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Relatos en El banquito de la foto del recuerdo, de Enrique González Ruiz

Acosta Chaparro es responsable de ejecuciones y desapariciones, según testimonios

Aurelio Peláez

Para la justicia militar, no habría pruebas que involucraran al general Mario Arturo Acosta Chaparro Escápite en las desapariciones y ejecuciones de la guerra sucia librada en Guerrero por el gobierno mexicano en los años setenta, que cobraron cerca de mil 200 muertos y unos 600 desaparecidos.

Esto, luego de que el juez cuarto de justicia militar, Domingo Arturo Salas, le decretó auto de libertad por “desvanecimiento de datos” la semana pasada, ante la acusación que en su contra preparó la Procuraduría General de Justicia Militar, y que integraba testimonios precisamente de militares.

Al general Acosta Chaparro se le acusó de la responsabilidad en 143 homicidios, aunque testimonios de militares le involucraban personalmente en unas 200 ejecuciones.

Ahora, toca el turno a la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (Femospp), indiciarlo por esos mismos crímenes aunque por el delito de “desparición forzada”, que por determinación de la Suprema Corte de Justicia de la Nación no prescribe.

De Fort Bragg a la Sierra de Guerrero

Mario Arturo Acosta Chaparro Escápite recibió cursos de adiestramiento militar contrainsurgente en Fort Bragg, Carolina del Sur y en Fort Benning, Georgia, centros de élite del Ejército de Estados Unidos por los que pasaron la mayor parte de los dictadores centroamericanos y sudamericanos, entre ellos Anastasio Somoza, de Nicaragua, y Alfredo Stroessner, de Paraguay.

La capacitación en esos centros, conocidos como Escuela de las Américas, tenía como fin el combate a los movimientos insurgentes en América Latina y los egresados tenían un perfil anticomunista. La instrucción, se sabe, incluía programas de tortura.

Acosta Chaparro es hijo de un general del Ejército, y se conoce que su educación familiar fue severa y rigurosa. Siguió la carrera de su padre. En el libro, El banquito de la foto del recuerdo (publicado por la editorial Tierra Roja y la Comisión Estatal de Derechos Humanos de Querétaro), José Enrique González Ruiz, abogado de las familias de los 143 desaparecidos por los que se enjuició al ahora general, recuerda que el militar, originario de Chihuahua, podría incluso tener origen tarahumara y haber sido adoptado.

No obstante, esa relación familiar le habría servido para ser escogido a finales de los sesenta por el propio secretario de la Defensa Nacional, Marcelino García Barragán (1964-1970 , en el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz), para ser capacitado en programas contrainsurgentes en Estados Unidos, por militares que recién acababan de participar en la guerra de Vietnam.

Acosta Chaparro llegó a Guerrero como agente de la Dirección Federal de Seguridad, que dirigía Luis de la Barreda, en 1972. Ya antes, había trabajado en el combate a la guerrilla urbana de la Liga Comunista 23 de Septiembre, entre otras. Llegó como teniente del Ejército, y tras la liberación de Rubén Figueroa Figueroa en septiembre de 1974 del secuestro de la guerrilla de Lucio Cabañas, fue ascendido a capitán, dejando el trabajo de inteligencia militar.

Después se haría cargo de la Policía Judicial del Estado, de 1974 a 1981, a invitación de Figueroa Figueroa, ya gobernador, lo que implicó coordinar el combate a la guerrilla –y diseñar la estrategia de guerra sucia–, coordinado con el entonces jefe militar en Guerrero, Humberto Quirós Hermosillo.

Personaje enigmático

En su estadía en Guerrero, Acosta Chaparro fue un personaje enigmático. Apenas si se dejó fotografiar en un par de ocasiones, y se mantuvo alejado de la prensa, que le temía y le respetaba. O al revés. “Acosta Chaparro no acostumbraba abrirse frente a nadie. No contaba sus hazañas ni a los más íntimos”, refiere González Ruiz, quien fue rector de la UAG en los ochentas, y abogado general de la institución cuando se dieron las detenciones y desapariciones de universitarios a los que el Ejército relacionó con la guerrilla. En su libro, refiere un hecho, sucedido en abril de 1978, que narra en tercera persona:

“El abogado de la Universidad Autónoma de Guerrero recibió una llamada por la red interna; era el rector Wenceslao Roses Reza (en realidad, Rosalío Wences Reza, con quien González Ruiz tiene ahora una mala relación) quien le comunicó:

–Me acaba de hablar Figueroa. Dice que está dispuesto a entregarnos a los desaparecidos de la Casa de Estudiantes Mártires del 61. Me preguntó si de verdad los queremos y para qué ‘si se trata de una punta de cabrones’. La cita sería en el zoológico de Chilpancingo el próximo jueves a las 6 de la tarde. ¿Cómo la ves?

–Creo que debemos ir –contestó el asesor legal– aunque para que el riesgo sea menor, creo que debemos llevar al secretario general de la Universidad (Servando Alanís), que es oficialista. Pienso que hay que invitarlo porque nos sirve de paraguas.

Fue así como los tres directivos de la UAG se presentaron en punto a la cita convocada por el gobierno. Las calles aledañas a la cita estaban extrañamente desiertas, no había un alma a la vista…

Los funcionarios comentaban entre sí:

–Este ofrecimiento de entrega no es producto de la bondad de Figueroa, sino de la intensidad de las movilizaciones realizadas por los universitarios en demanda de la presentación de los presos políticos y de la presentación de los desaparecidos…

En eso estaban, cuando paró frente a ellos un automóvil negro, de gran calado, del cual bajó el mayor Arturo Acosta Chaparro, con una pequeña bolsa de la cual asomaba la cacha de una pistola.

–¿Cómo está rector –dijo en tono festivo a Wenceslao. Soy el enviado del señorgobernador a dialogar con ustedes.

Acto seguido, los cuatro personajes ingresaron al zoológico, donde el mayor comenzó una perorata que duró alrededor de una hora. El objetivo era hacer saber a sus interlocutores el alcance de su conocimiento en materia de contrainsurgencia. Habló hasta por los codos…

Transcurrió, con lentitud, el examen de grado. Nadie tocaba el tema a que se había convocado y casi solamente el mayor seguía parloteando.

–Bueno señores, ha sido un placer –dijo dirigiéndose a la salida del establecimiento– espero tener la oportunidad de conversar de nueva cuenta con ustedes.

Ya estaba sobre la banqueta cuando el auto negro reapareció; al subir el mayor, arrancó a toda velocidad.

Los tres universitarios no acababan de sorprenderse cuando una combi blanca, sin placas, hizo alto frente a ellos. Se abrió la puerta lateral y por ella aventaron a cinco personas que cayeron como bultos. Eran los desaparecidos que Figueroa ofreció entregar (entre ellos el estudiante de Medicina Guillermo Juangorena).

Quizá porque iba a actuar frente a intelectuales cuyas habilidades militares eran nulas, o porque su desafiante carácter se lo aconsejó, Acosta Chaparro llevó a cabo la operación a rostro descubierto, dejando ver que sus funciones rebasaban con mucho el modesto puesto que tenía asignado formalmente”.

Recuerda González Ruiz: “Se sabe que Acosta Chaparro operó varias cárceles clandestinas: Una en donde estuvo la estación de bomberos de Acapulco; otra en un hotel que fue de lujo en los años cincuenta, ubicado en plena Costera y la más importante, la base naval de Pie de la Cuesta, de donde salían en el avión Aravat los vuelos de la muerte”. Caso este del que fue acusado por la desaparición y ejecución de 143 ciudadanos guerrerenses, y del cual fue exonerado por un juez militar la semana pasada.

González Ruiz, actualmente profesor-investigador en la UNAM, refiere en plática el siguiente hecho: “La primera vez que hablé con Acosta Chaparro para pedir la liberación de un universitario, el profesor Maclovio Sauto me respondió: ‘¿Es usted Enrique González, un abogado chinito, que tal día llegó a Acapulco procedente de Culiacán en el vuelo tal y que vive en tal domicilio?’. Es decir, el mensaje era que me tenían bien checado y que podía actuar si algo no le parecía. Finalmente Sauto fue presentado vivo”.

Con Acosta Chaparro y el Ejército también se establecieron los retenes militares, donde eran detenidos familiares y simpatizantes de la guerrilla; la estrategia de “aldea arrasada”, con la cual se desapareció a pueblos simpatizantes de los guerrilleros, y se presentaron leyendas además como el Pozo Meléndez, en Taxco, en donde se lanzaba los cuerpos de los ejecutados, y de un cementerio clandestino aledaño a la playa Copacabana, donde se enterraron a ejecutados.

Testimonios de diez militares lo señalan como el responsable directo de al menos 200 ejecuciones y existen denuncias de organizaciones de derechos humanos y familiares de desaparecidos que reportan casos de mil 200 personas. Actualmente está detenido y sentenciado por la justicia militar a 14 años, por su relación con el cártel del narcotráfico que dirigía Amado Carrillo Fuentes, El Señor de los Cielos.

Casos

La detención de Guillermo Juangorena y otros 17 estudiantes ocurrió luego de que en la Preparatoria 7 fue acribillado Obdulio Cevallos, un estudiante a quien se había señalado como un delator coptado por Acosta Chaparro. No obstante, sólo retuvieron a cuatro estudiantes, entre ellos Juangorena, por más de 30 días, en los sótanos de la ex estación de Bomberos de Acapulco, tiempo en el cual fueron torturados y amenazados con ser ejecutados, exigiéndoles que se declararan responsables del crimen.

En ese lapso hubo otras detenciones, entre ellas la un campesino de nombre Eusebio, desaparecido, a cuyo grupo responsabilizaron de la ejecución de Obdulio Cevallos. En su testimonio ante la Comisión Nacional de Derechos Humanos, refiere que la cárcel clandestina era manejada por Acosta Chaparro, y aunque en el tiempo en el cual estuvo secuestrado fue mantenido con los ojos vendados, conoció que éste dirigía las torturas.

Otro de los sobrevivientes de la desaparición y las torturas fue Miguel Flores Leonardo, detenido en junio de 1977 a la edad de 21 años, y quien pertenecía a la Vanguardia Revolucionaria Armada del Pueblo, relacionada con Lucio Cabañas.

En sus testimonios, acusa: “Acosta Chaparro era uno de los que directamente me torturó. Golpes y tortura sicológica. Tenían detenido a un compañero, y ahí llegó la gente de Acosta Chaparro y trajo a su esposa y delante de él la violaron. Dijeron que para que escarmentaran los demás”. Sufrió además simulacros de fusilamiento.

Luego de cuatro meses detenido, aceptó firmar una declaración, para proteger a amigos y familiares en donde aceptó ser guerrillero, y se acogió a una Ley de Amnistía, aunque no fue liberado inmediatamente.

Acosta Chaparro lo retuvo otros dos meses en su oficina, ya dándole de comer, tiempo en el cual le contó la historia de su vida, “a diario va a almorzar conmigo, que fue huérfano, que era tarahumara; me dijo que su madre lo llevó a estudiar becado primero por el gobierno y después por el Ejército, y que se fue a West Point. Toda esa historia me la contó, no sé por qué”, contó Flores Leonardo a la reportera Gloria Leticia Díaz, de Proceso.

Dos de sus familiares, su papá y su hermano están desaparecidos, como otros 600 ciudadanos guerrerenses.

Jorge Luis Blanco Flores, originario del ejido de Cucuyachi, Atoyac, contó en su testimonio a la CNDH que fue detenido en julio de 1972 por el Ejército junto con 22 campesinos, en la comunidad de El Achotal, a la edad de 12 años. El Ejército rodeó el pueblo, despertó a la población en la madrugada y los reunió en la cancha de basquetbol, colocándolos en el paredón.

“Ahí en el paredón cuando nos tenían llegaba otro soldado que también nos pisaba los pies, nos decía que íbamos a ir a San Vicentito de Benítez a platicar con el general Acosta Chaparro…

Amarrados, son sacados el pueblo y llevados al cuartel militar, donde son vendados: “Reconocía a mi hermano por su voz cuando lo empezaron a torturar, gritaba que él no conocía al profesor Lucio Cabañas y tampoco sabía de él: ellos a grito abierto le decían, ‘hijo de tu pinche madre, tú fuiste uno de los que estuviste masacrando a los soldados en Arroyo Oscuro… Ahí también oí a mi tío Andrés Blanco Tacuba. También oí cuando torturaron a mi tío Gonzalo Jaime Blanco… Ahí me tocó escuchar cuando torturaban a una mujer llamada Adela… En las noches pasaban pisándonos los pies, nos decían ‘no duerman, hijos de su piche madre’….Después de varios días me pasaron a llevar: era como una pileta de agua donde me desvistieron. Me metían adentro de la pileta, yo estaba maneado de las manos y vendado de los ojos, entre dos, cuando salía a flote me preguntaban si yo conocía a Lucio Cabañas… Escuchaba los lamentos de cómo tres o cuatro lugares, por todos lados estaban golpeando esa noche… Ahí duré ocho días sin comida… a los ocho días ya no me dieron tortura, me empezaron a dar la mitad de un bolillo y unos frijoles… De ahí cada vez que llegaba el helicóptero los soldados se decían, ‘aguas, llegó Acosta Chaparro y ellos se ponen más enérgicos con nosotros… Este hombre vestido de gris, con insignias en la investidura, que por fin se dio a conocer con nosotros como el general Arturo Acosta Chaparro, diciéndonos que regresáramos a nuestro pueblo a trabajar y que íbamos a estar estrictamente vigilados por el coronel Olvera, que estaba a cargo del cuartel de Atoyac, ‘regresen a sus trabajos y lo siento por sus compañeros porque ellos sí se van a quedar”.

Quedaron 13 detenidos, y permanecen como desaparecidos Julio Fuentes Martínez, Mariana de la Cruz Llanes, Esteban Organista Zamora, Cutberto de la Cruz Ávila y Artemio Chávez Bonilla.

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