Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Héctor Manuel Popoca Boone

Perder lo más por lo menos

Hubiera querido que fuese una incontinencia verbal o una expresión lingüística desmesurada. Pero no. Fue una oración tan diáfana como brutal. De gran veracidad y de firme contundencia. En pocas palabras fue una razón de Estado. Al menos, hay que reconocerle al presidente Fox que nos haya hablado, en este caso, con suma claridad y franqueza. Sea lo que fuere, que las divinidades celestiales tomen confesos a los campesinos de México.

Vicente Fox, presidente de la República Mexicana, cortó de tajo cualquier discusión o análisis serio sobre la revisión del apartado agropecuario del Tratado de Libre Comercio de Norteamérica (TLCAN). El Senado de la República lo secundó. El argumento principal esgrimido y contenido en las palabras presidenciales, es que no es dable perder lo más por lo menos. ¿Qué quiso decir con esto?

La frase aduce, en primer lugar, a ceder al resuello y chantaje del gobierno federal de Estados Unidos de Norteamérica (EUA) que amenazó revisar, si así se pretendiera hacer con lo agropecuario, otros rubros económicos del TLCAN en donde México realiza fuertes exportaciones a los EUA. En otras palabras, presionó para no tocar la libre importación de productos agroalimentarios estadunidenses a cambio de no cerrar sus fronteras a exportaciones mexicanas de productos industriales y manufacturados.

Ello implica sacrificar la agricultura mexicana que, de acuerdo a la frase que se comenta, representa lo menos de la economía nacional.

En segundo lugar, significa que el gobierno federal de la era foxiana abdica de preservar y mantener una política nacional de soberanía agroalimentaria. Renuncia al propósito de que el país produzca parte importante de los alimentos que consume. Cuestión de suyo grave, porque la historia universal nos enseña que depender de terceros países en aspectos de alimentación del pueblo, es perder porción significativa de nuestra independencia nacional.

A veinte años de distancia, se cumple el deseo y el propósito enarbolado por uno de los directivos del Banco Mundial, cuando en sus oficinas de Washington, nos decía a una misión mexicana sin mayor rubor imperial: “Ustedes, los mexicanos, dedíquense a actividades más redituables que las agropecuarias y que les represente un menor costo de producción; avóquense a sacar más petróleo y despreocúpense de producir alimentos, que nosotros (los estadounidenses), se los proveeremos más baratos de lo que puedan producirlos”.

En tercer lugar, la multicitada frase representa, en el corto y mediano plazo, ahondar en mayor pobreza y miseria para la gente del campo, tanto pequeños empresarios, campesinos e indígenas de México. Un futuro cierto de carencias y precariedades. Lo prescindible de la economía nacional, de acuerdo a esa frase, es lo rural. Lo desechable y desplazable para el presidente y el Senado son nada menos que poco más de 25 millones de seres humanos, que aún cuando representan el 25 por ciento de la población total mexicana, no encontrarán acomodo laboral, los que tengan capacidad para trabajar, en ninguna de las otras actividades económicas, industriales, de servicios o comerciales, sencillamente porque no pueden darles ni siquiera trabajo a la población económicamente activa que año con año emerge de esos sectores.

Para el estado de Guerrero, como para otros estados del sur, lo anterior no es problema baladí; habida cuenta que el 45 por ciento de su población total radica en el medio rural.

Abandono de parcelas, migración, subempleo, dependencia agroalimentaria, desnutrición, hambre, delincuencia y prostitución es el panorama social preocupante que se otea en el horizonte de los siguientes años. Todo por no querer osar molestar, ni con el pétalo de una rosa, a nuestro poderoso e insolente vecino del norte.

El talón de Aquiles para el régimen porfirista fue el campo, lo agrario; ante su pertinaz insensibilidad y contumaz ceguera de la pobreza y miseria que se iba gestando en él, a pesar de los logros económicos y el bienestar urbano que se obtenían para provecho de unos cuantos. Del campo, de los campesinos, surgió la fuerza indómita de la revolución mexicana del siglo XX que arrasó con el progreso porfirista que dirigían los entonces llamados científicos. Tal parece que nos empecinamos en tratar de reeditar el episodio histórico, ahora en el siglo XXI, con la falta de visión y previsión de los regímenes neoliberales y sus dirigentes cuando expresan que el campo es lo de menos. Parte de nuestros indígenas ya están en armas. Al tiempo.

Quiéranlo o no reconocer los neoliberales de todas las ideologías, los resultados de ocho años de operación del TLCAN en su apartado agropecuario para México, indican que estuvo pésimamente negociado en su momento y ahora obtusamente sostenido sin alteraciones o modificación alguna.

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