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Tomás Tenorio Galindo

OTRO PAÍS

*Aguirre, a la sombra de Caballero Aburto y Figueroa Alcocer

No existe ahora la menor posibilidad de que el gobernador Ángel Aguirre Rivero pueda impedir su caída, acelerada aún más por el absurdo discurso que dio ayer para desafiar el clamor popular que se hizo escuchar el miércoles en Chilpancingo y a lo largo del estado, en la ciudad de México y en numerosas ciudades del resto del país y del mundo en solidaridad con los normalistas de Ayotzinapa.
La demanda en todas esas manifestaciones que unieron a miles de personas fue de justicia por la muerte de los estudiantes, la presentación con vida de los 43 jóvenes desaparecidos y también de castigo a las autoridades responsables de que tales hechos ocurrieran. En todo ello la renuncia de Ángel Aguirre ni siquiera es el elemento principal, sino apenas un gesto mínimo que se le exige al Estado mexicano como muestra de su disposición de responder a la sociedad.
Pero nada de lo que sucedió en las ejemplares protestas del miércoles parece haber sido comprendido por este gobernador obtuso, inepto y ambicioso, cuya reacción fue victimizarse, aferrarse al poder y emplear la demagogia más barata para luchar contra el movimiento social que nació en solidaridad y al calor de la indignación provocada por el sacrificio de los estudiantes normalistas.
El discurso de Aguirre Rivero recuerda la desesperación de Raúl Caballero Aburto y Rubén Figueroa Alcocer por mantenerse en la gubernatura después de las respectivas matanzas que prohijaron, lo que no consiguieron ni porque reinaba entonces el autoritarismo histórico del PRI. Menos podría prosperar la maniobra del aún gobernador ahora que la sociedad ha madurado y se mantiene estricta frente a los desmanes del gobierno.
Quién sabe dónde estuvo Aguirre Rivero el miércoles, pues en lugar de oír las voces que en las calles del país solicitaban su renuncia, en su discurso agradeció “el apoyo de los miles de guerrerenses” y, se supone que con base en esa fantasía, advirtió que no renunciará.
“Aquellos que desde el centro de la ciudad principalmente señalan que el gobernador se debe ir, yo no me voy a ir por los opinotecnócratas o por aquellos que desconocen nuestra realidad”, dijo el gobernador en referencia a los medios de comunicación que han ventilado la exigencia de que renuncie. Y en lo que seguramente considera una iniciativa audaz, dijo que “estoy dispuesto, desde ahora se los digo, a que se me someta a una consulta nacional (sic por estatal) sobre revocación de mandato organizada por el Instituto Nacional Electoral y que sean los guerrerenses quienes determinen si debo de quedarme o debemos de irnos”. Sin embargo, esto último se trata de una grosera engañifa, pues Aguirre sabe que los temas electorales no son materia de consulta popular, y que además ya no es legalmente posible organizar otra consulta en las elecciones de 2015.
Carece de cordura el discurso que en pleno desplome elaboró Aguirre Rivero, pues no solamente cuestiona al gobierno federal y al presidente Enrique Peña Nieto, cuyo apoyo perdió la semana pasada, sino que también confronta el descontento social provocado por su blandengue e irresponsable comportamiento en la matanza de Iguala. La historia moderna del país no registra que haya sobrevivido políticamente ningún gobernador que haya entrado en pugna con el presidente, y menos si al mismo tiempo también se peleó con la población a la que gobierna. Por eso es inminente la caída de Aguirre, y con ella el derrumbe del PRD como opción de gobierno en Guerrero. Será un castigo simbólico frente a la abundante cuota de sangre que han costado a Guerrero los dos gobiernos del PRD, y una sanción insignificante comparada con el sacrificio de vidas que se ha hecho pagar a los estudiantes de la Normal de Ayotzinapa.
Por lo demás, no debió esperar mucho Aguirre para obtener una respuesta a su errático alegato, pues ayer mismo le contestó Peña Nieto en Irapuato, con lo que ya no hay duda que la suerte de Aguirre está echada. “Es un hecho que no puede permanecer impune, en pocas palabras no cabe el menor resquicio de impunidad. Tenemos que ir a profundidad y tope donde tope llegar a los responsables, a aquellos que por negligencia o por actuación permitieron o solaparon que esto hubiese ocurrido en Iguala, y que lamentablemente, de confirmarse, jóvenes estudiantes hubiesen perdido la vida”, dijo el presidente. Es ostensible que mueve a Peña Nieto el interés de contrarrestar la pésima imagen de su gobierno que la matanza de Iguala ha provocado en el exterior. Pero con independencia de esa preocupación, debe hacerse notar que Peña Nieto –al contrario de Aguirre– reaccionó con sensibilidad a las protestas del miércoles y dijo que “el presidente de la República es el primero en ser solidario con estas expresiones que con justa razón demandan una investigación a fondo y, sobre todo, dar con los responsables”.
Uno de esos responsables es el gobernador de Guerrero, y la frase “tope donde tope” parece sugerir, otra vez, la renuncia de Aguirre. Y si se obstina, quizás hasta su enjuiciamiento, que hay materia y motivos para ello. Es claro que en la embestida de Peña Nieto contra Aguirre se advierte un interés político colateral, pero es asimismo indiscutible que los argumentos presidenciales corresponden a la verdad. Ángel Aguirre es responsable políticamente de la matanza de Iguala y de la desaparición de los 43 normalistas. No porque sea un “asesino” en la perspectiva personal, sino porque su ineptitud, su negligencia, su pasividad y su excesiva tolerancia terminaron por encubrir al ex alcalde José Luis Abarca Velázquez, quien de esa manera encontró vía franca para el desbordamiento de su vena criminal. El gobernador solapó a un asesino, para decirlo crudamente.
A través de René Bejarano, el PRD ha pretendido acusar al gobierno federal de no haber actuado en su momento contra José Luis Abarca Velázquez, pero lo cierto –y ahora está documentado oficialmente– es que fue el gobierno de Aguirre Rivero el que no procedió contra el alcalde del PRD. La prueba de ello consta en la Procuraduría de Justicia del estado. No se sabía, pero la regidora Sofía Mendoza lo hizo público el lunes de esta semana, que Nicolás Mendoza Villa, el testigo sobreviviente del ataque en el que el año pasado perdieron la vida Arturo Hernández Cardona y dos de sus compañeros de la organización Unidad Popular, rindió en marzo su declaración ministerial en la que acusó al ex alcalde de Iguala de haber disparado personalmente contra el líder social. Como se recordará, su testimonio había sido dado a conocer en noviembre del año pasado, y publicado como la nota principal de este diario el 26 de ese mes, pero fue declarado carente de validez por la Procuraduría debido a que no fue formulado ante el Ministerio Público, lo que inmovilizaba a la dependencia para actuar contra el acusado. Pero una vez rendida hace siete meses la declaración con toda la formalidad requerida, ni la Procuraduría ni el gobierno de Aguirre procedieron contra Abarca. Ese acto de encubrimiento gubernamental resultó fatal, y es clave para comprender la sucesión de acontecimientos que desembocaron en el asesinato y desaparición de los normalistas de Ayotzinapa a manos de policías municipales de Iguala. En consecuencia, ¿existe o no complicidad de Aguirre Rivero con Abarca? Por eso suena vacua, ridícula, la defensa de Aguirre, e imposible ya su permanencia en el poder después de que fue incapaz de ponerse y poner a las instituciones al servicio de las víctimas. Su permanencia incendiaría más al estado.

Infamia contra Cárdenas

Es inadmisible la agresión contra Cuauhtémoc Cárdenas y Adolfo Gilly durante el mitin del miércoles en el Zócalo de la ciudad de México. Es una ofensa a lo único íntegro y lúcido que aún existe en el PRD.

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