Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Fernando Lasso Echeverría

La erección del estado de Guerrero

La creación de nuestro estado fue una inquietud añeja desde el inicio del movimiento independentista. El sur de la entonces colonia presentaba características geográficas, políticas, militares, demográficas, etnográficas y sociales afines, y una serie de problemas internos comunes, de urgente resolución por medio de su autonomía; el principal de ellos lo representaba la distancia y la deficiente comunicación con las capitales de las intendencias a las que pertenecía y también de la capital colonial, situación que dificultaba notablemente la atención que requería la población,
Fue a José María Morelos y Pavón a quien le tocó concretar esta idea por primera vez, al crear la provincia de Tecpan en octubre de 1811, reconocida oficialmente mediante el decreto constitucional expedido por el Congreso de Apatzingán, el 22 de octubre de 1814, quedando Ignacio Ayala como su primer intendente o gobernante, e Ignacio López Rayón como su comandante general. Esta provincia, que fue creada en tiempos de la guerra de independencia, sólo subsistió durante el lapso en el cual estuvo en funciones el Congreso insurgente. Al morir Morelos y disolverse el Congreso, la provincia de Tecpan desapareció.
Pero el afán de los surianos por tener una entidad geográfica independiente y con gobierno autónomo continuó vigente, y al consumarse la independencia de México, Vicente Guerrero negoció con Agustín de Iturbide la creación de la Capitanía General del Sur, y ésta se formó el 19 de octubre de 1821. Tenía un territorio semejante al de la Provincia de Técpan, y su cabecera política fue la Villa de Chilapa.
Posteriormente, ya en plena época independiente y muerto Vicente Guerrero, Nicolás Bravo gestionó en 1835 para que el Congreso General aprobara la creación del Departamento del Sur, sin embargo, éstas fracasaron y la región continuó formando parte del Departamento de México, con cabecera en Toluca, capital mexiquense designada en 1830, pues originalmente había sido el pueblo de Tlalpan y después Texcoco. Aquí, es de cuestionarse lo siguiente: ¿Por qué, cuando Bravo fue vicepresidente en el gobierno de Guadalupe Victoria o cuando Guerrero llegó a la primera magistratura del país, no intentaron como destacados ex insurgentes surianos el establecimiento formal del Departamento del Sur? No existe respuesta.
Al desintegrarse la primera República Central en 1841, Álvarez –heredero político de Guerrero– y Bravo –oponente político de don Vicente–, olvidando sus diferencias, unificaron esfuerzos, y el 10 de octubre lanzaron un manifiesto en Chilpancingo por el que convocaban a una junta de Notables que debía reunirse en esa población, para redactar el acta de Constitución del Departamento del Sur, que llevaría el nombre de Acapulco y que comprendería las prefecturas de Acapulco, Chilapa, Tlapa y Taxco, la subprefectura de Huetamo y el distrito de Cuernavaca, “si éste, quisiera incorporarse”, decía la propuesta. Con ello se pretendía crear de facto la nueva entidad sin previo consentimiento del gobierno central; no obstante, al restablecerse el gobierno federal con Santa Ana como presidente, éste –quien desconfiaba del ex soldado de José María Morelos y de Vicente Guerrero después– se resiste al proyecto, y el Congreso desaprueba la creación de la nueva entidad. Uno de los personajes que más se opuso a esta intención fue el coronel Florencio Villarreal, quien había sido enemigo acérrimo de Vicente Guerrero y –con la absoluta confianza de Santa Ana– fungía como comandante militar de la Costa Chica, con cabecera en Ometepec, zona que alcanzaba hasta San Marcos y Acapulco. Villarreal argumentaba que la creación del departamento era ilegal, pero la realidad era que la formación de esta nueva entidad federativa y la instalación de un gobernante le restarían poder.
No obstante, Álvarez, con el grado de general de división participó en la defensa de la ciudad de México contra la invasión norteamericana de 1846-1848, y concluida la guerra y con el país disminuido a la mitad volvió hacia su proyecto prioritario, la erección del nuevo estado del sur, cumpliéndose por fin sus esfuerzos de tanto tiempo en octubre de 1849, cuando el Ejecutivo Federal encabezado por el veracruzano José Joaquín de Herrera –mediante el decreto del 27 de octubre del año mencionado– logró que el Congreso Nacional aprobara la creación del estado de Guerrero. En dicho decreto se ordenó nombrar a un gobernador provisional y, en cumplimiento de ese mandato, el Congreso de la Unión designó a don Juan Álvarez para este cargo, convirtiendo a la ciudad de Iguala en capital provisional de la nueva entidad federativa.
Los guerrerenses, hemos agradecido hasta la fecha el fallo del mandatario De Herrera. No obstante, en este punto vale la pena hacer las siguientes consideraciones: ¿Qué o quienes influyeron en don José Joaquín para que éste tomara esta decisión?… que obviamente lo conflictuaba con los gobiernos y habitantes de las entidades federativas –México, Puebla, y Michoacán– que iban a ceder tierras para tal efecto; en el caso de los ciudadanos que residían en ellas, éstos se oponían porque les incomodaba emigrar, situación que afectaba sus intereses, o bien porque perdían su origen natural e iniciaban una nueva vida con ciertas incertidumbres si se quedaban en el nuevo estado; en esa época se vivían momentos en los cuales la República estaba pasando por múltiples y difíciles crisis políticas y económicas, que preocupaban y ocupaban a De Herrera; una de las más notables era el riesgo de que el país se fraccionara en varias naciones, pues ya varios estados lo habían intentado desde que México se independizó de España, y quizá la espinosa decisión de fraccionar aún más la Nación disminuía este peligro.
Si bien la erección de una entidad federativa sureña era un viejo anhelo de los habitantes de estas tierras encabezados por personajes notables, como Juan Álvarez y Nicolás Bravo, el proyecto de la erección de este estado no había progresado, fundamentalmente por razones políticas, argumentándose que el sur carecía de hombres para llenar los cargos públicos, y que por otro lado, esta región no tenía los recursos necesarios para sostenerse; sin embargo, también era cierto que el tamaño del estado de México –que en aquella época tenía costa y que prácticamente rodeaba a la vieja y colonial ciudad de México, abarcando los territorios de lo que son ahora Guerrero, Hidalgo, Morelos y parte de Tlaxcala– preocupaba a los gobiernos nacionales, que veían a los gobernadores de esta entidad con celo y desconfianza por los recursos materiales que tenía su entidad y el gran número de habitantes que en ella vivía, hechos que los convertían en gobernantes muy poderosos.
En principio, esto hacía atractivo para los gobiernos centralistas o federalistas que hubo en ese periodo de la historia de nuestro país disminuir la extensión geográfica del estado de México formando otras entidades federativas, sin embargo, los antecedentes históricos del sur los atemorizaban; por otro lado, es conveniente recordar también que la nueva petición de Álvarez de nombrar Guerrero al nuevo estado no era bien vista por muchos malquerientes que había dejado don Vicente, y que estaban enquistados en el poder en esa época; entre ellos, lamentablemente, se encontraba el propio Nicolás Bravo; por otro lado, es dudoso que el presidente De Herrera –que fue un militar realista que luchó contra los insurgentes durante toda la guerra independentista de 1810 a 1820, y posteriormente gobernó el país independiente en tres ocasiones como interino– hubiese tenido un interés personal para erigir nuestra entidad, y menos para ponerle el apellido del insurgente suriano; entonces, ¿donde estuvo la razón de este asunto? ¿Estamos siendo injustos históricamente con personajes que intervinieron en forma decisiva para la formación del estado de Guerrero? …Seguramente.
Debemos recordar que don Mariano Riva Palacio, el yerno de Vicente Guerrero, era un destacado político en esos tiempos, y que parte del último periodo gubernamental de José Joaquín fue ministro de Hacienda, y es este personaje –que salió del ministerio mencionado para ir a gobernar el estado de México del 31 de agosto de 1849 al 2 de mayo de 1852– quién indudablemente, no sólo consiguió que don Joaquín decretara la erección de nuestra entidad a través de su trato personal con el presidente De Herrera, sino que también como gobernador –no mexiquense de origen, por cierto– facilitó la cesión de parte de Departamento de México, para la formación geográfica de la nueva entidad federativa, a pesar de que éste ya había sido mutilado en varias ocasiones, en beneficio de la capital de la República.
Es muy probable –y lógico– que el caudillo suriano, don Juan Álvarez, viendo la situación favorable para ello –por la situación social de Dolores Guerrero– además de manifestar en ese momento su añeja pretensión a los poderes nacionales, haya mantenido comunicación personal y epistolar con la hija de don Vicente y esposa de Riva Palacio, para que ésta influyera en don Mariano su esposo, con la finalidad de que él, a su vez, convenciera a don José Joaquín para que se decretara la formación del estado y se le pusiera merecidamente el apellido de su suegro: Guerrero, ya no Acapulco como había sido la intención inicial.
En estas gestiones para crear nuestra entidad con el apellido del guerrillero suriano, seguramente ya no intervino Nicolás Bravo por su eterna antipatía política con don Vicente, y de quien se dice que festejó el asesinato de éste con una fiesta, cuando el reprobable acto fue hecho de su conocimiento. Don Nicolás, el militar que fue capaz de perdonarle la vida a 300 prisioneros realistas, a pesar de que su padre don Leonardo, poco antes, había sido muerto en forma inmisericorde por medio del garrote vil al caer prisionero de las fuerzas virreinales, jamás condescendió con Guerrero porque nunca le importó hacerlo, ya que la imagen y popularidad de don Vicente le estorbaban políticamente; don Nicolás, el rico hacendado de nacimiento, el hombre conservador y partidario del centralismo, el hombre que se casó con la hija de Joaquín de Guevara –rico terrateniente local y comandante realista de la plaza de Tixtla–, el suriano que alcanzó la vicepresidencia de México en el primer gobierno republicano que suplió al imperio de Iturbide no pudo perdonarle nunca a don Vicente la derrota militar que éste le propinó en Tulancingo, a finales de 1827, cuando –buscando el poder total– se reveló contra Guadalupe Victoria, no obstante que Guerrero le condonó la muerte después de derrotarlo y tomarlo prisionero. Finalmente, Bravo fue exiliado del país con sus principales cómplices, y estos eventos fueron una humillación que don Nicolás jamás pudo superar.
Todo lo anterior, más sus diferencias ideológicas provocadas en gran parte por sus distintos orígenes sociales y de formación, provocó también que, posteriormente don Nicolás Bravo luchara a favor del general y médico ex realista Anastasio Bustamante, cuando éste –por medio del golpe armado urdido en el Plan de Jalapa– depuso al presidente Vicente Guerrero y se posesionó de la presidencia. Varios autores afirman que el general Bravo –en ese momento, comandante general de las fuerzas militares del Sur, con sede en Chilpancingo, que peleaban con la fuerzas rebeldes de Guerrero– participó de alguna manera en el complot para tomar prisionero –mediante el marino genovés Picaluga– y exiliar o matar a Guerrero, fraguado por Bustamante el presidente golpista con la íntima colaboración del español José Antonio Facio, su ministro de Guerra que llegó a México en 1823, ya consumada la independencia; de José Ignacio Espinosa, su ministro de Justicia y Negocios Eclesiásticos, y del guanajuatense Lucas Alamán, su inteligente y ultraconservador ministro de Relaciones Exteriores, enemigo sempiterno de la independencia americana y del sistema de gobierno republicano, y que en realidad, era el “rey detrás del trono” de Bustamante. Estos cuatro personajes decidieron y ordenaron la muerte de Guerrero en una junta que tuvieron para decidir el destino del presidente depuesto ya prisionero, hecho del cual se deslindó siempre Alamán mientras vivió, afirmando que él se pronunció por el exilio –no por la muerte– del prisionero, pero nunca se le creyó.
El nuevo estado de Guerrero nació –por medio del decreto presidencial del 27 de octubre de 1849– en medio de una aguda pobreza y marginación que persiste hasta la fecha y mantiene inconforme a su población; el territorio correspondiente a la nueva entidad federativa no tenía en aquel entonces sus límites territoriales bien delimitados con los estados contiguos, situación que provocó graves conflictos poblacionales entre municipios colindantes durante muchas décadas; Guerrero carecía de todo en ese entonces; con excepción de Taxco, Tixtla y Chilapa, no existían poblaciones grandes, pues las mayores que había –que no eran muchas– eran pequeños asentamientos poblacionales de menos de mil habitantes, situación en la que estaban Acapulco, Chilpancingo e Iguala; por lo anterior, no existía infraestructura alguna en el terreno abrupto y aislado de las grandes urbes de la ex colonia que lo conformaba. Hasta la fecha, los guerrerenses seguimos esperando de la federación que pague ya todas las deudas sociales que tiene con la población de nuestro Estado.

* Presidente de Guerrero Cul-tural Siglo XXI.

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