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NOTAS DE CAMPAÑA

 Redacción  

Si consiguen los votos que dicen que necesitan para ganar los equipos de campaña de los dos principales candidatos, la del 6 de febrero de 2005 será la elección con mayor participación de los ciudadanos en las urnas en la historia de Guerrero. En términos porcentuales y en números absolutos.

En el cuartel de Héctor Astudillo Flores se habla de una meta de 600 mil votos para garantizar el triunfo, mientras que en el de Zeferino Torreblanca Galindo se menciona la cifra mágica de 700 mil.

Si el lista nominal de electores ronda los 2 millones de ciudadanos guerrerenses, sólo entre ambos candidatos se conseguiría el 65 por ciento de la votación total posible. Y si a ello le sumamos el 2-3 por ciento que pudiera alcanzar la candidata del PAN Porfiria Sandoval, se tendría una participación cercana al 70 por ciento.

Es un porcentaje muy alejado de la declinante asistencia de los electores a las urnas que se observa desde los comicios federales del año pasado y que se ha confirmado en las elecciones locales de Oaxaca y Baja California e incluso de Veracruz, aunque aquí se haya dado una alta competencia entre los candidatos del PRI, PAN y PRD-Convergencia.

Y no se observa que esta tendencia se vaya a modificar en las próximas elecciones de Puebla, Sinaloa y Tamaulipas. Y allí donde se observa más competencia entre los candidatos, que es en Tlaxcala, nadie cree que la participación en las urnas llegue al 70 por ciento.

De modo que si las cifras astudillistas y zeferinistas no son solamente frases lanzadas al aire, Guerrero sería el ejemplo nacional de ejercicio del voto y abriría una nueva tendencia en este sentido en la perspectiva de la elección presidencial de 2006.

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Lo cierto es que ambas cifras –los 600 mil de Astudillo y los 700 mil de Torreblanca– pueden leerse como un compendio de las valoraciones estratégicas que se disciernen entre los candidatos y sus equipos de campaña. Astudillo sabe que no podrá derrotar a un candidato como Zeferino solamente con los 415 mil 863 votos que obtuvo hace seis años René Juárez Cisneros, los cuales además fueron apenas suficientes para derrotar en las cifras oficiales a Félix Salgado Macedonio, a quien se le reconocieron 401 mil 636 sufragios.

Mientras que Torreblanca sabe que necesita muchisísimos votos para que la decisión no quede en manos de la autoridad electoral –en la que es claro que no confía, al punto en que no firmará el pacto de civilidad que ésta promueve– y para superar a un candidato que tendrá todo el apoyo de fuerzas que tratarán de conservar el poder del gobierno estatal (casi) a cualquier costo.

A diferencia de otros estados que tienen una economía diversificada, en Guerrero el principal empleador es el gobierno, y mantener un cargo en él es visto como una cuestión de vida o muerte para cientos, miles que están en la nómina muchas veces no por méritos propios, sino por sus relaciones con los políticos del primer nivel. Además, la expresión usada anteayer por Zeferino Torreblanca en su reunión con miembros de colegios de ingenieros y de arquitectos, de que en su proyecto no caben “ni los güevones ni los rateros”, crea incertidumbre en este sector y crear mejores condiciones para que se movilice con el objetivo de que no cambie el estado de cosas.

Se sabe incluso que una de las tareas de los delegados especiales del PRI es precisamente movilizar a la mediana y baja burocracia del gobierno del estado para que juegue un papel activo en la próxima elección, y que no se limite a emitir un voto pasivo como en otros comicios. Se trata de que auxiliares, subjefes, jefes, coordinadores, directores, subsecretarios y secretarios se conviertan en activistas y consigan también el voto de familiares, amigos y vecinos.

Es claro que, aunque se lo propusiera, un eventual gobierno de Zeferino Torreblanca no podría desahacerse de todos los que mantienen la maquinaria del gobierno estatal, ni siquiera de todos los que se mantienen de ella. Al menos no de un día para otro. De modo que no será tanto este temor el que movilice a la burocracia del gobierno del estado en pro de Astudillo. Lo haría más bien porque como nunca antes se verá sometida a un marcaje estrecho de parte de los operadores priístas para garantizar que los miles de empleados en cargos directivos y su entorno familiar y social cruzarán su voto en el espacio indicado.

Así, el PRI sabe que no puede limitarse a garantizar su voto duro, sino que lo debe movilizar al máximo de sus capacidades.

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Entre lo bueno de este lunes, la fotografía de los presidentes estatales del PRI, Héctor Vicario; PRD, Martín Mora; y PAN, Cornelio García, muy sonrientes en la sede del Consejo Estatal Electoral. Pero parece que sólo se trata de guardar las formas. No avanzó la firma del Pacto de Civilidad, y como se ven las cosas parece que ya no se concretará.

Las hostilidades ya están abiertas y alcanzan a todos los niveles, como lo indican las denuncias del alcalde perredista Alberto López Rosas al gobernador priísta René Juárez Cisneros de que éste maniobra para impedir que las autoridades municipales estén presentes en sus constantes visitas para inaugurar obras en el puerto.

El gobernador defiende su derecho a no quedarse en la hamaca en estos meses de campaña electoral, y le molesta que se diga que actúa para favorecer al candidato de su partido. Para encarar esta crítica no estaría mal que a sus recorridos por los municipios invite con el tiempo suficiente a las autoridades de éstos, sean del partido que sean. Como lo hizo ayer en Iguala, con su amigo Lázaro Mázon, alcalde que fue postulado por el PRD.

Entre lo feo de la jornada de ayer tenemos que referirnos a un hecho que nos involucra. El equipo de prensa del candidato Astudillo dejó plantados al reportero Hugo Pacheco y a la fotógrafa Karina Tejada, quienes habían sido asignados para cubrir la gira por diversas poblaciones de La Montaña.

Si en esta edición nuestros lectores no encuentran información de la campaña de Astudillo en nuestra primera página no es por falta de equilibrio editorial, sino porque su equipo de prensa nos negó el derecho a la información.

Para la próxima vez ya sabemos que tendremos que movilizarnos con nuestros propios medios. Y sólo esperamos que no se nos niegue el programa de actividades del candidato Astudillo.

Una campaña transparente que lleve a un triunfo igualmente transparente –al que se ha comprometido públcamente Astudillo– no puede edificarse sobre la base del ocultamiento de la información.

Tampoco resultarán creíbles las declaraciones de que no viene ni vendrá del PRI la guerra sucia en este proceso electoral, cuando se tiene de coordinador estatal a un experto en las malas artes de la política, entre la cuales está el creer que los periódicos y los periodistas tienen que someterse y limitarse a publicar boletines de prensa abiertos o disfrazados, y que para eso son los convenios de publicidad.

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