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Silvestre Pacheco León

El pasante

* (Cuarta parte)

La feliz coordinación

Al poco tiempo de que el pasante llegó a Quechultenango para prestar su servicio social, cargando su equipaje compuesto por una sola maleta y un catre de campaña sin estrenar, supo que el gobierno federal planeaba ejecutar tres programas capitaneados nada menos que por la Secretaría de Salubridad y Asistencia:
Uno era de salud preventiva, otro de Bienestar Social y el tercero de Alimentación. El médico se dio cuenta en seguida que los tres programas estaban hechos a la medida de las necesidades de la población.
–Nomás hace falta coordinarlos para su ejecución y de que darán resultados lo vamos a dar por descontado, explicaba el médico al Comité de Mejoras cuyos integrantes se veían más que interesados.
La salud preventiva comprendía campañas de vacunación y capacitación a las madres para la crianza saludable de los niños; el programa de Bienestar buscaba integrar a los jóvenes, hombres y mujeres, a la cultura, la recreación y el deporte, así como al aprendizaje de algún oficio.
La fundación de talleres de costura, carpintería, sastrería, cocina, mecanografía y taquimecanografía en el Centro de Bienestar Social Rural, donde funcionaban como profesores las personas de la comunidad, destacadas en esos oficios, fue una ocupación relevante para los jóvenes.
El tercer programa estaba destinado a la nutrición de las familias y consistía en repartir raciones alimenticias donadas por los países ricos como parte de la Alianza para el Progreso, ideada en Estados Unidos, en el gobierno de John F. Kennedy.
Enviaban mantequilla, carne de pollo y de pescado, harina, queso, leche de vaca y soya en polvo, que las amas de casa aprendían a preparar en talleres atendidos por personal de salud.
El médico se abocó a elaborar el plan que incluía los tres programas mencionados y cuando lo tuvo listo lo sometió a la consideración de la asamblea comunitaria.
–Se trata de acabar con uno de los principales problemas de salud que tiene el pueblo de Quechultenango, el de la defecación al aire libre, que contamina el ambiente y propaga enfermedades, explicaba con vehemencia el pasante frente a los gestos de interrogación de la gente.
–Explíqueles qué es defecación, le dijo la enfermera en el oído al pasante.
–Todo mundo hace sus necesidades donde puede y donde quiere. Los lotes baldíos, las barrancas, los caminos cercanos al pueblo, y a lo largo de la orilla del río es como un gran baño público. Las mujeres son las que más sufren porque aparte de tener que cuidarse de la embestida de los marranos cuando se sienta en cuclillas, a veces son víctimas de quienes las espían porque se aprovechan de ellas o cuando menos las espantan.
La propuesta de equipar con letrinas las casas no contó con el apoyo de todos los que asistieron a la asamblea. Para algunos era inconcebible que se les quisiera quitar la libertad hasta para ir al baño donde quisieran; para otros poner las letrinas en los patios de las casas era más suciedad que dejar a los marranos alimentarse con el excremento humano, pues ni siquiera creían que sus microbios pudieran contaminar la carne o los chicharrones si estaban bien cocidos.
En el colmo del atraso algunos señores sostenían que prestarle demasiada atención al lugar donde uno expulsaba sus desechos podía hacer delicados a los hombres, quienes para ser recios y machos tenían que sentarse en cuclillas y limpiarse con una piedra o un olote, algo rasposo y ajeno a las sensibilidades propias de las mujeres.
La clave para llevar adelante el proyecto de las letrinas fue el apoyo de las señoras quienes se comprometieron a convencer a sus maridos para localizar la mejor ubicación de la letrina en el patio de la casa donde se debería excavar la fosa y construir el techo para su protección.
El acuerdo quedó en estos términos: la familia se encargaba de hacer la excavación y de construir la casa y el techo; el centro de salud proporcionaba la loza de concreto para cubrir la fosa y el asiento de madera con su tapa.
Como aliciente para apoyar a la familia se contemplaba entregar una despensa alimenticia por cada jornada diaria de trabajo; después en la escuela se organizaron concursos para premiar a los alumnos cuyas familias hicieran más rápido el trabajo.
En tres meses Quechultenango se convirtió en el primer poblado de la zona rural del estado que acabó con el problema de la defecación al aire libre y se alejó de la grave enfermedad de la cisticercosis que se trasmite al humano a través de los animales domésticos.
Después la gente platicaba que lo único que no miró bien fue que los marranos habían enflacado y que los chicharrones ya no tenían el sabor de antes.
Con el éxito de la campaña de letrinización la popularidad del pasante creció como la espuma, y quedó claro para todos que la eficacia de los programas oficiales depende de la coordinación entre los encargados de ejecutarlos pero también de que estén pensados para resolver de raíz los problemas de la gente.
Los únicos que no compartían el punto de vista de la mayoría eran los caciques quienes vieron en la fama del médico un riesgo para la dominación que ejercían en el pueblo.
El primero que se enfrentó públicamente contra el pasante fue el cura, jefe de la parroquia, quien comenzó hablando en sus sermones dominicales del riesgo que corrían los pueblos con la doctrina del comunismo porque los desestabilizaban sembrando la división entre sus habitantes cuando hablaban de no tener temor de Dios, pretendiendo quitarles la obligación de pagar el diezmo y hasta convenciéndoles de que no valía la pena asistir los domingos a la iglesia.
Como ejemplo del riesgo que corrían los pueblos que se alejaban de la religión católica el cura del pueblo ponía el caso de la isla de Cuba donde un grupo de guerrilleros se enfrentaban nada menos que al gobierno, sin importarles el sufrimiento que provocaban en la gente.
Para completar el ambiente de miedo y acabar dándole la razón al cura, en esos tiempos empezaron a llegar hasta el pueblo brigadas de jóvenes estudiantes de la universidad que denunciaban en sus mítines el autoritarismo del gobierno de Raúl Caballero Aburto, invitando a los jóvenes a sumarse a la lucha por la autonomía de la universidad y por su derecho a la educación superior.
Ante esos hechos el pasante tuvo su primera crisis de conciencia porque él era creyente al igual que la mayoría del pueblo, y lo que menos quería era confrontarse con el cura, pero fueron los hechos posteriores los que lo obligaron a tomar partido.
Cuando en la presentación del informe final de la campaña de letrinización a la asamblea comunitaria le quedó claro que la mayor inversión en el proyecto correspondió a la mano de obra que aportaron las familias, y que el programa Mundial de Alimentos permitió crear cientos de jornadas de trabajo en la temporada en que el empleo se retrae en el campo, no faltó quien propusiera que el siguiente proyecto a emprender fuera terminar los trabajos del techado de la iglesia que durante años, desde el último temblor, se mantuvo inconcluso.
–Si la asamblea está de acuerdo, yo también apoyo la propuesta, dijo el médico, pero con la condición de que en adelante todos los recursos que se generen en la iglesia sean manejados por el Comité de Mejoras hasta concluir la obra, sin que intervenga el cura para nada.

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