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Erwin Flores Contreras

José Martí; si el norte es el cerebro, el sur es el corazón*

La estancia del prócer cubano en Chilpancingo

Muchos personajes importantes en la historia han recorrido estas tierras surianas y uno de ellos fue José Martí, el apóstol de la Revolución cubana, quien recorrió Acapulco, Chilpancingo e Iguala y otros caminos obligados.

El peregrinar por el mundo de José Julián Martí Pérez comenzó cuando a los 18 años es desterrado de su país natal Cuba a España.

En la península Ibérica y después de dedicarse algunos años al estudio y viajar por otras regiones de Europa –Francia, Inglaterra, y otras– decide salir de España y se embarca hacia América. En el trayecto del viaje sólo llega a contemplar a Cuba desde el barco; en Nueva York, permanece poco tiempo para después embarcarse nuevamente, ahora rumbo a México.

Martí llega a sus 22 años al puerto de Veracruz el 8 de febrero de 1875, de ahí emprende un viaje de dos días en tren hacia la ciudad de México. Desde ese momento Martí se alimentaría del contexto mexicano, porque es en nuestro país donde el prócer cubano manifiesta –por primera vez de acuerdo con sus reflexiones– el espíritu de la identidad latinoamericana, como lo considera el investigador Pedro P. Rodríguez.

Es en México donde el apóstol se encuentra con su autoctonia americana. En el primer recorrido en tren que hizo Martí, pudo constatar las grandes diferencias de la sociedad mexicana, pues sólo nos hace falta revisar la historia para darnos una idea del impacto que tuvo sobre él ver a un México de fines del siglo XIX pronto a proclamarse el plan de La Noria que llevaría a Porfirio Díaz al poder.

En fin todo el contraste de una sociedad desigual, por un lado el campesino e indígena en las desoladas zonas rurales, y por otro lado la opulencia y miseria en las ciudades.

En la ciudad de México José Martí conoció a Manuel A. Mercado, que con el tiempo se convertiría en su gran amigo y último destinatario, al cual el maestro dedicó sus últimas letras antes de caer bajo fuego enemigo, y es ahí mismo donde de igual forma y por medio de Mercado, conoce a Carmen Zayas-Bazán.

El primer periodo que Martí estuvo en México fue de 1875 a 1877. Posteriormente, y debido a los problemas políticos originados por la revuelta porfirista, se va rumbo a Guatemala no sin antes dejar algunos pendientes.

Carmen Zayas-Bazán era una joven cubana originaria de Camagüey que había emigrado junto con sus padres a México. De esta forma Carmen era uno de esos pendientes si no es que el principal motivo de su retorno, debido a su viaje necesario a Guatemala que Martí dejó en espera y bajo promesa de matrimonio.

Su estancia en el país centroamericano no pasa del año y regresa a México dispuesto a cumplir con sus compromisos, sobre todo con la necesidad de estar junto a su amada. La boda de Martí con Carmen se realiza en casa de Manuel A. Mercado el 20 de diciembre de 1877. Según el trabajo de Ibrahím Hidalgo Paz, la pareja regresa a Guatemala el 26 de diciembre y de ahí deciden viajar rumbo a los caminos de sur para disfrutar como peregrinos de su andar solitario. La pareja llega a Chilpancingo –según Hidalgo Paz– el 31 del mismo mes, siendo recibidos por José Manuel Emperán, jefe de Hacienda del estado, bajo el gobierno del gobernador Rafael Cuéllar.

Los siguientes párrafos son fragmentos de la carta que el maestro le escribe a Manuel A. Mercado, con motivo del año nuevo en su bienaventurado viaje en compañía de Carmen, fechada el 1 de enero de 1878.

“Si los que merecen son fieles, y –con grandeza de alma– lo son, no tengo que desear a U. feliz año”. Primer fragmento y primera consideración que demuestra el afecto que Martí pregonaba a Manuel A. Mercado.

En la salutación a Mercado el “autor intelectual de la Revolución Cubana” reafirma: “Es imposible que a U. le vengan males: ha hecho demasiado bien”. En los siguientes párrafos Martí le describe a Mercado sus momentos con Carmen: “aquí estamos, Carmen con aureola, yo con amor y penas. ¿Cuáles serían sus penas?”, y describiendo a Carmen, le dice: “Me oprime el corazón su nobilísima tranquilidad”. Y de forma poética, muy particular de su parte, resume lo que siente al lado de su querida mujer: “cada uno de sus días vale uno de mis años”. En los siguientes fragmentos menciona el motivo de su visita a Chilpancingo: “esta luna de miel, errantes, vagabundos, era conveniente a nuestras bodas: peregrinos dentro de la gran peregrinación”. El talento narrativo exquisito del maestro no deja de manifestarse en esta carta, cuando le cuenta a Mercado las condiciones en las que pasaron su luna de miel, principalmente atento de la reacción del paisaje que contrastaba con Carmen, así como contemplando cada gesto y movimiento de ella, intentando adivinarle el pensamiento a la dueña de sus sentimientos, describiéndolo de la siguiente manera: “duerme entre salvajes y bajo cielo, azotado por los vientos, alumbrada por antorchas fúnebres de ocote: ¡y me sonríe! –Ya no hablaré de valor romano. Diré: valor de Carmen”.

En la descripción que hace José Martí de Chilpancingo dice: “Aquí me he encontrado conocido: ¡en Chilpancingo! donde la naturaleza tiene cetro y la miseria palacio”. Sólo cabría señalar que en este siglo, ese palacio de la miseria ha arrebatado en casi su totalidad el cetro que en aquella ocasión vio el maestro en manos de la naturaleza.

“A Acapulco llegamos el 5, y de allí le escribo con el resto de los originales. Vamos con escolta de rurales de la Federación del 8º.

Adiós ahora que Carmen me llama y la madrugada está cerca. Quiéreme mucho. Que ella y yo le pagamos…Un shake-hand de año nuevo…y a U. muy buena cantidad del alma de su hermano”. Con estas palabras concluye Martí su carta.

El 9 de enero ya con Carmen emprende su regreso a Guatemala, pero en el tiempo breve de su boda y su luna de miel, José Martí no dejó por un momento la tarea de seguir luchando por la independencia de Cuba y la de una Latinoamérica fuera de la influencia de Europa y Estados Unidos, y termina en ese tiempo los detalles del libro que escribió titulado Guatemala en donde hace un análisis general del país centroamericano.

Ante la infinita correspondencia que Martí dirige a Manuel A. Mercado, por último, no dejaré de citar las letras que le escribe desde Dos Ríos, Cuba, fechada el 18 de mayo de 1895, horas antes de morir y en donde le manifiesta a Mercado sus deseos para con Cuba y Latinoamérica:

“Ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber –puesto que lo entiendo y tengo ánimos con qué realizarlo– de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extienda por las Antillas, los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es por eso. En silencio ha tenido que ser y como indirectamente, por que hay cosas que para lograrlas hay que mantenerlas ocultas, y de proclamarse en lo que son, levantarían dificultades demasiado recias para alcanzar sobre ellas el fin”.

El autor agradece el apoyo de Nancy Rodríguez Menéndez, Directora de la Biblioteca Especializada del Centro de Estudios Martianos por la información proporcionada.

*En alusión a la frase “Si Europa fuera el cerebro, nuestra América sería el corazón” del apóstol José Martí.

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