Jesús Mendoza Zaragoza
La simulación como política pública
Entiendo que las autoridades son las personas más informadas que tiene el país; sus responsabilidades se lo exigen para construir respuestas adecuadas y suficientes a los problemas y para proyectar el avance de los pueblos hacia su pleno desarrollo. Entiendo que para informarse cuentan con recursos abundantes, con equipos de comunicación que monitorean la realidad y realizan análisis y diagnósticos que sustenten sus propuestas o proyectos. Entiendo que hay instituciones públicas que tienen ese fin preciso: recoger información, sistematizarla, prever escenarios y plantear alternativas de intervención. Entiendo que están al día en información dura y fría, en cifras, estadísticas y sondeos de opinión. Y, por otra parte, cuentan con ejércitos de asesores que diseñan estrategias y elaboran propuestas para su consumo político y administrativo.
Mi desconcierto está en que el discurso y las acciones que los gobiernos realizan para dar respuestas a los problemas de la población no corresponden a la gravedad de los mismos. Es el caso de problemas estructurales como la pobreza y la violencia, a los que se responde, a lo sumo, con estrategias de contención. Así lo hacen Sedesol con la pobreza y Seguridad Pública con la violencia. Y en ambos temas, la gravedad va a la alza y no hay visos de que se avance para contenerla en los hechos. Así lo confirman los mismos datos oficiales que hay a la mano.
¿Por qué los gobiernos no reconocen públicamente la gravedad de estos dos problemas? Tienen la tendencia a minimizarlos siempre y a afrontarlos como si ignoraran la naturaleza y el alcance de los mismos. No entienden –o no quieren entender– que la pobreza no es sólo asunto de Sedesol y que la violencia no es sólo asunto de Seguridad Pública, sino que tienen que dar respuestas con todo el gobierno, con todo el poder del Estado. La política de paliativos relacionada con la violencia y con la pobreza causa asombro, pues da la impresión de que quienes la diseñan son ignorantes.
Saben que la violencia y la pobreza son sistémicas y que las mismas instituciones públicas contribuyen a complicarlas más con sus omisiones y complicidades. Saben que la administración pública y la política no están pensadas para la solución de estos dos grandes flagelos, sino sólo para administrarlos porque el mismo sistema político los requiere.
Pobreza y violencia son recursos necesarios para sostenerse; en este sentido, el autoritarismo y la inequidad son fundamentales para ello. Y el crimen organizado es una resultante de la combinación de estos dos elementos. En otras palabras, el sistema político tiene una corona criminal que no puede ocultarse; y mientras las autoridades se dejen asimilar por el mismo, no tienen más alternativa que convertirse en parte del engranaje de la violencia y de la pobreza extrema. Otra cosa sería si tomaran en serio a la gente, a los pobres, la dignidad de las personas, la suerte de los pueblos.
El caso es que el sistema no funciona para el bien público. Funciona para sostener a una élite privilegiada, en todo caso. ¿Cuál es el porcentaje de delios resueltos por las procuradurías? ¿Cuál es el porcentaje de impunidad? ¿Cuáles son los resultados de las estrategias de seguridad que gastan tanto dinero? ¿Por qué aumenta el número de familias que están en situación de pobreza alimentaria? ¿Por qué la violencia no cede ni tiene visos de hacerlo? ¿Por qué la corrupción no tiene límites y siempre queda impune? ¿Por qué tanta saña contra las organizaciones sociales? Los gobiernos tienen que vivir simulando que quieren el desarrollo y la paz. Pero es una simulación grotesca que ya nadie se cree, ni ellos mismos, mucho menos la gente del pueblo.
Y mientras, se gastan presupuestos millonarios que no tienen los resultados que se pregonan porque tienen una camisa de fuerza: un sistema político y un modelo económico adversos al bienestar de la gente. Así las cosas, estamos ante un juego perverso y el próximo proceso electoral no es más que parte de ese juego, en el cual la clase política se recicla a sí misma.
En este sombrío contexto, gobiernos van y gobiernos vienen, la política es sustancialmente la misma, solo hay cambios de matices. Los partidos políticos se desarrollan dentro del marco establecido, con reglas puestas para que las cosas no cambien. Son la mima cosa, dice la gente, pues su negocio es hacer política y su lógica es mantenerse dentro del presupuesto. La política es y ha sido parte del problema y no puedo visualizar la manera de convertirla en parte de la solución. Pareciera que estamos metidos en una trampa y que no tenemos idea de la manera de zafarnos de ella. Vienen tiempos electorales que se convierten en una verdadera pesadilla para muchos ciudadanos, por el bajo nivel en que se desarrollan. Nos toca tolerarlos y sufrirlos porque no representan oportunidades para los cambios que necesita el país. Todo está calculado para que la clase política apabulle a la sociedad con su ruido y con sus ofertas.
Como quiera, algo tiene que suceder para que se abra un camino de cambios. No lo espero como arte de magia sino como oportunidad. México ha salido de contextos desesperados y, aún, peores que el actual. Creo que hay recursos disponibles para que esto suceda. Hay que abrir bien los ojos para reconocerlos y apostar por ellos.




