Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Jorge Salvador Aguilar

¿Y las mujeres?

La pregunta que planteó Alejandra Cárdenas (según informa El Sur del jueves 9 de septiembre), al término de la presentación del equipo de campaña de Zeferino Torreblanca, no es una súplica para que las mujeres sean tomadas en cuenta, sino un reclamo, ya que siendo casi el 52 por ciento de la población del estado, resulta no sólo injusto, sino absurdo y torpe excluirlas. Sin embargo, el candidato perredista contestaba titubeante: “Todos son coordinadores y coordinadoras en Guerrero” y agregaba sin atinar que no era un asunto de “cuotas ni de dar espacios sólo por género”; creo que el ex presidente de Acapulco se equivoca: la política sí es un asunto de cuotas, sólo que ahora la cuota más grande le ha tocado a los menos.

No hay que ser feminista para entender que en el equipo de campaña y en el programa y gabinete de gobierno, deben ser incluidas las mujeres y sus problemas; cualquier político con un mínimo de sensibilidad y de cálculo, debería entender que la participación de las mujeres sí es un asunto de cuota de género, porque representan más de la mitad de la población y, por lo tanto, de los votos, pero es, sobre todo, un problema de equidad y justicia.

Ser mujer en México es, ya de por sí, una desventaja que implica una cadena de subordinación al mundo masculino, desde el padre, los hermanos, el patrón, el cura, el marido y los hijos; pero ser mujer en Guerrero, donde los valores sociales le dan un predominio absoluto al hombre, es casi una desgracia institucionalizada.

Basta ver las estadísticas para entender la magnitud                           de esta desgracia; de la población suriana de más de 15 años que no sabe leer, sólo el 17.2% son hombres, mientras que el 25.1 son mujeres; Guerrero ocupa el primer lugar en la tasa de mortalidad materna. De la población económicamente activa (PEA) de la entidad, 767 mil 102 son hombres y sólo 433 mil 383 son mujeres, a pesar de lo cual el estado ocupa el segundo lugar de hogares con jefatura femenina, donde la mujer con una escasa percepción económica tiene que ejercer el doble papel de padre y madre. De esas 433 mil mujeres que integran el PEA estatal, el 41 por ciento son trabajadoras domésticas, obreras, artesanas y campesinas, es decir labores colocadas en el escalón más bajo del edificio productivo y, por lo tanto, mal remuneradas.

Pero la estadística sólo es una de las expresiones de la terrible situación de la mujer guerrerense; es en la vida cotidiana en donde se manifiesta con mayor crudeza la inequidad a la que están sujetas las mujeres de las clases populares, que son la inmensa mayoría. Además de los engorrosos trabajos domésticos que tienen que realizar, cuyo único término es el agotamiento, la mayoría de ellas tiene que ayudar a complementar el gasto familiar, bien sea mediante el servicio doméstico o el comercio formal o informal en las áreas urbanas, o en las labores agrícolas, en la sociedad rural, que la sumergen en una doble y triple agotadora jornada, dejándolas imposibilitadas para cumplir la función de madres, de transmisoras de nuevos valores, ya no digamos para realizarse personalmente en otros ámbitos de la vida.

Si a lo anterior se agrega la violencia intrafamiliar, las violaciones, la falta de equidad en los salarios, la ausencia de oportunidades de estudio y de trabajo, la carencia de centros de atención a sus problemas de salud física y psicológica, la falta de apoyo legal, la manipulación social, religiosa y cultural que, por un lado maneja un discurso igualitario pero, por otro, defiende una cultura de trato inequitativo hacia la mujer, entonces se redondea una atmósfera social opresiva.

Un partido que se plantee una transición democrática sin transformar las terribles condiciones de injusticia en que vive más de la mitad de la sociedad, no tiene más interés que la captura del poder para satisfacer intereses de grupos, pero no un cambio verdadero. La única manera de fundar una nueva sociedad, en donde todos sus integrantes, sin distinción de género o raza, puedan acceder a las mismas oportunidades, es que en la lucha por ella participen los interesados mismos.

La participación de las mujeres, de los indígenas, de los homosexuales, de los minusválidos, en la construcción y dirección de la nueva sociedad, es una condición sine qua non para llegar a acceder a ella, pues nadie, por brillante y bien intencionado que sea, puede sustituir ni el pensamiento ni el interés de estos núcleos de población por derribar los obstáculos que impiden la democratización de Guerrero.

Todos estos sectores de guerrerenses exigen su cuota de justicia, pero también están dispuestos a poner su cuota de participación para ser factores del cambio; si realmente queremos derrotar al viejo sistema, es necesario encontrarles un lugar en esta lucha.

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