Gil Florente Castellanos
La inseguridad en Acapulco*
El crecimiento de las ciudades trae consigo la agudización del problema de la inseguridad. Acapulco, cuya población aumenta aceleradamente lo padece. Aquí la población crece por la vía de la procreación, no contralada del todo en el sector marginal, y por el proceso de descampesinización que genera asentamientos de miseria, la exigencia de servicios básicos, el aumento del número de desempleados y el desmejoramiento social que se traduce en asesinatos, robos, violaciones, extorsiones, secuestros, fraudes, despojos, vejaciones y otros delitos que inciden en el aminoramiento del atractivo turístico y generan el temor de los pobladores que ya no deambulan sin preocupación por las calles de la ciudad en horas avanzadas de la noche.
Los hechos destructivos que ocurrían en otros pueblos y veíamos por televisión, escuchábamos en la radio o leíamos en la prensa; hoy los observamos directamente, los vivimos, los sentimos.
Hay denuncias reiteradas, acusaciones, demandas, llamados de la ciudadanía para las autoridades; pero las peticiones no tienen respuestas. Cuando el agraviado se atreve a poner su demanda de justicia en los tribunales, se archiva en expedientes que abarrotan los anaqueles del ministerio público. Ahí queda la relatoría del suceso delictivo. En pocos expedientes se incorporan fojas detallando bagatelas de indagaciones inconclusas. Muy pocas investigaciones concluyen. ¿Qué pasa con los jueces? ¿Por qué exoneran a los criminales? ¿Por qué sueltan a los secuestradores? ¿Por qué de 100 casos denunciados, solamente dos o tres se resuelven? La procuración de justicia está fallando. Debido a las anomalías en que incurre el poder judicial, la sociedad acapulqueña se siente desprotegida.
Dice Abraham Maslow que la seguridad es una necesidad del ser humano que habrá de ser satisfecha pueda desarrollar sus potencialidades hacia la autorrealización ¿Cómo podrá mejorar la cultura de un pueblo que se siente inseguro? ¿Con qué garantías desarrollarán los ciudadanos sus proyectos de vida?
Las autoridades poco hacen al respecto. No ofrecen soluciones en el renglón de la seguridad. Sólo intentan operativos que se desgastan, precisamente, por inoperantes. Los programas de protección ciudadana, pasajero seguro, protección al turista, mochila segura, botón de seguridad, despistolización y otros, no han tenido éxito por la falta de atención y seguimiento.
De nada servirá la asignación de jornadas de 8 horas en lugar de las de 24 a los policías para paliar el “agotamiento”, si no se les asignan mejores sueldos y se establecen compromisos para evitar el chambismo y la corrupción.
El aumento de policías y la modificación de horarios no devuelven la confianza a los ciudadanos ¿Quién confiará en policías itinerantes que pasean hacinados en camionetas oficiales, en vez de hacer patrullajes y rondas? ¿Quién se acercará a los jefes policíacos que niegan el auxilio aduciendo no estar en servicio o no pertenecer al área de ocurrencia del delito? El ciudadano acapulqueño no confía en el policía, le teme. Y es que, cuando éste se le acerca, no lo hace para darle protección, sino con el fin de apresarlo por “sospechoso”, “faltas a la moral” o por un delito inventado, es espera de la “mordida” a cambio del “perdón”. La extorsión es común en nuestro medio; en este medio inseguro donde el policía se considera la autoridad, el representante de la ley y no un servidor público.
Sería injusto afirmar que todos los policías incumplen con su deber; hay honrosas excepciones. Hay agentes del orden trabajadores, honestos y cumplidos. Sin embargo, se requieren soluciones objetivas para que los acapulqueños recobren la confianza en la corporación policíaca y sobre todo, en los encargados de la procuración de justicia que son quienes, en muchas ocasiones, impiden el seguimiento de la buena acción del policía. Es necesario la preservación del orden, la ejercitación de la justicia y el dictado de sentencias de acuerdo con la ley a los malhechores. De lo contrario seguirán cometiéndose crímenes en todos los estratos sociales como el del maestro Fidel Gallardo Arellano que vino a mi memoria a propósito de la elaboración de esta ponencia. La incluyo porque ejemplifica algunos puntos referidos en el presente texto.
Fidel fue director de la escuela primaria Manuel M. Acosta de este puerto, dirigente del Partido Popular Socialista en la época álgida del lombardismo, dirigente sindical en la primera zona escolar que se estableció en Acapulco e integrante del grupo de acción magisterial (Grama). Fue un hombre de convicciones democráticas.
Cuando lo asesinaron –en agosto de 1992– su estatus era de jubilado, por lo que se descartó el móvil político. Era querido y respetado por todos sus vecinos, incluyendo a los que malvivían en la calle. Por tal razón, es poco probable que pandilleros de su colonia lo hubieran robado y ultimado.
El profesor Fidel fue encontrado muerto cerca de su hogar, ubicado en Caleta, con los bolsillos vacíos y dos balazos: uno en el brazo y el otro en el vientre; éste le causó la muerte por desangramiento. El crimen fue perpetrado en la noche.
El maestro fue torturado antes de ser baleado; los golpes en el cuerpo y cara y los cachazos de pistola en la cabeza evidenciaron la bestialidad de los asesinos. No les importó la ancianidad de su víctima. Fue notoria la inexistencia de pistas. Si los victimarios hubieran sido pandilleros o delincuentes comunes, alguna habrían dejado. Se trató entonces de experimentados asesinos que se sabían protegidos; de ahí, su condición mimética.
Este caso fue denunciado por profesores, padres de familia y familiares sin que avanzara la investigación. Hoy es uno más de tantos casos relegados al olvido ¿Hasta cuándo se aclararán este tipo de crímenes? ¿Hasta cuándo los homicidas recibirán el castigo que merecen?… Respecto a este asesinato, Alejandro Martínez Carvajal escribió: “suponen muchos profesores que el asesino anda suelto dentro de la corporación policiaca (…) las autoridades judiciales y los cuerpos policiacos no han movido una pluma para investigarlo. Todo se envuelve en el misterio y la sospecha (Novedades de Acapulco 180992).
Urge detener la delincuencia y la impunidad. Para ello los ciudadanos debemos organizarnos en consejos de seguridad, reproduciendo el modelo del Distrito Federal y trabajar en sintonía con ellos y con los que se constituyan en otras ciudades. La meta debe ser conformar una red de seguridad. Estos consejos deben convertirse en foros de denuncias que den confianza y protección a quienes decidan presentar demandas de hechos delictivos que los hayan afectado; ello para combatir la cultura del silencio que se ha imbricado en nuestra sociedad por el temor a la represalia y que no ayuda a resolver el problema de la inseguridad.
Sólo con la organización y con la participación social encontraremos la forma de detener el fenómeno delictivo que cunde en nuestro pueblo. Organicémonos y participemos activamente para exigir a los organismos que tienen la función de preservar el orden e impartir justicia, a que cumplan su cometido.
* Ponencia presentada en el foro: Por una democracia participativa, con el tema: ¿Más policías o menos seguridad?, organizado por la diputada federal Rosario Herrera y realizado el 11 de agosto en Acapulco.




