Silvestre Pacheco León
El pasante
(Sexta Parte)
*Que se vayan todos del gobierno, por indolentes, incompetentes, corruptos y cínicos.
Queremos que los jóvenes desaparecidos regresen sanos y salvos.
El pasante concluye su servicio social
Ya era el mes de julio y se acercaba la fecha para que el pasante concluyera su servicio social en Quechultenango. La única razón de permanecer en el pueblo era el empleo que se había conseguido como médico en el vecino poblado de Colotlipa donde atendía a las familias de los trabajadores de la planta hidroeléctrica de la Comisión Federal de Electricidad.
Sin embargo lo que parecía lógico en su futuro era regresarse a la ciudad donde había hecho su carrera y dejado una buena red de relaciones, tanto en su escuela por su desempeño como dirigente estudiantil y académico, como en la Secretaría de Salud donde comenzó a trabajar desde su época de estudiante.
Pero una noche en la que tenía dificultades para conciliar el sueño y que atribuía al ligero nerviosismo que le provocaba el cercano rumor del río crecido, junto con el croar incansable de los sapos que parecían alternarse con el ruido de la gotera que caía sin cesar chocando con el empedrado de la calle, en aquel tiempo de lluvia, decidió aprovechar el insomnio para hacer un balance de sus logros en ése medio año de pasante.
Había concluido en breve tiempo el estudio de comunidad que obligadamente debía presentar como parte de su servicio social, y logrado el reconocimiento de la gente del pueblo y de las autoridades de salud por su compromiso profesional y su desempeño.
Claro que nunca pensó en ganarse la confianza de los habitantes de Quechultenango en tan poco tiempo, y menos en conocer tan pronto los mecanismos de que se valen los caciques para apropiarse del poder, y el modo en que obstaculizan el desarrollo de los pueblos.
En ése sentido el pasante concluía en que la base de sus logros descansaba en el liderazgo del Comité de Mejoras que se había integrado en la cabecera municipal, compuesto por personas honorables, emprendedoras, y que contaban con la confianza de la población.
Había terminado de manera exitosa la campaña de letrinización en el pueblo alcanzando casi el cien por ciento de la cobertura, y pronto ése ejemplo se había extendido a las comunidades vecinas, lo cual le valió otro reconocimiento de las autoridades estatales de salud quienes en su última visita a Quechultenango habían quedado gratamente sorprendidas con el funcionamiento de los talleres de tecnologías y manualidades a cargo del Centro de Bienestar Social, donde cada tarde los jóvenes, hombres y mujeres, aprendían sastrería, corte y confección, primeros auxilios, carpintería y taquimecanografía.
También valoraba como logro la perspectiva alcanzada por las autoridades locales que estaban a punto de concluir su periodo, decididas a vigilar los precios de los productos de primera necesidad que se expendían en el comercio local, y de participar en el abasto de los insumos campesinos para las siembras.
Si las cosas salían como lo tenía planeado, el pasante concluía que su trabajo quedaría coronado con la obra en la iglesia, que calculaba terminar antes del inicio de la feria patronal, y entonces podía irse tranquilo y satisfecho de haber puesto su grado de arena en el progreso de esa comunidad abandonada al poder caciquil.
Lo único que lo acongojaba un poco en su balance, era no haber encontrado y capacitado a alguien del Comité de Obras para hacerse cargo del trabajo de gestión, que era para los pueblos lo que los académicos llamaban el “cuello de botella”.
La escasa o nula capacidad de gestoría de la gente ante la autoridades, junto con el nefasto papel de los caciques, son el principal obstáculo para el desarrollo.
Pero lo que cambió drásticamente la decisión del médico respecto a su futuro fue un hecho inusitado que se presentó en la siguiente reunión que el médico tuvo con el Comité de Mejoras.
–Hemos tomado el acuerdo de expulsar de la escuela a la directora porque es ella la que impide el progreso de la educación en el pueblo. Comenzando el nuevo ciclo escolar cerraremos la escuela hasta que la cambien –dijeron.
–También queremos el compromiso de usted, médico, para que nos ayude a gestionar una plantilla nueva de maestros que incluya la enseñanza al sexto año de primaria y que se funde la escuela secundaria para que los jóvenes egresados puedan continuar sus estudios.
Conforme los integrantes del Comité iban exponiendo sus razones contra el desempeño de la directora, el entusiasmo del médico se acrecentaba ante los avances alcanzados por esos hombres rudos que sin mayor grado de estudios razonaban sobre las ventajas de que sus hijos tuvieran la oportunidad de cultivarse.
–Por favor levanten la mano quienes quieran que sus hijos sean campesinos –pidió el médico al medio centenar de padres de familia para confirmar la respuesta que ya intuía.
La única persona que levantó la mano dijo que él sí quería que su hijo fuera campesino para que trabajara sus tierras, pero que también era su deseo que tuviera la oportunidad de estudiar.
–Si prefiere más la escuela que el campo tampoco me disgustaría que tuviera una profesión, aunque fuera de médico –dijo en tono de broma el campesino, lo que provocó la risa de la concurrencia.
De esa reunión surgió el plan que se empezó a ejecutar desde el mes de julio, comenzando con un censo de todos los muchachos que habían terminado la primaria y querían estudiar la secundaria, y de los que habían dejado trunca la primaria por carecer de profesor de sexto grado. El resultado de ése trabajo arrojó cifras contundentes sobre la necesidad de mejorar la educación.
Muy pocas personas se enteraron de que el servicio social que el pasante realizaba en el pueblo estaba por concluir. La mayoría lo único que celebraba era el compromiso del médico para gestionar las mejoras a la educación.
Pero de lo que parecía que nadie hacía cuentas era que después de haber puesto en entredicho el poder del cura de la parroquia al quitarle la potestad para el arreglo del templo, era que lo que se planeaba contra la directora de la escuela significaba retar a dos de los cuatro caciques que dominaban la vida de la comunidad.
La reacción de ése poder extralegal de los caciques en los pueblos, que aparte de ser intimidante llega a encubrirse de legitimidad por la complicidad con los gobernantes, nadie la pudo prevenir.




