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Arturo Solís Heredia

CANAL PRIVADO

*El verdadero cambio

En estos días de grandilocuencia discursiva, hablar de grandes proyectos para acabar con la pobreza de los mexicanos, o al menos para ofrecerles mayores y mejores oportunidades de empleo e ingreso digno, es una convocatoria, casi una invitación, a ríspidos y polarizados debates entre aliados y opositores al gobierno.
Unos juran que las reformas son la panacea, otros que un saqueo; unos sostienen que la economía en la presidencia de Peña Nieto pinta de maravilla, otros que de la tostada; unos que con Prospera prosperaremos, otros que nos arruinaremos… pero en realidad, unos y otros discuten lo mismo, en términos de sistemas y planes económicos, sin aportar ideas, perspectivas ni propuestas nuevas, de fondo, verdaderamente paradigmáticas.
Como si el problema fuera la deshonestidad, la incapacidad o la mala fe de los que gobiernan; como si la solución fuera el gobierno de los otros, según ellos, honestos, capaces y de buena fe.
La bronca es que ni unos ni otros se dan cuenta de que el verdadero problema es que el modelo de desarrollo económico es el que nos imponen las sociedades ricas y dominantes. El problema es que no es posible hablar de prosperidad y desarrollo equitativos en una economía basada en la competencia despiadada y el consumo irracional. El problema es que, bajo ese modelo, resolver la pobreza, en caso de que fuera posible, provocaría un problema peor, aún más grave y generalizado.
“¿Qué te pasa escribidor?”, preguntarán consternados más de uno de los 64 lectores de este espacio. “¿De cuál fumaste?”, añadirán los más llevados. Los entiendo. Y cómo no, si eliminar la pobreza es El sueño guajiro, La nieve de limón, La utopía; cómo no, si sería la reivindicación total y absoluta de nuestro sistema político, la consagración definitiva del guapísimo gobernante (fuera Enrique Peña Nieto o el más feo de los feos, sería guapísimo) que hiciera realidad la fantasía.
Me explico, pero antes confieso que la reflexión no es mía, sino del presidente uruguayo José Mujica, auténtico garbanzo de a libra quien, entre otras bellezas atípicas entre sus pares del mundo, vive sin lujos en la zona rural de Montevideo y dona parte de su salario a un plan de viviendas.
En la Cumbre de Río+20, El futuro que queremos, de 2012 en Brasil, Mujica pronunció un memorable discurso en el que no propuso planes ni realizó promesas, sino que lanzó preguntas fundamentales sobre la actual situación de la humanidad, tanto que podrían pecar de inocentes, “¿Qué es lo que buscamos? ¿Somos realmente felices? ¿Estamos gobernando nuestras invenciones o dejamos que ellas nos gobiernen a nosotros?”.
En su reporte sobre la intervención del mandatario uruguayo, el periódico español El País destacó que “José Mujica sigue ganando adeptos a nivel internacional debido no sólo a su proverbial humildad, sino también a la honestidad con que aborda temas que otros políticos evaden o complican”.
Y basta repasar algunos párrafos de ese discurso para coincidir con la opinión de El País.
“Toda la tarde se ha estado hablando del desarrollo sustentable y de sacar a inmensas masas de la pobreza. ¿Qué es lo que aletea en nuestras cabezas? ¿El modelo de desarrollo y de consumo, es el actual de las sociedades ricas?
“Me hago esta pregunta: ¿qué le pasaría a este planeta si los hindúes tuvieran la misma proporción de autos por familia que tienen los alemanes? ¿Cuánto oxígeno nos quedaría para poder respirar?
“Más claro: ¿el mundo tiene los elementos hoy, materiales, como para hacer posible que 7 mil, 8 mil millones de personas puedan tener el mismo grado de consumo y de despilfarro que tienen las más opulentas sociedades occidentales?
“¿Será posible, o tendremos que darnos algún día otro tipo de discusión? Porque hemos creado una civilización en la que estamos, hija del mercado, hija de la competencia, que ha deparado un progreso material portentoso y explosivo, pero lo que fue economía de mercado ha creado sociedades de mercado y nos ha deparado esta globalización ¿Estamos gobernando la globalización o la globalización nos gobierna a nosotros?”.
Diplomático y político, aclaró que “Nada de esto lo digo para negar la importancia de este evento. No. Es por el contrario. El desafío que tenemos por delante es de una magnitud, de carácter colosal”, pero luego remató sin titubeos, “y la gran crisis no es ecológica, ¡es política!”.
Más adelante, Mujica demostró su profunda convicción humanista: “no venimos al planeta para desarrollarnos en términos generales. Venimos a la vida intentando ser felices. Porque la vida es corta y se nos va. Y ningún bien vale como la vida. Pero si la vida se me va a escapar trabajando y trabajando para consumir un plus, y la sociedad de consumo es el motor, porque en definitiva si se paraliza el consumo o si se detiene, se detiene la economía, y si se detiene la economía es el fantasma del estancamiento para cada uno de nosotros.
“Pero ese hiperconsumo a su vez es el que está agrediendo al planeta, y tiene que generar ese hiperconsumo cosas que duren poco porque hay que vender mucho. Y una lamparita eléctrica no puede durar más de mil horas prendida. Pero hay lamparitas eléctricas que pueden durar cien mil, doscientas mil horas, pero esas no se pueden hacer porque el problema es el mercado, porque tenemos trabajar y que tenemos que tener una civilización de use y tire, y estamos en un círculo vicioso”.
En seguida, puso el dedo en la llaga y evidenció, sin querer, a los políticos mexicanos y su irreconciliable debate, “¡Estos son problemas de carácter político! que nos están diciendo la necesidad de empezar a luchar por otra cultura. No se trata de plantearnos volver al hombre de las cavernas, ni tener un monumento del atraso. Es que no podemos indefinidamente continuar gobernados por el mercado, sino que tenemos que gobernar al mercado.
“Por eso digo que el problema es de carácter político. En mi humilde manera de pensar. Porque los viejos pensadores definían –Epicuro, Séneca, los Aimara– ‘pobre no es el que tiene poco, sino verdaderamente pobre es el que necesita infinitamente mucho y desea y desea y desea más y más’. ¡Ésta es una clave de carácter cultural!”.
La conclusión del discurso de Mujica no tiene desperdicio, “tenemos que darnos cuenta. Que la crisis del agua, que la crisis de la agresión al medio ambiente, no es una causa. La causa es el modelo de civilización que hemos montado, y lo que tenemos que revisar es nuestra forma de vivir.
“¿Por qué? Pertenezco a un pequeño país muy bien dotado de recursos naturales para vivir. En mi país hay tres millones de habitantes. Pero hay unos trece millones de vacas de las mejores del mundo. Mi país es exportador de comida, de lácteos, de carne. Casi el 90 por ciento de su territorio es aprovechable.
“Mis compañeros trabajadores lucharon mucho por las ocho horas de trabajo y ahora están consiguiendo seis horas. Pero el que consigue seis horas se consigue otro trabajo, por tanto trabaja más que antes. ¿Por qué? Porque tiene que pagar una cantidad de cuotas: la motito que compró, el autito que compró. Y pague cuotas y pague cuotas. Y cuando quiere acordar es un viejo reumático como yo y se le fue la vida”.
La última de sus preguntas resonó fuerte en la conciencia de cualquiera con un mínimo de conciencia, “uno se hace esta pregunta: ¿ese es el destino de la vida humana? El desarrollo no puede ser en contra de la felicidad. Tiene que ser a favor de la felicidad humana, del amor, arriba de la tierra, de las relaciones humanas, de cuidar a los hijos, de tener amigos, de tener lo elemental”.
Después del discurso de José Mujica, el debate y los arrebatos de nuestros políticos suenan tristemente huecos, vacíos, irresponsables.
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