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Jorge Camacho Peñaloza

La enseñanza de Ayotzinapa

*Triste suerte la del gobierno al que nadie acusa en público, porque todos le acusarán en secreto. Adelardo López de Ayala.

Aún es muy pronto para saber hacia dónde se dirige la solución al grave problema que nos está dejando una serie de responsables fallas que conforman desde hace varios años este cuadro de una sociedad y gobierno que, al parecer, reproducen y viven de sus propias fallas; sin embargo, Ayotzinapa a estas alturas, después del 26 de setiembre ya nos está dejando importantes enseñanzas, y gracias a ellas y lamentablemente a la caída de varios de sus alumnos, seguramente se transformarán el régimen político mexicano.
El crimen no sólo quiere extraer y penetrar en la sociedad para arrebatarle sus ingresos y espacios, sino que también está copando y cooptando, hasta aliándose en importantes espacios del poder político tratando, muchas veces con éxito, de sustituir y convertirse en la autoridad.
Ayotzinapa hará que se sacudan y transformen las reglas para aspirar a los cargos de elección popular y para formar parte de los cuerpos de seguridad pública que debieran proteger a la sociedad, implementándose estrictas leyes que definan el perfil de los candidatos, y la selección y perfil de los policías.
En numerosas ocasiones, aquí he mencionado que en las últimas dos décadas, mientras el régimen político electoral avanzó en la democracia, el sistema policial se ancló en el régimen autoritario que prevaleció en el país después de la Revolución de 1910 y hasta el último cuarto del siglo XX, ese que surgió y se administró, no para garantizarle la seguridad a la sociedad, sino para el objetivo de la conservación del poder del grupo gobernante perfilado.
También he mencionado que la hora histórica de este país marca que son tiempos de legalidad para poder salir de esta sociedad que se configuró a lo largo del México autoritario, y que empezó a resquebrajarse no más sintió los aires de la democracia, de los derechos humanos y de la participación ciudadana en la década de los ochentas.
En el México autoritario era común en la responsabilidad pública violar la ley, omitir las responsabilidades y utilizar los cargos públicos para beneficios privados; hoy, Ayotzinapa ha dejado claro ante el mundo que en México ya no se puede tener una responsabilidad pública y omitir la aplicación de la ley. Gracias a Ayotzinapa, el régimen jurídico mexicano deberá transformarse para impedir que se sigan omitiendo las responsabilidades políticas y jurídicas de los tres niveles de gobierno con mecanismos que contemplan la participación y supervisión activa de la sociedad; es decir, ante falta de gobierno, sociedad.
Desde hace mucho tiempo se habla, y los hechos y los estudios lo demuestran, de que la política está en crisis, en particular los niveles de credibilidad y capacidad de los políticos para diseñar y aplicar políticas públicas que realmente respondan a los intereses de la sociedad, existe un reconocimiento desde la misma esfera de la política y por parte de políticos de los diferentes partidos en el sentido de que éstos se han distanciado de la sociedad y que han perdido capacidad para estar al frente de las instituciones y cargos públicos.
Hace un par de años desde Argentina se escuchó un grito del que luego el empresario Alejandro Martí hizo eco; allá en las tierras andinas surgió la voz que se escuchó en todo el mundo dirigida a los políticos y gobernantes diciéndoles “¡que se vayan todos!” y que luego aquel ciudadano mexicano replicó con la suya, haciendo retumbar al Castillo de Chapultepec, para decir que “¡si no pueden, renuncien!”
Esta falta de capacidad y omisión en la función pública debe ser severamente castigada por la ley, y esa es otra enseñanza de Ayotzinapa que deberá traducirse en actuaciones más eficaces en los espacios de la responsabilidad pública, y en sanciones más contundentes e inmediatas ante la más mínima omisión.
Los políticos y los gobernantes no podemos seguir dando muestras de omisión e incapacidad, si no queremos más que miles de bocas en las calles gritando “que se vayan todos” o “si no pueden que renuncien”, y dejar que florezca el rechazo de la sociedad a la política, que sólo conviene a los autoritarios; tenemos que capacitarnos más y dejar de usar la retórica como salida a la problemática que no se resuelve.
La agresión al ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas, la quema del Palacio de Gobierno en Chilpancingo y las pedradas al Congreso del estado y a las oficinas de la Procuraduría General de la República en la ciudad de México conllevan ese rechazo de la sociedad a la forma en la que se está gobernando en el país.
Aunque no se sabe hasta dónde va a llegar, a Ayotzinapa se le puede criticar muchas cosas, lo que no se podrá hacer es negarle su derecho a la educación; quién iba a pensar que al tomar la decisión de trasladarse a Iguala ese 26 de septiembre, con el objetivo que haya sido, estaban gestando el estremecimiento más importante de la conciencia de los mexicanos en los último años.
Vuela vuela palomita y ve y dile: a todos los que quieran oír que sea cual sea la salida deberá pasar por un gran acuerdo por la armonía, la civilidad y la legalidad, le cuadre a quien le cuadre.

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