Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
* Estridencia estéril
A pesar de ser una de las razones de su desprestigio ciudadano, los protagonistas de la política mexicana se muestran convencidos de que la beligerancia, el desacuerdo permanente, la postura irreconciliable y la descalificacion sistemática, son herramientas muy productivas en el trabajo electoral.
Aun entre compañeros de partido (sobran ejemplos en el PAN, PRI y PRD), el disenso no acepta más tregua que la impuesta por el momento electoral o la conveniencia contextual, a menudo a costa incluso de militancias, filiaciones ideológicas y, por ende, de una elemental ética política.
Esta deformacion contamina por igual a toda la geometría partidista mexicana. Todos, a lo largo de los últimos 50 años, han aprendido el oficio en las aulas del antiguo régimen, en las filas del poder o en las de la oposicion, casi todos han memorizado reglas no escritas y descubierto atajos.
En Guerrero, como en muchas entidades del país, la política se percibe como un deporte de alto riesgo que, en consecuencia, debe practicarse con audacia, rudeza, oportunismo, imaginación, insolencia y escasos escrúpulos.
Esa malicia se ejerce impunemente gracias, sin duda, a que la gran mayoría de los mexicanos no participa ni se manifiesta sobre los asuntos públicos, ni siquiera cuando éstos le afectan o incumben directamente. Y no lo hacen, por su parte, debido al disgusto, temor o desagrado que le producen las escenas habituales de nuestra realidad política actual. “Si la participación social exige seguir esos modelos”, parecen decir muchos ciudadanos, “prefiero la apatía decorosa”.
Todos o casi todos los que hacen política en México saben o al menos sospechan, con fingida resignación (real politik, se defienden los más ilustrados), que no hay batalla que se gane, escalón que se alcance, dinero que se gane, demanda que se atienda ni poder que se conquiste, si no se tiene temple para la amenaza, tosudez para la perseverancia, vocación para el enfrentamiento, simpatía por el estruendo, animo para el riesgo, capacidad para la marrullería y frialdad ante el conflicto.
Los que mejor cumplen ese perfil no son sólo los grupos y líderes que utilizan estrategias permanentes de movilizacion, choque, denuncia y provocación; generalmente los menos favorecidos económicamente y los más manipulados por los cacicazgos políticos de siempre o de reciente creación.
También lo hacen sectores poderosos que, en entornos menos públicos y concurridos, conocen la eficacia de la amenaza y el chantaje cuando se persiguen privilegios cuestionables. No bloquean calles, ni invaden terrenos, ni toman edificios, ni participan en plantones, como aquellos, porque no necesitan de aspavientos para llamar la atención de quienes pueden cumplir sus demandas.
Una queja común entre buena parte de la militancia partidista, principal pero no exclusivamente en la priísta, señala el trato injusto de sus dirigentes que, cuando llegan al poder, privilegian la atención de los belicosos, opositores o aliados, marginando a los que acostumbran el recurso de la lealtad, de la disciplina y de la responsabilidad.
Y no les falta razón, aunque su resentimiento tenga un origen distinto al interés popular, aunque se produzca cuando se frustran sus expectativas de un empleo, de una mejor posición, de un reconocimiento político.
Porque el mensaje (en política la forma es fondo) es claro y grave: si se quiere algo del poder, si se buscan respuestas y atención, si se demandan reclamos legítimos (o no), la espera es siempre larga e incierta para los que siguen los caminos institucionales. En cambio, para los que prefieren la provocación, la estridencia y la lucha en la frontera de la legalidad, las respuestas llegan rápidamente.
Los orígenes de estos vicios, las causas de esta deformación patológica de nuestro sistema político son muchos. Entre los más importantes: mas de setenta años de régimen unipartidista, nuestra inmadurez democrática para debatir con argumentos concretos, demasiadas décadas de silencio ciudadano, la condescendencia con que el poder ha tratado siempre a la sociedad civil y, en consecuencia, el desgaste creciente de nuestras instituciones públicas.
Es lamentable que la ceguera con que se conduce gran parte de nuestra clase política les impida ver lo obvio: los mexicanos hemos madurado y somos más exigentes, mucho más exigentes de lo que éramos décadas atrás; que no es lo mismo permitir ser engañado que creer en la mentira; que nada convence más al electorado, nada garantiza más una carrera política que la eficiencia, la honradez, el trabajo, la franqueza y los buenos resultados.
Los mexicanos estamos listos para la democracia. ¿Estarán pronto nuestros políticos?




