Con antojitos y banda festejan a sus difuntos los pobladores
Más una fiesta popular el Día de Muertos en el panteón de Altamirano
Gregorio Urieta Ciudad Altamirano
Más que un acto luctuoso, la celebración de Día de Muertos en el panteón de Altamirano se asemejó más a una fiesta popular, en la que menudearon los grupos y bandas musicales, las canciones alegres, y familias reunidas en torno a sus difuntos.
Algo inusual: difícilmente se encontraron caras largas, o llantos, como en otros años en el 2 de noviembre.
En la entrada los niños se disputaban los posibles clientes para el agua. “A 5 la cubeta”. Uno y otro se molestaba cuando alguno hacía una mejor oferta. “Don, se la llevo hasta donde sea por el mismo precio, ¡ándele! ¡Pérate cocho, yo no te quité a ninguno!”, decían al tiempo que jalaban de la mano o de la camisa al posible cliente.
El lenguaje prosaico y agresivo de los menores de 10 o 12 años molesta a los visitantes y optan por no tomar sus servicios. “¡Guache, que fea boca tienes!”, se escandalizan.
Vendedores de tortas, tacos, aguas frescas, flores de cempazúchil y terciopelo, a precios casi del doble que en los mercados de Altamirano.
Tumbas viejas, nuevas, de pura tierra y a ras del suelo, con algunas flores amarillas que alguien llevó; tumbas recién pintadas de blanco, con elegantes adornos e inscripciones en mármol, en donde las viejas y ricas familias de Altamirano descansan a la sombra de Ermitas también elegantes, echándose aire con bellos abanicos.
Otros han dispuesto mesas y sillas de plástico en donde han colocado comida que comparte la familia entera, escuchando en una grabadora a todo volumen la música que agradaba a los difuntos.
De uno y otro lado llega música de banda, pues ya son las 12 del día y los de Tiringueo no han dejado de tocar desde que llegaron. Zapateados, sones y gustos calentanos se escuchan de una banda carente de armonía, que cada vez recorta más las interpretaciones solicitadas por una y otra familia.
Alguien por allí reza un rosario acompañado de dos o tres familiares, y casi tiene que gritar ante el ruido de los duetos Río Balsas y Los Chamacos, como se dijeron llamar.
Extrañamente no hay tristeza. Son tantas veces, quizá, de repetir las visitas durante este día que en este panteón no se nota la añoranza. “O tal vez –comenta el reportero– se sienten fortalecidos; mira casi todos están en familia”. “¡Échense El Pañuelo!”, grita alguien luego que la Banda Tiringueo terminó de tocar “Amor Eterno”, en un estilo nada parecido al de Juan Gabriel.
El panteón se va renovando de visitantes. Unos se van, otros llegan. Unos se van al parecer satisfechos de haber visitado a sus familiares, de haber compartido la visita con la familia entera. Otros llegan cargados de bellas y frescas flores de terciopelo y de cempazúchil, y son abordados por los niños aguadores: “¡A cinco pesitos, Doña, se la llevo hasta donde quiera!”




