Renato Ravelo Lecuona
Diarios de motocicleta
Un primer acierto de esta película sobre la vida juvenil del Ché, es que no idealiza ni busca al guerrillero heroico, pese a la campaña publicitaria que lo acompaña.
Junto a este primer acierto, el segundo es que el director brasileño Walter Salles transmite una gran simpatía por este héroe de la sencillez latinoamericana que descansa sobre todo en su calidad humana, que gana afectos por la juvenil emotividad que pone en todas sus relaciones y que Gael García salva muy convincentemente, además de que según el diario El Guardián de Inglaterra el director de la cinta está en el lugar 23 de los 40 mejores directores del mundo. De esta manera, al final de la película, acaba uno amando al Ché no cómo héroe, sino como persona.
Desde luego, quién sabe cual sería nuestra reacción si no supiéramos de antemano que se trata de un personaje amado de por sí. Pero este antecedente es de entrada un obstáculo a vencer pues supone una imagen exigente del público que difícilmente queda satisfecho y que logró, por ejemplo, la aprobación de la hija del Ché que lo vio en su estreno en México.
Esta cinta tiene además el valor testimonial de su correspondencia familiar que va marcando el itinerario y la asesoría de Alberto Granado, su compañero de viaje, prestada en el curso mismo de la filmación y que encontró a un actor, Rodrigo de la Serna, que lo representa brillantemente y tiene gran parecido en sus fotos originales de ese tiempo.
La aventura real de Ernesto Guevara y Alberto Granado de recorrer miles de kilómetros desde Buenos Aires hasta un punto de Venezuela, más allá de lo que tenga de simple aventura juvenil, revela su gran aliento para emprender empresas dignas de ser vividas y que conllevan un trascendente sentido para la vida de ambos protagonistas, pero esto con la sencilla emotividad de cualquier joven, con sensibilidad para registrar el valor humano, también sencillo, que encontraron en toda la trayectoria de su viaje.
Suponemos que al revivir el trabajo y el escenario de Chuquicamata, la gran mina chilena de cobre, repetirían el poema de Pablo Neruda dedicado a esos mineros “que sacan fuego de la tierra helada”, pero no sale así en el film, pese a que sabían de Neruda, quizá para no idealizar o ideologizar al personaje innecesariamente.
Lo que se muestra es su contacto con los mineros resignados y humillados y su arrebato de coraje ante su imposibilidad de hacer algo. El mismo contacto lo tendrían en Perú con indígenas despojados de sus tierras y un niño increíblemente lúcido en Machu Pichu, quizá la obra de más difícil realización de toda la América prehispánica por su trabajo y las condiciones topográficas en que se hizo y que remite la imaginación a la grandeza civilizatoria injusta o bárbaramente arrasada por la colonización, pero que se reproduce y late en la imagen con la mirada inteligente y sabia del niño quéchua que les explica del lugar.
Acto también obligado en el Perú fue conocer ahí los Siete ensayos de Mariátegui que iluminaron el pensamiento de toda una generación de intelectuales latinoamericanos contemporáneos del Ché, como no lo hizo ningún otro autor.
Pero no es por esta vía intelectual que se forma el alma rebelde y latinoamericanista del Ché, la que más que en el discurso descansa en su motivación, su sensibilidad con los seres humanos concretos y su entrega. Es el contacto directo con los pueblos que van conociendo en el trayecto y su sensibilidad lo que forma esa identidad del pueblo latinoamericano que percibe y, que según Alberto Granado, expresó al agradecerles con una fiesta de cumpleaños que le ofrecieron los internos de un leprosario en Perú.
En este lugar llegaban los “desechos” de todos los países: brasileños, venezolanos, colombianos y otros que se mencionan, pero se ve un conglomerado de indios, negros, blancos y todos los matices del mestizaje y que constituyen esa comunidad marginal. Ernesto y Alberto, para tener acceso al alma de esta comunidad habían roto normas y prejuicios para saludar sin guantes a los leprosos y curarlos, desafiar la autoridad dogmática de la religiosa de ofrecer comida sólo a los que escuchan misa, convencer con su ejemplo a una paciente reacia a la curación y resignada a morir.
Otro elemento que juega emocionalmente su papel simbólico es que mientras el personal del leprosairo le hace una fiesta de cumpleaños, Ernesto decide festejar con los propio enfermos, por lo que tiene que cruzar a nado el caudaloso río que separa a uno de otros, exponiendo en ese arranque emocional su vida, obviamente arriesgada por el asma que ya padecía, y logra alcanzar la otra orilla con el entusiasmo de la gente que lo recibe con cariño.
El Ché, invoca a la acción, a la voluntad de cambio, más que a la reflexión, aunque en su contextura individual es parco y desarrolla más la expresión escrita que la oral.
Hacia el final, la escena de despedida de los leprosos que recibieron un trato humano y solidario, junto con el personal médico y las religiosas que levantaban sus manos incansables, se proyecta como imagen simbólica de una comunidad de indios, mineros, campesinos, humillados y ofendidos de Latinoamérica al despedirse de él y su compañero, mientras se retiraban solitarios en una balsa por un río incierto. Años después vendría el proyecto revolucionario del Che Guevara por el que fue conocido mundialmente.




