Federico Vite
Un hombre bueno es difícil de encontrar (Segunda de dos partes)
Hablábamos de la educación de la mirada. Flannery O’Connor, autora del cuento Un hombre bueno es difícil de encontrar, propone en este texto de 14 páginas que el mal, como una revelación, condensa la vida, la hace paradójicamente más habitable. A grosso modo, nos relata el viaje en coche de una abuela quisquillosa, acompañada de su familia, hasta Florida. Al desviarse del recorrido inicial sufren un accidente. En su ayuda, aparece la némesis del texto, el Desequilibrado, un criminal que ha huido de la prisión. Todos y cada uno de los hechos de este cuento van enfocados a una escena violenta y fúnebre, pero la efectividad del texto radica en las acotaciones del relato, en hacer del cuento un enramaje de imágenes; por ejemplo, la descripción del paisaje (lo siniestro y exuberante del bosque, la carretera sola, las casas abandonadas, terracería en sepia y espectros, zanjas en el camino que indican la próxima caída a la muerte, el cielo claro sin nubes y la luz blanca del día) confirma el plus que le ha dado tanta vigencia a los textos de O’Connor: los opuestos desembocan por redención en un mismo punto. Al ver el paisaje, ella elige los detalles que construirán la atmósfera de un recorrido mórbido, trazado desde la primera línea: “La abuela no quería ir a Florida”. Y si la abuela no hubiera leído en el periódico que un peligroso delincuente escapó de prisión, si no hubiera reconocido al homicida en la carretera, si el accidente hubiera sido kilómetros adelante o atrás: insisto, con esta chica no hay casualidades. El todo y los detalles enuncian la pérdida de la gracia.
O’Connor da cuenta de lo apacible de la existencia y aplasta al final todo lo creado por su puño. Observa y narra, su correlato es el mundo que crece y hondea bondades, porque lo luminoso, nos dice, es la esencia que sólo puede tener volumen y consistencia comparado con lo oscuro. La resolución del relato es una tragedia. El punto de vista de la autora —esa forma con la que habitan el universo los personajes— se enfoca en darle movimiento a los engranajes del cuerpo literario, dota de perspectiva una anécdota simple, pero bien resuelta. Sin la mirada, sólo tendríamos un cuento lleno de diálogos en los que la autora se regodearía con la parlanchina abuela y el profético Desequilibrado, quien se encarga de sentenciar al final de este texto: “No hay verdadero placer en la vida”.
El encuentro entre la abuela y el criminal esboza una posible redención. La abuela pregunta: “¿Qué hiciste para que te enviaran a la penitenciaria por primera vez?
—Doblabas a la derecha y había una pared —explicó el Desequilibrado con la mirada alzada hacia el cielo sin nubes—. Doblabas a la izquierda y había una pared. Mirabas arriba y estaba el techo, mirabas abajo y estaba el suelo. Olvidé lo que había hecho, señora. Me quedaba sentado allí tratando de recordar lo que había hecho y, hasta el día de hoy, no lo recuerdo”. No hay principio en el mal, sólo persiste el hecho de reconocerse entrampado en sí mismo, con los pies ya puestos en lo maligno.
Harold Bloom, indica, a propósito de este cuento, que O’Connor defiende a capa y espada la violencia con la intención de provocar en los lectores una alerta espiritual. Como escritora está resuelta a arrebatarnos para que podamos estar abiertos a la posibilidad de la gracia, dice el crítico. Y considera que la forma de trabajar el mal no es precisamente la más auténtica, pero confirma la atracción de esta mujer por mostrar en breves páginas que “los hijos de Dios siempre estamos dormidos en la otra vida, que no es el paisaje”.
Por supuesto que habrá muchos otras maneras de abordar los textos de esta señorita sureña, pero me interesa sólo atender a un aspecto: cómo dota de divinidad un mundo, en su espejeo ante el paisaje, que tiene la puerta siempre abierta a lo oscuro. Para ella, cualquier texto se convertiría en una historia de miedo, pero nos da respiro, nos deja sentir la vida antes de arrebatarla, como el buen amor perdido.
En la obra de O’Connor tenemos un estudio de lo oculto, de las pulsiones que bien podrían entenderse como oscuros latidos, pálpitos de una reacción tenebrosa ante la incomprensión del otro, el que habita la periferia y confirma, con su existencia, que lo sagrado es fácilmente devastado por la estupidez más simple: no atender al otro, ignorarlo, callarlo porque representa todo aquello que nos recuerda el extravío ético. En su obra, los lectores descubrirán la elegante mirada de quien se asomó al abismo y se contagió de él. Que tengan buen martes.




