Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Fernando Pineda Ochoa

La partera de la historia

(Tercera parte)

Las autoridades coloniales y los oficiales realistas preparaban la defensa de la metrópoli americana, y el virrey Francisco Javier Venegas designó al teniente coronel Torcuato Trujillo como responsable del Ejército Virreinal ante la ausencia de Calleja, que apresuradamente venía de San Luis a México y otros refuerzos que partieron de Veracruz. A las afueras de la demarcación capitalina, en el Monte de las Cruces, chocaron los dos ejércitos. Corría el 30 de octubre del mismo año de 1810. Enfrentaron a los 80 mil insurgentes “mil infantes, cuatrocientos jinetes y dos cañones…” y las partidas realistas estaban compuestas, en su mayoría, por criollos, mestizos, castas y españoles voluntarios (destaca la participación del criollo Agustín de Iturbide). Allende apeló a la misma táctica que en ofensivas anteriores había llevado a la victoria: alineó en la vanguardia a la infantería de Celaya y Valladolid; colocó a sus espaldas la caballería de Pátzcuaro y al fondo, en la retaguardia, marchaban miles de indios mal armados, custodiados por grupos de caballería compuesta por rancheros; algunos portaban armas de fuego y los más, sólo lanzas24.

En el fragor de la batalla, Ignacio Allende observó que la ventaja numérica de los insurgentes era neutralizada por el fuego de la artillería enemiga. Hizo arreglos tácticos y ordenó a Mariano Jiménez flanquear las posiciones realistas, con el objetivo de anular el mortífero fuego de sus cañones. Esta maniobra cambió el curso del combate y Trujillo no tuvo más opción que la retirada, replegándose hacia la ciudad de México. Del Monte de las Cruces, en el área montañosa de lo que se conoce ahora como La Marquesa, los insurgentes avanzaron sus columnas hasta Cuajimalpa. La antigua capital símbolo del poderío azteca, quedaba a su merced, sin defensa posible que pudiera contener la embestida final. Ahora, dada las dimensiones de la urbe “…se temía que la plebe de la capital se aprovechara de las circunstancias para sumarse al saqueo”25. Antes de emprender el asalto definitivo, Mariano Jiménez y Mariano Abasolo bajaron hasta el cuartel enemigo para conminar al mando rival a su rendición; la respuesta fue negativa y Venegas se puso al frente de los 3 mil efectivos con que contaba. Inesperadamente, dos días después los exploradores del regimiento realista, no sin asombro, le comunicaron al virrey que los insurgentes levantaban su campamento y daban marcha atrás.

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¿Qué sucedió? Estudiosos del tema y algunos testimonios destacan que las diferencias en el mando insurgente impusieron el repliegue. Hay quienes subrayan que éste se debió a la carencia de municiones, incluyendo las que se hubiera podido confiscar al enemigo y que en tales circunstancias era suicida un ataque a la capital. El historiador Lucas Alamán –un conspicuo representante del conservadurismo en México– no concibe a las consecuencias del inminente saqueo –por los antecedentes– como un motivo del repliegue. En tanto, el jefe rebelde Hidalgo proponía –según algunos indicios– una retirada estratégica para evitar caer en medio de dos fuegos (Calleja y Flon cabalgaban a marchas forzadas para auxiliar a los sitiados). Otros aluden, asimismo, a la supuesta o real impresión que causaron en el ánimo del antiguo párroco de Dolores los miles de muertos en la sangrienta confrontación de los dos ejércitos en el Monte de las Cruces. Esta carnicería lo hizo vacilar, dicen, y optó por la retirada. Lo cierto es que la decisión de no culminar la ofensiva contrapuso al sacerdote con Allende y el resto de los comandantes militares. La disputa por el mando entre los dos principales caudillos venía acrecentándose y explotó en el momento menos propicio. Del mismo modo, hay estudiosos que indican que la ausencia de un proyecto político alternativo evitó quizás el último lance bélico de la guerra de independencia. El mando insurgente era consciente de tal debilidad.

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“No ocupar la capital representó el mayor error militar y político de Hidalgo porque dividió a su ejército, generó un gran descontento entre la gente que lo seguía y perdió la oportunidad de fracturar al virreinato; se suponía que con la toma de la ciudad se terminaría la guerra y podría establecerse un nuevo gobierno. Los jefes menores optaron por separase del contingente y tomaron diversos caminos, extendiendo la rebelión por cuenta propia”26.
Es irrefutable: los dirigentes de la insurgencia cometieron un error estratégico de consecuencias letales. Las desavenencias que hasta ese momento se habían manifestado sólo de palabra, repercutieron en el terreno práctico con el abandono de las filas rebeldes de un buen número de combatientes; para colmo, en el retorno las tropas rebeldes toparon cerca de la comunidad de San Jerónimo Aculco, a los soldados comandados por Calleja y tras una escaramuza los soldados del ejército libertario huyeron de manera desordenada. Al final, estos hechos tuvieron como resultado el rompimiento largamente anunciado entre los dos caudillos. Allende partió rumbo a Guanajuato y don Miguel hacia Valladolid.
El primero dispuso la fortificación de la ciudad y junto con Mariano Jiménez reorganizó las filas revolucionarias y rehabilitó la fábrica de cañones siempre con la participacionde Mariano Jiménez. Previendo un ataque de Calleja, que merodeaba por la región, pidieron auxilio al cura Hidalgo, quien los ignoró al no contar con la logística militar necesaria para apoyarlos. El 24 de noviembre, las huestes realistas se plantaron frente a la ciudad de Guanajuato. Luego de varias horas de combate, Allende ordenó la retirada rumbo a Guadalajara, dejando a Jiménez en la retaguardia. Los vecinos partidarios de la causa independentista asaltaron la Alhóndiga y ejecutaron a 200 prisioneros españoles; al entrar a la población, Calleja aplicó el adagio de ojo por ojo y diente por diente, mandando a la horca a quienes simpatizaban con los alzados.
Don Miguel Hidalgo dejó Valladolid y orientó su recorrido, antes que Allende, hacia Guadalajara. Un compañero de armas, Antonio Torres, se había apoderado de esta localidad y el caudillo de la independencia fue recibido con honores. Estuvieron presentes las fuerzas dinámicas, los titulares del cabildo, autoridades universitarias y los vecinos más prominentes. Ya establecido, Hidalgo consideró conveniente disponer algunas modificaciones militares y precisar algunas demandas políticas (iniciadas en Valladolid) como la reducción del ejército y a instancias del licenciado López Rayón, se constituyó el primer gobierno insurgente, formado por dos secretarías de Estado; el sacerdote Francisco Severo Maldonado propuso la publicación de un periódico que titularon El Despertador Americano. El dirigente insurrecto se dio a la tarea de plasmar los decretos referentes a la abolición de la esclavitud, la supresión de los tributos y la restitución de tierras el 16 de diciembre de 1810.
En cuanto arribaron Allende y sus compañeros de armas a Guadalajara, sus allegados le comentaron que noche tras noche eran asesinados en las barrancas de Oblatos decenas de españoles. Don Ignacio y sus compañeros hablaron por enésima vez con Hidalgo al respecto y éste les explicó que era un mandato de la gente que quería vengar el oprobio al que fueron sometidos durante siglos por parte de los gachupines. Las diferencias siguieron agravándose de tal manera que incluso se menciona una conjura propiciada por Allende y sus correligionarios para eliminar físicamente al líder revolucionario27.

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Se avizoraba la cercanía de Calleja y de un nuevo comandante español, el brigadier José de la Cruz, que capitaneaba la lucha en contra de la insurgencia en la región Occidental del territorio colonial. El nuevo brigadier avanzaba hacia Guadalajara después de derrotar a la columna insurgente designada para cerrarle el paso. Enterados de este intento fallido, el mando rebelde convocó a una reunión para de inmediato discutir la estrategia requerida; acordaron que el grueso del ejército enfrentara primero a Calleja, para impedir la unificación de las huestes realistas y eligieron el lugar adonde llevarían a cabo el combate: el Puente de Calderón (Allende no estuvo de acuerdo pero respetó y acató la medida). El enfrentamiento se efectuó el 7 de enero de 1811.
La diferencia numérica era bastante: 100 mil insurrectos voluntarios contra 6 mil soldados realistas comandados por Calleja, según versión de Lucas Alamán. Al inicio del combate todo indicaba que la victoria favorecería al bando insurgente. No obstante, la falta de movilidad de éste permitió que el comandante ibérico tomara la iniciativa y a través de un nuevo ordenamiento fortaleció sus flancos y con ello capturó la fila de cañones pertenecientes a los rebeldes. Leamos el relato:
“Las disposiciones sobre el campo de batalla dictadas por Calleja fueron acertadas, pues mandaba atacar los puntos débiles, cerrando las rutas de escape y golpeando en el centro de las formaciones insurgentes que permanecían estáticas. Ésta es la explicación de por qué 6 mil realistas derrotaron a 100 mil insurgentes…”28.
Otro factor recurrente que siempre minó a las fuerzas insurrectas en la primera etapa de la lucha, fue la falta de disciplina y el deficiente armamento.

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Los rebeldes acosados por el comandante hispano, huyeron nuevamente hacia Guadalajara pero pronto partieron camino a Aguascalientes. La hacienda de Pabellón fue el punto escogido para reunirse. Aquí ventilaron una propuesta relacionada con los mandos y grados militares. El 25 de enero de 1811 Allende y la mayoría de los generales resolvieron quitarle la supremacía militar al cura de Dolores.
“… en dicha hacienda fue amenazado por el mismo Allende y algunos otros de su facción… de que le quitarían la vida si no renunciaba el mando en Allende, lo que hubo de hacer y lo hizo verbalmente y sin ninguna otra formalidad, desde cuya fecha siguió incorporado al ejército sin ningún carácter, intervención y manejo, observado siempre por la facción contraria, y aún ha llegado a entender que se tenía dada la orden que se le matara si se separaba del ejército”29.
Empezó el peregrinar, Zacatecas, Saltillo… hablando militarmente el repliegue total; en tales condiciones, recibieron el ofrecimiento de parte del virrey Venegas de aceptar el indulto. Sin importarles las diferencias existentes, Allende e Hidalgo dialogaron para dar una respuesta única al ofrecimiento. Uno y otro dejaron de lado las discrepancias y rechazaron el indulto: no dejarían las armas hasta no haber arrancado de la de los opresores la inestimable alhaja de la libertad.
Cuando en junta de guerra resolvieron que Allende, Jiménez y Aldama partieran a Estados Unidos acompañados por Hidalgo presumiblemente en calidad de detenido, en búsqueda de armas y ayuda, le pidieron a Abasolo quedarse al frente del disminuido ejército libertario que no sumaba cuatro mil hombres; ante la negativa de Abasolo, Ignacio López Rayón tomó el mando. Mientras tanto, los realistas de la región convencieron a un teniente coronel, Ignacio Elizondo, para que fingiera pasarse al bando de los insurrectos30. El militar buscó la oportunidad de ponerse en contacto a través de la correspondencia epistolar con Allende, al tiempo que simulaba tomar la plaza de Monclova, controlada por el ejército virreinal. Al ganarse la confianza del general revolucionario lo invitó a platicar personalmente y ayudarle a abastecerse del agua suficiente que les permitiera franquear con éxito los desiertos de Coahuila y Texas. El oficial insurgente, confiado, partió al lugar indicado por su nuevo aliado.
A Las Norias de Acatita de Baján fueron llegando uno a uno los dirigentes revolucionarios. Elizondo los esperaba en formación militar. Al detectar el ardid, Allende intentó resistirse al arresto e intercambió disparos con el traidor, en la reyerta el teniente coronel mató a Indalecio (hijo del insurgente) y la maniobra de resistencia abortó; después cayeron en la celada Aldama, Jiménez, Abasolo e Hidalgo. Era el 21 de marzo de 1811. Seis meses después del inicio de la gesta emancipadora las autoridades coloniales decidieron, el 17 de mayo, que los detenidos serían juzgados por una corte marcial en la ciudad de Chihuahua; don Miguel en su calidad de sacerdote, debería de comparecer primero ante el Tribunal de la Santa Inquisición.
El proceso tuvo la siguiente disposición: los prisioneros de menor rango (entre ellos Mariano Hidalgo, hermano de don Miguel) sin mayor trámite, fueron sentenciados a muerte y fusilados por la espalda. En el sucesivo paso judicial, el fiscal Ángel Abella tomó las declaraciones de los cinco jefes de mayor jerarquía y acusó a Allende de ser el principal motor de la revolución y de ser el primer perturbador de la quietud de la América; a Juan Aldama le atribuyeron cargos similares; Mariano Jiménez sin ser militar de carrera, admitió que peleaba por la libertad. Sólo Mariano Abasolo negó tener culpa alguna, argumentando que no estaba de acuerdo con la insurrección, que no formó parte de los consejos de guerra y que nunca condujo tropas a las batallas. La actitud vacilante del militar, el arrepentimiento de sus convicciones, aunado a las súplicas de su esposa, doña Manuela Taboada de Abasolo a las autoridades virreinales (“nacida de una familia rica y principal…”) logró evitar la condena a muerte y su marido fue sentenciado a cadena perpetua en una cárcel de España.
El número de las acusaciones en contra de Hidalgo y su condición de sacerdote hizo que su juicio se alargara31.
“Por la Autoridad de Dios Omnipotente, Padre, Hijo y Espíritu Santo y nuestra, te quitamos el hábito clerical y te desnudamos del adorno de la Religión y te despojamos; te desnudamos de toda orden, beneficio y privilegio clerical; y por ser indigno de la profesión eclesiástica, te devolvemos con ignominia al estado de hábito seglar…”32.
Alargaron la serie de oprobios, que dejamos de lado, y los invito a leer detenidamente lo siguiente:
“Excomunión y pena de muerte para Miguel Hidalgo. Por profesar y divulgar ideas exóticas; partidario de la Revolución Democrática Francesa. Por disolución social: al pretender independizar a México, del imperio español. En consecuencia por traidor a la Patria”33.
El fiscal lo acusó como “reo de alta traición, sedicioso, tumultuario, conspirador y mandante de robos y asesinatos…”.
A las imputaciones de que era objeto el caudillo insurgente contestó “… que se arrepentía de las matanzas de inocentes y no de haber iniciado la revolución cuya causa seguía considerando lícita.” Lo obligaron a retractarse “por sus errores cometidos contra la persona del Rey y contra Dios”. Se arrepintió de sus pecados, pidió perdón por los crímenes cometidos y perdón “vosotros insurgentes, de la responsabilidad horrible de haberos seducido”.
A las 7 de la mañana del 30 de julio de 1811, fue fusilado Miguel Hidalgo y Costilla. No aceptó la venda y pidió que lo ejecutaran de frente y como los esbirros tenían órdenes de no disparar a su cabeza, puso su mano en el corazón, como señal para que sus verdugos no erraran el tiro.
Colocaron su cadáver en la plaza pública para que los moradores del lugar vieran como terminaban quienes pretendían oponerse al orden establecido. Más tarde le pagaron unas monedas a una mujer tarahumara de apellido Salcedo para que cortara su cabeza. La metieron en un cajón con sal, junto a las de sus compañeros de lucha Allende, Aldama y Jiménez, que ya habían sido pasados por las armas el 26 de junio. Las cuatro cabezas fueron enviadas a la alhóndiga de Granaditas y colgadas en cada una de las esquinas del inmueble. Agregaron una leyenda que decía:
Insignes facinerosos y primeros caudillos de la revolución.
El combate por la libertad y la independencia no terminó. Ignacio López Rayón y posteriormente don José María Morelos y Pavón (1765-1815) le dieron continuidad.

(Continuará el próximo domingo).

NOTAS
24. Rafael Luna Rosales… Ibid. P. 69.
25. Ibid. P. 71.
26. Ibid. P. 74.
27. Ibid. P. 79.
28. Ibid. P. 81.
29. Ibid. P. 82-83,
30. En el Compendio General de México a través de los Siglos se expone la versión de que Elizondo pasa del bando insurgente al realista; tomo tercero, pp. 177-180; Editorial Del Valle de México SA de CV).
31. Rafael Luna Rosales… (Pp. 85, 86, 87).
32. Ibid. P. 91.
33. Ibid. P. 92.

* Investigador de tiempo completo adscrito a la Secretaría General de la UAG

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