Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Pedro Isnardo De la Cruz*

Dos México, dos Guerrero

La lucha social y política por un mejor México, un mejor Guerrero debe seguir. Ahora, la campaña presidencial de López Obrador empieza, finalmente, a tener un resurgimiento como un competidor que, frente a la de Vázquez Mota, podría desafiar la candidatura espectáculo de Peña Nieto.
Dos México, y también dos Guerrero, se debaten en el fondo de ambas campañas: López Obrador representa la candidatura antisistema (crítica de lo que no ha funcionado en el combate a la desigualdad, a la corrupción, a la violencia, el maridaje entre dinero y poder político convertido en impunidad y agravamiento de desigualdades); mientras el candidato priísta sintetiza una candidatura de sistema, que abraza la ausencia de reivindicaciones sociales, la incapacidad (¿imposibilidad?) del sistema de transformarse desde dentro: no encabeza una nueva generación de políticos democráticos, no se han modificado sus métodos de selección de candidatos, no hay resultados que demuestren un renovado compromiso con causas sociales históricas, incluso no hay diagnóstico realista de sus propios errores de cuando tuvieron el control del país, menos aún de los problemas del país: parece como si la historia y la conciencia ética no pasara por sus líderes.
Ambos México, ambas filosofías de lucha por el poder, ambas visiones de Estado, son excluyentes. En Guerrero también se  desdoblan, una en la práctica que apuesta a la renovación de fondo del sistema (no silenciamiento de las luchas sociales, no silenciamiento de los jóvenes que quieren un mejor estado y un mejor país: por eso el lopezobradorismo guerrerense ha enraizado electoralmente en la entidad), y la que se ha formado en la práctica de la política sin transformación y al amparo del México de la guerra sucia (la criminalización de líderes sociales, el cacicazgo incapaz de comprender los valores democráticos, la desaparición forzada de gente inocente e insurgente).
Para los guerrerenses resulta significativo que ex diputado local René Lobato Ramírez (ex presidente estatal del PRD) y Heriberto Noriega Cantú (fundador del Partido Socialista de los Trabajadores. Noriega, quien ingresó al Partido de la Revolución Democrática por medio de la corriente Polo Guerrerense de Izquierda, que encabezó el diputado Armando Chavarría Barrera, asesinado el 20 de agosto de 2009, quien fue señalado por un cuestionable manejo de los recursos en la dirección administrativa del Congreso estatal e impugnado por la izquierda política para ingresar al gabinete del gobernador Ángel Aguirre –dada su estrecha relación personal y su responsabilidad política antiguerrilla en el Guerrero gobernado por Rubén Figueroa–), decanten en contra del PRD –y de sus actuales líderes partidistas y gobernantes– en el momento en el que la candidatura presidencial priísta necesita demostrar que puede asirse de presuntos liderazgos de partidos adversarios; en realidad, confirman la necesidad política de Manuel Añorve de rehabilitar su credibilidad y reconstruir un liderazgo político frente a sus propias bases y frente a los priístas de la entidad, aunque estos dos personajes que dejaron la oposición, son más representativos de la política sin virtudes, sin causas y sin base social: Lobato y Noriega nunca ejercieron el oficio de vida izquierdista en México que exige coherencia, resistencia, convicción de lucha cívica, compromiso ético con causas y reivindicaciones sociales, defensa de la justicia y combate a la desigualdad. Hay momentos para detenerse y observar el camino y tomar distancia, pero sin  extraviarse nunca. Este código de combate no existe en el PRI peñanietista ni en el PRI guerrerense, menos aun en los “guerrilleros arrepentidos” que decidieron quitarse la máscara.

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