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Jaime Salazar Adame

 La guerra con Francia

El 26 de octubre de 1838 llegó a la isla de Sacrificios, Veracruz, el contralmirante de la armada francesa, Carlos Baudin, para celebrar pláticas conciliatorias con el gobierno de México; al fracasar las negociaciones se inició la guerra con Francia, también llamada guerra de los pasteles..

Expliquémonos: dieciocho meses antes, el 19 de abril de 1837, bajo el régimen de República Central, el general don Anastasio Bustamante resultó electo presidente de la República. Su gobierno no logró la cohesión de los distintos partidos políticos; hubo varios interinatos y pronunciamientos a favor del régimen federal y entre los sucesos más importantes ocurridos durante su gestión gubernativa se encuentran la guerra de Texas y la sostenida con Francia.

Las rebeliones contra el centralismo ocurrieron en diferentes regiones del país. En 1837 se pronunciaron en San Luis Potosí, el teniente coronel Ramón García Ugarte y meses después, el general Esteban Moctezuma. Contra los sublevados fue enviado a combatirlos el general Mariano Paredes Arrillaga. Ambos fracasaron, pues García Ugarte se vio obligado a capitular, en tanto que Moctezuma encontró la muerte en la acción librada en Santa Elena, el 26 de mayo de 1837.

Además de los innumerables problemas que entorpecían la buena marcha del país, el relativo a Francia complicó el estado de cosas y las relaciones internacionales. Francia envió una escuadra integrada por diez navíos de guerra, a fin de apoyar sus reclamaciones que a su parecer no habían sido debidamente atendidas. Las luchas internas habían desplazado los problemas del plano internacional y la nación pagaría las consecuencias. La escuadra francesa se presentó amenazadora en el puerto de Veracruz.

Francia era en esa época la nación más poderosa en el orbe y su ministro en México acogía no siempre, con cuidadoso análisis, las quejas de sus compatriotas. Se imponían consecuentemente la ley del más fuerte. El flamante ministro francés había formado un voluminoso expediente de reclamaciones y pedía que sus connacionales quedaran exentos de los préstamos forzosos, que fueran debidamente indemnizados por las perdidas sufridas en las guerras intestinas y que además se les permitiese el comercio libre. Había necesidad de sacarle provecho a la situación envidiable que ocupaba Francia en el concierto de naciones civilizadas, aunque ello fuera en detrimento de un pueblo débil como lo era México.

En París, mientras los representantes de México y Francia habían firmado unas declaraciones provisionales que contenían las bases principales para tratados posteriores, que de conformidad con la Constitución de México en vigor deberían  ser aprobados por el H. Congreso de la Unión. Pero el Rey Luis Felipe de Francia exigía que entraran en vigor inmediatamente. Ello no era posible, pues la conducta diplomática se había ajustado en todo a los principios democráticos sustentados por México.

A mayor abundamiento, Máximo Garro, ministro de México en Francia, ni siquiera había sido recibido por el gobierno francés para ultimar los arreglos, pero el Barón Deffaudis sí exigía una indemnización de 600 mil pesos para sus compatriotas y pedía además –vaya descaro– la destitución de los funcionarios mexicanos que, a su juicio, consideraba culpables de los males causados a los franceses; ¡como si la actitud viril y patriótica de los mexicanos tuviese necesidad de recibir el visto bueno del diplomático francés de marras!

El ultimátum exigía además 20 mil pesos para los deudos y las deudas de dos aventureros franceses que habían perecido en un alzamiento militar, 15 mil pesos para los familiares de las víctimas de Atencingo, muertos por amotinados indígenas que los culparon de contagiarlos del cólera morbo,   5 mil pesos por los marranos trichinosos de monsieur Duval mandados matar por el alcalde de México por encontrarse enfermos, la libertad y 2 mil pesos de indemnización al asesino confeso Pilse de Morgue, 800 pesos por los pasteles de monsieur Remontel consumidos en una noche de juerga por varios oficiales del Ejército Mexicano. “Picos, palas y azadones” 557 mil 200 pesos, total 600 mil pesos.

El sapiente Barón Deffaudis presentó en forma altanera al gobierno mexicano, tal ultimátum el día 21 de marzo de 1838, señalando el 15 de abril como término para recibir la contestación de México.

El gobierno mexicano, a pesar de no contar con recursos económicos para enfrentarse al mejor ejército del mundo, acordó con toda dignidad no entrar en negociaciones mientras la escuadra francesa permaneciera en aguas nacionales.

Deffaudis fue relevado y sustituido por el almirante Bazoche, el 16 de abril del citado año; su primer paso fue declarar el bloqueo de los puertos mexicanos y con ello prácticamente declaraba la guerra a México.

El 26 de octubre de 1838 arribó a la Isla de Sacrificios el contralmirante Carlos Baudín con objeto de celebrar pláticas conciliatorias. El gobierno mexicano accedió a ellas y designó ministro plenipotenciario a Luis Gonzaga Cuevas. Las pláticas se llevaron al cabo en la ciudad de Jalapa, pero Cuevas, con toda dignidad  y hombría, se negó a aceptar las condiciones expuestas por el representante francés, por considerarlas humillantes.

El ínclito representante francés pedía nada menos que en término de treinta días se entregara a los súbditos franceses una indemnización elevada a la suma de 800 mil pesos, además harían la devolución de los barcos mexicanos pero sin reclamación alguna, así como la aprobación de los términos de la Convención en un plazo de diez días.

Las reclamaciones y condiciones como era natural, no fueron aceptadas; entonces la poderosa escuadra francesa rompió el fuego contra la fortaleza de San Juan de Ulúa, Veracruz. Así se iniciaba la guerra con Francia que tantos problemas y sin sabores traería  a nuestra patria, pero que daría oportunidad para que el general Antonio López de Santa Anna acudiera en su defensa y al perder el pie en batalla gane en admiración popular el pago que finalmente lo llevará a la presidencia de la República.

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