José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
*La vida de Cenobio / 2
Héroe soslayado y fantasmal
Pocos historiadores hablan del general zapatista Cenobio Mendoza. Para José Manuel López Victoria (Historia de la Revolución Mexicana) no existe; Moisés Ochoa Campos (Historia del estado de Guerrero) y Vicente Fuentes Díaz (Historia de la revolución en el estado de Guerrero) no lo mencionan ni cuando los zapatistas entraron a Chilpancingo. En Historia de Chilpancingo aparece asediando a la población el 18 de abril de 1918 y provocando ánimos vengativos entre riquillos y acomodados porque “robaban maíz, ganado vacuno y caballar a los hacendados”. El propio Renato Ravelo, que lo ubica saliendo de la cárcel de Tixtla y encabezando a mochitlecos que ayudaron a tomar Quechultenango y Chilapa, lo olvida pronto. Sorprendentemente, no aparece en las fotografías de Emiliano Zapata y sus jefes militares, ni (como me hizo ver el profesor Delfino Martínez) en documentos de sus contemporáneos, como la generala Amelia Robles, a pesar de sus galardones de general brigadier. De él se conserva una foto maltratada y borrosa.
Al contarnos la vida de Cenobio Mendoza, Eduardo Sánchez Jiménez recupera a un protagonista de la historia suriana soslayado, y contribuye a plantear una inédita y veraz versión sobre los intereses particularísimos de caciques e ideólogos locales, y el contradictorio y trágico proceso revolucionario mexicano que dejó a los condenados de esta región suriana igual o peor de lo que antes estaban.
Conspicuidades y cebollas
Como si faltara decirlo, una de las bobinas permanentes del relato es la tortuosa relación de Cenobio Mendoza con Anselmo Bello.
La novela recurre a un narrador externo (“Fulano me contó que…”), al que luego suma otro. Son campesinos que conocieron a Cenobio. En largas jornadas, un jarro de café o una copa de mezcal en la mano, estas voces memoriosas reconstruyen el pasado y ayudan a armar el rompecabezas cenobista. No tarda mucho el autor en integrarse a su novela. Es el joven investigador que la está escribiendo. Empieza así una aventura literario-estructural que recuerda a Velázquez metido en Las meninas o un juego de matrioskas no muy afortunado. El narrador-investigador termina de recopilar información con los campesinos, “a veces –dice– me desesperaba por no encontrar eslabones entre una historia y otras (,) en encontrar fechas aproximadas y datos que me situaran en el contexto”, cuando “por azares del destino me encontré una nota debajo del zaguán (que) tenía un mensaje para mí: ‘Detrás vienen los codiciosos, el secreto ya fue encontrado, pronto se reunirán y serás blanco, busca a la Hermandad’…” Cincuenta páginas después aparecen dos notas periodísticas, la primera informa que un incendio en la colonia Obrera arrasó con el edificio que habitaban estudiantes de la Universidad Autónoma de Guerrero. “Hay ocho muertos y un herido que se debate entre la vida y la muerte, cuya identidad se desconoce”. La segunda comunica que “Tras dos meses en coma el joven estudiante vuelve a la vida”. “Cuando el joven reaccionó [cuenta el autor-investigador-narrador] le pregunté su nombre y me dijo que no me lo podía dar por cuestiones de seguridad. Está muy grave, no durará mucho, pero oculta algo que ellos quieren. Hoy al mediodía recibí otra llamada, tienen a mi hija Caterine, tiene seis años de edad. Quieren que les entregue el secreto”. Quizá, al meterse es su novela como personaje, el autor ya no supo qué hacer consigo mismo y su investigación histórica –lo de veras interesante–, e intenta replantear la vida de Cenobio bajo halos míticos, místicos o al menos misteriosos (Cenobio soñó su muerte, hay un secreto tremendo muy bien resguardado…) tipo El nombre de la rosa o El código Da Vinci. Esto, cuando los lectores sólo queremos saber qué es lo que viene en la puja y el regateo interminables, para Cenobio y su gente.
En todo caso, como ocurre con El Plan del Zapote, la novela de Mauricio Leyva, La vida de Cenobio insiste en maniatar su relato con marcos e instancias extraliterarias y en presentarlo al público lector como un libro histórico con demasiadas sellos y tapas institucionales. Con el prólogo que escribe David Cienfuegos Salgado, presidente de la Fundación Académica Guerrerense, con su presentación, su bibliografía y las entrevistas que el autor realizó (a Juan Pablo Leyva, Ricardo Infante, Francisco Herrera Ciprián, Jaime Solís y Félix Manuel Villela), añadiendo el sello del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta), del Fondo Estatal para la Cultura y las Artes (FOECA) y del Gobierno del Estado de Guerrero, la anécdota histórica y la propia edición del libro terminan envueltas en un conspicuo halo institucional. La vida de Cenobio está en dos tomos. Del primero tengo una copia engargolada sin créditos editoriales, y el segundo trae logos del Centro de Estudios Superiores Guerrero (Cesgro), de la Universidad Autónoma de Guerrero, del Ayuntamiento Municipal de Mochitlán y del Museo Comunitario de Mochitlán, quienes subsidiaron una edición escuetísima. Entre uno y otro juntamos prólogo (del alcalde Alberto Sergio Núñez Bello), la Introducción que firman los maestros Jesús López Vega, Óscar de Jesús Flores y Delfino Martínez García, dedicatorias y agradecimientos, una pintura y hasta un mapa de las Campañas militares de 1913 a 1919. Las matrioskas de Eduardo Sánchez adquieren más capas que una cebolla mochiteca cuando recurre a citas revolucionarias (del comandante Marcos, por ejemplo), o literarias o cinematográficas, no sólo en los subtítulos (En busca del tiempo perdido –que viene de Marcel Proust, Buscando el camino a casa– que remite a un pececito de caricatura extraviado) sino hasta en el relato mismo, en el que casi siempre parecen fuera de lugar.
No sólo la ambiciosa estructura narrativa puede confundir al lector de La Vida de Cenobio. La sobreutilización de señales y guiños de ojo culturales relativizan la veracidad-histórica del relato, como si, paradójicamente, esa hubiera sido su intención. Revelan un impulso creativo neto, pero también franco pudor histórico y social. Eduardo Sánchez es licenciado en literatura, con especialidad en semiótica. El primer libro que publicó es de cuentos. Es “hijo nativo de Mochitlán, formado en el seno de una familia humilde y trabajadora”. Cuando publicó la historia de Cenobio se desempeñaba –como leemos en algún lado– “como promotor voluntario de fomento al rescate de la historia de Mochitlán, siendo presidente del Consejo de la Crónica y la Historia del Municipio”. En Al Lector, asegura que “no trata de justificar los hechos y acciones de ninguno de sus personajes” y advierte que “no es la intención lesionar el honor de las familias o de sus miembros que se mencionan en la novela. Tan sólo es el resultado de la investigación extraoficial y que permite otra visión crítica de la historia de nuestro pueblo”.
Para nuestra fortuna lectorera, aunque la novela se llamara Que nadie se moleste, por favor, y Eduardo Sánchez Jiménez intentara boicotearse a sí mismo aún más, no lo iba a conseguir. Anuncia que no es un libro de historia, pero éste está retacado de ella. De principio a fin, la vida de Cenobio Mendoza sabe a tierra mojada, a testimonio auténtico y revelación, a cosa real. Cuenta, reseña y chismea lo que muchos historiadores no saben o, sabiéndolo, prefieren olvidarlo y de a tiro echarlo fuera de la historia de poder que profesan, de la cual participan y cuya perspectiva heroica no cabe la visión de los jodidos.
La desaparición del museo
A través de una nota publicada en este diario en julio de 2012 nos enteramos que el Museo Comunitario de Mochitlán desapareció “por falta de espacio y el nulo apoyo del gobierno municipal. El museo se ubicaba en la parroquia, pero al morir el padre Neftalí Bello, en abril de ese año, tuvieron que desmontarlo y entregar el espacio que el párroco les había prestado.
Los organizadores del Museo son Juan Manuel Córdova Mendizábal, Elia Benanzo Reyes, Mercedes Tolentino Vázquez, Andrés Nuñes Bello, Mirelia Jiménez Bautista y el autor de La vida de Cenobio, Eduardo Sánchez Jiménez. Éste informó que solicitó apoyo al Instituto Nacional de Antropología e Historia para la creación de un nuevo museo, pero en la coordinación federal le advirtieron que para recibir su respaldo los promotores deben contar con un espacio adecuado. Sánchez Jiménez “explicó que es necesario proteger este tipo de documentos que relatan la historia de la comunidad y que es de suma importancia contar con el respaldo de las autoridades para que no se pierda el trabajo de rescate de los archivos realizado desde el 2007 hasta la fecha”, ni los 400 libros que habían reunido sobre la historia de Mochitlán.




