Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Héctor Manuel Popoca Boone

País ciego

Dicen los que saben que este tiempo es el tiempo de la sociedad del conocimiento. Que el mundo actual es recorrido e impregnado por una tríada formada por la información, la tecnología y el mayor conocimiento.

Aseveran los versados que cada época histórica de la humanidad se ha caracterizado por verdaderas revoluciones que el hombre ha dado en las actividades que despliega para su manutención, reproducción y trascendencia sobre la faz de la tierra. La primera gran revolución fue la agrícola, después vino la industrial, que le fue seguida por la revolución de los servicios para llegar y vivir, en ésta época, la revolución del conocimiento.

La revolución del conocimiento se significa por una constante y consistente innovación, con cambios vertiginosos e irreversibles, en donde la novedad tecnológica de hoy acusa obsolescencia el día de mañana y ello impone e impele la necesidad de estar generando mayores y mejores conocimientos. Obsérvese lo que ocurre en los campos de la cibernética, la biotecnología, la teleinformática, entre otros.

Los ilustrados afirman, por tanto, que la revolución del conocimiento es una revolución permanente. Que para su incorporación y permanencia en ella, se requieren que grandes contingentes estén persistentemente en las fases de educación y formación continua. Que amplias brigadas de formadores e institutos cubran las áreas de capacitación generalizada y cuerpos selectos estén dedicados a la investigación de conocimientos tanto de índole táctica como estratégica; con valores de uso en lo inmediato en el primer caso, como de formación de masa crítica científica en el segundo.

Es opinión de los economistas que el desarrollo científico y la aplicación tecnológica (y su posibilidad de acceso a través de la educación, formación, capacitación e investigación) son los elementos indispensables e inmanentes que otorgan un mayor valor agregado trascendente al capital humano con que cuenta un pueblo.

El desafío de la sociedad del conocimiento, para todo gobierno que se reconozca moderno, es establecer políticas públicas de formación para el cambio permanente y de la ampliación y perfeccionamiento de capacidades humanas; en un marco de equidad de oportunidades y circunstancias favorables para el desarrollo. Gobierno que realice lo anterior con acuciosidad será un poder público que le garantiza a su pueblo el porvenir.

De ahí que un país que es abúlico y no le apuesta ni le aporta recursos económicos a la ciencia y al desarrollo tecnológico es un país ciego, que no le interesa su futuro, ni su soberanía, ni mirar allende su circunstancia existencial de tipo coyuntural. Así como la producción de alimentos le es vital a una nación para conservar su independencia en todos los aspectos, al no depender por hambre de terceros; también es cierto que la producción del conocimiento le permite salvaguardar su integridad y futuro al no depender por ignorancia de terceros.

De sobremanera, lo antecedente es válido en estados de la república como Guerrero, en donde los retos y rezagos por pobreza y marginación son enormes. Sirvan éstos como acicates constantes para no desfallecer ni menguar en la atención y el apoyo que le debemos otorgarle, desde la trinchera de trabajo y ámbito de acción de cada cual, al desarrollo científico y tecnológico en estas tierras del sur, por que de lo contrario, nuestros hijos y nietos no nos lo perdonarán.

Por último, vale que tengamos presentes los siguientes pensamientos que sobre el tema han dicho varios pensadores: a la larga, no es el más fuerte el que subsiste sobre el más débil, sino aquel que mejor se adapte a los cambios. Con el tiempo, no es el más grande el que predominará sobre los pequeños, sino el más rápido y listo ante los lentos y lerdos. Especie que no aprende y evoluciona, se extingue.

O estos otros: nadie alcanza la cima haciendo solamente lo que se requiere; es el trabajo que va más allá de lo necesario lo que determina el éxito. Debemos ser fervientes creyentes de la suerte; entre más duro trabajemos, mejor suerte tendremos. Claro está que todos preferimos vivir en el lugar de la bonanza y la felicidad; pero tenemos que tener conciencia que nos tocó vivir en el reino de la carencia y de la necesidad.

 

PD1. Platicando con un auténtico y honesto líder coprero, le comentaba que estaba en la condición humana el que nos crecieran las uñas y que cotidianamente deberíamos cuidar tenerlas perfectamente recortadas. ¡Claro señor secretario –me contestó– cuanto más si aún después de muertos nos siguen creciendo!

PD2. El tristemente afamado, por pasmado del huracán Paulina, Juan Salgado Tenorio, otorga dinero aviesamente a los seudolíderes copreros defenestrados, para que me peguen a través de los periódicos. No me suscita indignación el fuego amigo; me provoca náusea. Resisto con paciencia de eremita franciscano, porque estoy seguro que el tiempo nos pondrá a cada cual en su lugar.

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