Pie de la Cuesta es una rústica techumbre hecha de palma, montada en cuatro troncos de madera que sirven de sostén a una o dos coloridas hamacas, en las que los turistas pasan todo el día recostados disfrutando de la brisa y del atardecer.

Las hamacas no son solamente para el uso de los establecimientos de recreo en las playas de Acapulco, mucha gente porteña las utiliza y desde que construyen su casa, colocan en el colado de las columnas los ganchos para sostener estos artesanales tejidos que en muchos casos, sirven de cama cotidiana para los costeños.

Así, es frecuente encontrar una hamaca tendida en plena sala de las casas, o en vez de camas, ocupan en diagonal, el espacio en las recámaras porteñas.

Jesús Rodríguez Duarte desde hace más de 15 años se dedica a fabricar hamacas. El oficio lo aprendió en el poblado de Pénjamo, en el municipio de Coyuca de Benítez. Según sus cálculos, en este lugar, un 80 por ciento de sus habitantes viven de la elaboración y venta de este producto artesanal.

Junto con su hijo de 15 años y su esposa, Jesús Rodríguez fabrica alrededor de 15 hamacas al mes, debido a que su elaboración se lleva un día si se dedican de tiempo completo al tejido, pero como dice: “también hay que atender a los clientes, por eso nos tardamos en promedio dos días para hacer una hamaca”.

Su negocio está situado a la orilla de la carretera federal Acapulco-Zihuatanejo, a unos cinco kilómetros del poblado de Coyuca. Por todo exhibidor, Jesús construyó una choza con postes de madera y techo de palma, ahí cuelga unas 50 hamacas de todos tamaños y colores y otros artículos como bolsas y playeras para ofrecer a los turistas que por ahí circulan.

Muchos de ellos se detienen atraídos por los vistosos colores de las hamacas y preguntan por los precios que Jesús asigna según el tamaño de su producto.

“Tengo estas pequeñitas que son como de juguete para muñecas o peluches, esas las doy a 25 pesos, luego están ástas que son para niños o bebés, esas cuestan 70 pesos. De ahí vienen las individuales, que son a 90, la matrimonial a 150 y la king size a 300 pesos, aquí las doy baratas, pero de todos modos la gente regatea, es raro el que llega y te da luego luego lo que les pides, ya les bajaste algo y quieren más y más, a veces las vamos dando en lo que nos costaron los materiales y la hechura pues, porque ganarle, pues poco”, explica el artesano.

Los materiales los compra en un puesto comercial ubicado en el mercado de artesanías El Parazal, en Acapulco, pero dice que el hilo lo traen de México.

“También hay un hilo más fino que es de seda pura, ese es mucho más resistente pero también es más caro, esas hamacas nada más sobre encargo las hago, porque salen hasta en mil pesos cada una, pero el kilo de seda-nylon nos cuesta 35 pesos”, señala.

Para elaborar las hamacas, Jesús y su familia utilizan dos palos de madera amarrados en posición vertical a una distancia de dos metros y medio entre cada uno, ahí, como cernidor rústico se amarra primero la punta, de una bola como de estambre, para hacer una hamaca de tamaño matrimonial se dan 60 vueltas con el hilo, que equivalen a 150 metros.

Una vez montado el hilo, con una aguja especial para redes que lleva enrollado el hilo que unirá el tendido inicial, lo van tejiendo hasta llegar a unir las 60 vueltas.

“Así se logra el ‘cuerpo’ de la hamaca, después se agrega la ‘mano’ o los ‘brazos’, que son los hilos que sostienen la parte central del producto y que añadirán otro metro y medio de longitud a la hamaca, quedando terminada de cuatro metros de largo.

En vacaciones nos va muy bien

El descanso tiene su precio y aquí en el negocio de Jesús Rodríguez y familia, es posible encontrar una hamaca a un costo muy accesible, de fábrica pues.

“Ahorita que ya pasó la temporada se vende de a una, hasta dos hamacas diarias, hay veces en que no vendemos nada, pero sí sacamos unos 100 o 200 pesos diarios, pero en vacaciones pues nos va muy bien, vendemos hasta cinco o seis hamacas cuando es un día bueno, pero ahorita ya queda todo muy muerto, está triste”, informa Jesús.

En el negocio de la familia Rodríguez venden también unas hamaquitas pequeñas para adorno o para muñecas, también hay bolsas tejidas con el mismo material y bolsas de palma que traen de Petatlán.

Las hamacas más caras son las king size que dice haber adquirido en el presidio de Acapulco, esas cuestan 500 pesos y miden más de cuatro metros de ancho.

También hay una hamaca matrimonial que está hecha de hilo de algodón blanco muy grueso y está extendida por dos tablas de madera labrada, este producto viene de Guadalajara y cuesta mil 700 pesos.

“Las hamacas individuales las usan mucho los traileros, aquí vienen a comprármelas porque cuando llegan así a lugares las tienden en sus camiones y ahí descansan”.

Precisó que una hamaca bien cuidada puede durar de 10 a 15 años, sin embargo, en los hogares donde viven niños, tienden a desenredarse, porque el hilo no se rompe. Tampoco recomienda dejarlas al alcance de los perros porque las “deshilachan”.

Aconseja que para lavar una hamaca, nunca hay que meterlas a la lavadora porque saldrán inservibles, solamente, lavarlas con jabón normal en una tina grande y dejarlas remojando, después se tienden al sol y quedan limpias.

Antes de dedicarse a vender hamacas, hace más de 15 años, Jesús manejaba un colectivo, pero indica que lo dejó porque era una ocupación muy exigente y que a veces no dejaba ni para sacar lo de la cuenta.

“Este es un buen negocio y sobre todo que nos la pasamos muy tranquilos, yo me la vivo aquí en la casa, no salgo para nada, entre el negocio y el tejido, así vivimos. Aunque sea para los frijolitos sale”.

Comenta que casi no salen de Pénjamo porque tienen que abrir la tiendita todos los días; argumenta que como a su esposa no le gusta salir de vacaciones, se quedan en el pueblo.

“Aquí nos divertimos de repente cuando hacen tardeadas o kermeses participamos. También cuando se muere alguna persona pues hay que acompañar a la familia. Es un pueblo muy tranquilo, nada más de repente oímos que matan a alguien o que los secuestran, pero de ahí en fuera es muy tranquilo”, comenta.

 

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