Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
Esquina bajan
¿No sienten a veces como si viajaran a bordo de un tren bala a toda velocidad, del que no se pueden bajar a pesar de que el destino final es un profundo desfiladero? Así me siento yo, al menos a veces.
Así percibo a nuestra sociedad contemporánea, no sólo de este municipio, ni de este estado ni de esta nación. Así veo a todas las que pueblan este planeta. Aunque, claro, no todos sus habitantes ocupan los mismos asientos. Unos viajan en premier, otros en primera, muchos en clase turista y el resto, los más, en sucios y apestosos vagones de carga.
Pero no me malentiendan, no estoy azotándome ni montado en ánimo existencialista. Es simplemente una sensación pasajera, subjetiva pero provocada por hechos concretos, por datos duros que leemos, escuchamos y vemos a diario.
Tomen por ejemplo el orden económico mundial. No hay evidencia que sirva para que alguien, uno solo de los que mandan en el mundo occidental, plantee siquiera la posibilidad de un golpe de timón, para evitar precipitarnos por el hondo abismo que se abre entre pobres y ricos. Pareciera que la globalización económica es la última palabra, la única posibilidad para construir un mundo más justo y equitativo, con menos marginación, mas humano y sustentable ambientalmente. Si no hay de otra, ya nos llevo el tren… bala.
O piensen también en las fuerzas políticas que dominan gobiernos e instituciones. Básicamente izquierda y derecha, con pequeños matices al centro. Liberales o conservadores, capitalistas o socialistas, moderados o radicales, religiosos o agnósticos, sureños o norteños, occidentales u orientales. Con melón o con sandia, no hay mas opción, ninguna vía alterna, ningún pequeño rincón que permita disentir, al que lo desee, aunque sea con un susurro.
Recuerden ahora esos vagones sucios y apestosos. En uno de ellos vamos nosotros, mexicanos, guerrerenses. Y para colmo, adentro todo es caos, alboroto, riña, desencuentro, enojo y arrebato; desde fuera pareciera que nadie manda, nadie ordena, nadie concilia, nadie congrega; desde fuera pareciera que nadie, literalmente nadie, respeta a nadie.
El reciente zipizape radiofónico entre Zeferino y Chavarría es una pequeña muestra: para uno, el otro es mentiroso, incongruente, cobarde y hasta corrupto; para el otro, el de enfrente es soberbio, intolerante, represor y hasta borracho.
A nivel nacional, peor aún. Para los de izquierda, representados por Andrés Manuel, los de enfrente son: si priístas, rateros, tramposos, delincuentes y hasta asesinos; si panistas, vendepatrias, ricos, complotistas, malosos y hasta persignados. Para los de derecha, representados por Fox (¿será aún?), los de enfrente son: si perredistas, revoltosos, contestatarios, populistas, libertinos y hasta guerrilleros; si priístas, corruptos, ineficientes, fraudulentos, arcaicos, demagógicos y hasta asesinos. Para los priístas… por lo pronto agazapados, sin dar muchas pistas de hacia donde se moverán ni de que color será la bandera que ondearán.
Y nosotros, los ciudadanos de a pie, como siempre, en medio del vendaval, expuestos a los efectos negativos de una decisión equivocada, de un rumbo incierto o de una crisis imprevista, resignados a ser contabilizados como daños colaterales.
A muchos sociólogos que anuncian la proximidad de un cambio paradigmático en el mundo, a otros tantos politólogos que advierten la inminencia de una nueva etapa revolucionaria, siempre puntual al inicio de cada nuevo siglo, les inquieta la ausencia de un ingrediente esencial para que los ciclos se completen: liderazgos; a todos ellos les preocupa la presencia de un elemento nuevo que desactiva la participación social: la apatía.
¿Quién convocará el inicio de una nueva transformación social? ¿Quién será capaz de congregar ejércitos suficientes para derrotar la resistencia? ¿Quién encabezará las multitudes que de pronto aparecerán por las calles? ¿Quién será el líder de la primera revolución del segundo milenio? ¿Quién será el autor de las nuevas ideas que despertarán el letargo de las mayorías silenciosas?
Por lo pronto, nada se oye a lo lejos, ninguna figura se perfila en el horizonte, ninguna brisa fresca que anuncie apariciones imprevistas.
El problema es que si la irritación social, si el resentimiento de pobres contra ricos, si la desconfianza ciudadana, si todo eso se enciende con la llama de la impaciencia, antes de que surja algo o alguien capaz de dar dirección, rumbo, orden y cohesión, la anunciada nueva revolución estallará anárquica, convulsa, rencorosa.
El tren bala llegara entonces a su destino final. ¡Esquina bajan!




