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Lo dejaron morir en el campo, bajo un árbol, dicen de un migrante muerto en EU

Urbano Ramírez llevaba cinco meses en Carolina del Norte

 Se fue de Atlixtac porque nuestros hijos necesitaban ropa y estudios, recuerda la esposa. Por primera vez logran una indemnización para la familia de 100 mil dólares, afirma el presidente del Comité de Organización del Trabajo Agrícola, Baldemar Velázquez

 Ezequiel Flores Contreras Atlixtac  

“Cuando él me habló me preguntó: ¿qué nos regaló Dios? le dije que había sido niño, él se entristeció porque quería una niña, pero me dijo que iba a trabajar muy duro para mandarnos dinero y sacar adelante a nuestros cinco hijos”, recuerda la señora Zoila Cortés Aguilar, quien un mes después de haber conversado por teléfono con su esposo Urbano Ramírez Miranda recibió una noticia que hasta el momento no logra asimilar.

Sin explicarle las causas le notificaron que su esposo había fallecido en Estados Unidos, donde llevaba cinco meses trabajando en un campo de cultivo del estado de Carolina del Norte.

Al enterarse de este caso en julio de 2001, el presidente del Comité de Organización del Trabajo Agrícola o Farm Labor Organizing Comité (FLOC) –por sus siglas en ingles–, Baldemar Velázquez, descubrió que a Ramírez Miranda, originario de esta población de la región de La Montaña, “lo dejaron morir en el campo, bajo un árbol”.

El capataz le ordenó que se fuera a descansar porque presentaba síntomas de insolación en vez de brindarle atención médica, y así murió Urbano Ramírez “sin que nadie se diera cuenta”, observa el activista de derechos humanos.

Posteriormente se comenzó un juicio en contra del granjero anglosajón de California del Norte, para exigir que a los familiares del indocumentado indígena guerrerense se les pagara el seguro por compensación de trabajo.

Luego de dos años y medio de litigio y de una extensa campaña de información se logró una indemnización considerable para la familia del emigrante, convirtiéndose este “en el primer caso” en Carolina del Norte que favorece a un indocumentado guerrerense, asegura Baldemar Velázquez, quien este sábado visitó este municipio, encalvado en La Montaña, para informarle a la viuda la resolución de un juez en Estados Unidos.

“El abogado Roberto Ruelas peleó muy duro dos años y hasta ahora vengo a informarle a la señora Zoila Cortés Aguilar que ganó una cantidad importante para mantener a la familia por 15 años y cubrir las necesidades escolares de los cinco niños, pues se conformará un fideicomiso de 100 mil dólares”, expresó.

Además se programa un fondo en México para que los niños posteriormente viajen a Estados Unidos y platiquen su historia, “para educar” al pueblo del vecino país del norte.

“Los estadunidenses debe aprender a mostrar una cara humana a estas tragedias porque la mayor parte de ellos tienen sentido y corazón, sólo hay que educarlos bien, por eso hemos tenido éxito en nuestras luchas en el norte”, indicó el activista de derechos de migrantes y jornaleros, quien recientemente logró el contrato sindical “más grande en la historia de Carolina del Norte”, que beneficiará a 8 mil jornaleros emigrantes del programa H-2A.

Por su parte, la señora Zoila Cortés Aguilar narró la historia de su esposo: uno de tantos jornaleros que viajan a Estados Unidos en busca de trabajo. Dijo que abandonó el pueblo en busca de un trabajo mejor remunerado para sacar adelante a sus cinco hijos.

“Aquí hay trabajo pero pagan muy poco y mi esposo decía que allá ganaría más dinero”, expresa la mujer nahua, quien ahora vive en la casa de sus padres en Atlixtac.

Urbano Ramírez partió en febrero de 2001 a Estados Unidos con un grupo numeroso de indígenas guerrerenses, y en junio fue la ultima vez que conversó por teléfono con su esposa.

El mes siguiente, en lugar de recibir la llamada de su esposo, la señora Zoila Cortés levantó el auricular de la caseta del pueblo sólo para escuchar que Urbano Ramírez había fallecido.

El hijo menor del emigrante guerrerense, que ahora tiene 3 años –el mismo tiempo que lleva de fallecido– no conoció a su papá; “yo no quería que se fuera, pero él me decía que lo hacía porque los niños no tenían zapatos ni ropa, además quería que fueran a la escuela”, señala con voz entrecortada la esposa.

“Hasta ahora que el señor Baldemar Velázquez nos ha ayudado con ropa y zapatos para los niños”, que cursan sus estudios en la primaria y el kinder del poblado.

La viuda dice que en el momento en que fue traído el cuerpo de su esposo a Atlixtac no pudo verlo, pues le dijeron que no podía abrir el féretro. Esta situación aumenta su falta de resignación y expresa con lágrimas en los ojos: “Extraño mucho a mi esposo, a veces no quisiera que me dieran nada, prefiero estar muerta y no viva, pero mis familiares me dicen que luche por mis hijos”.

Cuando miró el ataúd, recuerda, “sólo pensé que ya no volvería a ver a mi esposo por donde caminaba, prefiero verlo vivo que el dinero que me están dando, aquí de todos modos se puede conseguir algunos centavos”.

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