Arturo Martínez Núñez
Las cabezas de la Hidra
Que nadie se llame a engaño. El engendro muestra alternativamente alguna de sus siete cabezas: a veces es conciliador y moderado, y a veces bajo y soez; con la mano izquierda se dice el amigo de los pobres y con la derecha reparte limosnas y carnadas; un día afirma no transitar por la ruta de la descalificación, y al día siguiente sus palafreneros se instalan en Santa Inquisición y pretenden juzgar la vida privada de sus oponentes.
Sin embargo, en Guerrero ya es demasiado tarde. El sol está ha punto de salir para todos aquellos a quienes les ha sido negado. La migaja adquirida con el erario público deja de tener el efecto deseado. El pez se come la carnada, pero no muerde el anzuelo. La lámina de cartón ya no puede cubrir el hueco que han dejado decenios de abandono. Los gritos que advierten de la llegada del Lobo ya no hacen mella en un electorado que sabe que nada malo pasará si amanece el día siete de febrero con una victoria opositora.
El dinosaurio está herido y lanza quizás sus más peligrosos coletazos. Los montajes periódicos se suceden: aparecen impresionantes como increíbles arsenales; se intentará asociar a la coalición con la violencia; se intentará vender la idea de que se necesita una mano dura. Nada es suficiente. Cuando el pueblo ha decidido el cambio, se necesita más de un canalla para detenerlo.
Ayer leí una octavilla mimeografiada y después de reírme me preocupé. El pequeño pedazo de papel resumía en veinte puntos las razones para no votar por Zeferino. La retahíla de sandeces que hemos oído hasta el cansancio y que por supuesto no repetiré, parecía estar impresa en los años cincuentas. El regreso del macartismo tropical. Por suerte no acusaron al empresario Zeferino de comunista porque hubiese sido el colmo.
Ayer también la fotografía de portada de El Sur mostraba a un indígena en Metlatónoc enarbolando una banderola donde podía leerse: “Los guerrerenses queremos a un guerrerense”. A causa del rezago educativo de la región, me preguntó cuántos guerrerenses de la zona alta de La Montaña podrán escribir “guerrerense” con precisión.
La Marea Roja juega el viejo juego del policía bueno y el policía malo. Uno arroja la piedra, y el otro esconde la mano. Desde el vehículo de campaña se intenta mostrar la imagen del estadista experimentado que habrá de sacar a Guerrero (ahora sí) de su atraso, y desde el Vips de Gran Plaza se lanzan los proyectiles cargados de estiércol marca Madrazo. El tixtleco es instruido por el tabasqueño chilango, a través de un poblano, para que ataque la cuna del acapulqueño.
No hay truco posible. La Hidra es el mismo animal aunque ostente diferentes cabezas. La única protección posible ante bicho más fiero es que el pueblo de Guerrero, heroico y valiente como siempre ha sido a lo largo de su historia, se convierta en valiente Hércules y con el voto libre corte, de un único y certero golpe, todas y cada una de las cabezas de la bestia, de una vez y para siempre.
Las mareas rojas son el producto de la concentración masiva y esporádica de fitoplancton, principalmente de algunas especies de diatomeas del género Pseudo-nitzchia y de dinoflagelados de los géneros Gonyaulax y Gymnodinium, entre otros. Aunque pueden ser frecuentes, en general son impredecibles y de permanencia o duración corta e irregular. Este fenómeno ocurre cuando interactúan en el medio marino ciertos factores biológicos, antropogénicos y ambientales (fisicoquímicos). Entre los factores biológicos más importantes está la presencia de una población “semilla” de los mencionados organismos del fitoplancton. Revista Biodiversitas, A o 5, núm. 24 mayo de 1999. CONABIO




