Campesinos y líderes del Consucc y del PRI, hora y media esperando, y Astudillo no llegó
Aurelio Peláez
–Trac-trac…trs…
La matraca apenas insinúa su poderío sonoro; duerme, como extrañando los triunfos del América y del PRI. El candidato del PRI no llega. Pasan ya las 12 del día, la hora en que debería comenzar el acto en que Héctor Astudillo Flores debería recibir el apoyo de una organización nacional de campesinos, poco conocida en Guerrero, el Consucc.
Al salón La Cartuja, propiedad del empresario waltonista Víctor Jorrín, continúan llegando contingentes de campesinos de diversas partes del estado. Llegan desconfiados, se quedan en la entrada, hasta que organizadores del acto los hacen entrar al salón. Sombrero y camisa manga larga raída, huaraches, a veces zapatos; vestidos con el delantal puesto; viejitos, flacos, muy flacos. Muchos cojean. Entran silenciosos, dejando un rastro de olor a campo y trabajo. Traen entre dos y seis horas de viaje.
–Trac. La impaciente matraca.
En la entrada de La Cartuja dirigentes del PRI esperan la llegada de Astudillo. Son las 12:30 del día, apenas en el límite normal de retardo. Y es que la puntualidad no ha sido la norma en la campaña priísta. A esa hora ya se encuentra el magistrado Fermín Alvarado Arroyo, uno de los cercanos del presidente del PRI Héctor Vicario. Dentro están el diputado local Orbelín Pineda Maldonado, el subsecretario de Desarrollo Social Francisco Leyva Juárez, en representación del secretario Heriberto Huicochea, y el secretario de Asuntos Indígenas, Pablo Zapién en representación del gobernador René Juárez.
También está la secretaria general del Consejo Nacional de Sociedades y Unidades de Campesinos y Colonos (Consucc), Guadalupe Martínez Cruz, senadora suplente de Humberto Roque Villanueva.
Dentro del salón, duetos y tríos de música intentan hacer pasadera la espera de unas mil 500 personas. Hay bocinas hacia el patio del edificio. El mediodía es caluroso, nublado. “La resolana”, dice un reportero.
–Si gana Zeferino adiós a los coches chocolates –cuenta un reportero a otro, como advirtiendo que de no ganar el PRI se acabaría esa complicidad que permitía (permite) a periodistas usar autos ilegales, con origen en favores político-policiacos. Luego, media docena de ellos narra anécdotas de colegas que los usan, o las últimas, de a quienes se los ha quitado la “Judicial Federal”.
–Y a esos les vale madre que les digas que eres amigo del gobernador.
–Trac-trac-trac-trac…. trac. Otra matraca que se queda en camino de llegar al estruendo del Rata-Rata-Rata (¿o Raca-Raca, será onomatopeya adecuada?).
–… él no es –dice uno de los cuatro de la matraca que esperan en la entrada al candidato del PRI. Ya es la una de la tarde. Quien baja de la Suburban es el secretario de Asuntos Indígenas estatal, Pablo Zapién.
Se acaban las bolsas de agua tibia que se reparten en cubetas a los asistentes. Siguen llegando grupos de campesinos. Fuera, los profesionales de las recepciones se desesperan. “Ya me tengo que ir, tengo otras cosas que hacer”, dice el ex regidor José Guadalupe García Carbajal, megáfono en mano. Antes era conocido como “el matraquero”, y se dice que en virtud de sus artes llegó a ser regidor en 1989, porque le cayó bien al gobernador José Francisco Ruiz Massieu. “Yo por eso no traje a mi gente”, dice otra líder.
–Trac… trac-trac… trac. Los dientes de la matraca que oscila miden el tiempo en forma arbitraria. Tanto que ya es la 1:30. Llega entonces la secretaria general del PRI, Erika Luhrs. Algo dice y tras él se van Fermín Alvarado y Oscar Hernández. “No viene Astudillo”, cuenta uno de ellos en corto. Y no viene, pero nada se dice. Es más, los oradores alargan sus intervenciones, como esperando que aparezca. Y así, tras una hora y media de espera, otro tanto de discursos.
Llega la barbacoa cuando el líder de la Consucc en la entidad comienza su informe de labores. Se instala la mesa y los campesinos empiezan a salir. “A la cola”, les dicen. Sirven un tanto de platillos pero para entonces ya hay fuera del salón una centena. Alarma en el presídium. Erika Luhrs hace señas a la puerta principal de entrada. Cruza los brazos como abanicando y se suspende la repartición de los tres pedacitos de carne, el poco de frijoles y de fideo, y el mucho de salsa y de tortillas.
La líder Martínez aún no acaba de hablar, bla bla. El estómago campesino se resigna una vez más a la espera, sin hacerla de tos con ruidos gástricos.




