Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
* Por una agenda común
Me quedan clarísimas las diferencias, reyertas, discrepancias, desavenencias y muinas entre los candidatos a la Presidencia, particularmente los tres principales. Ya entendí que cada uno representa y propone grupos y proyectos opuestos y distintos; ya comprendí que son prácticamente enemigos irreconciliables de una guerra sin cuartel.
Aunque no me asusto, incomodo, acongojo ni sorprendo, que todo eso es normal, saludable y hasta necesario en cualquier sistema que se ostente como democrático.
Los que no me quedan claros son sus objetivos comunes, acuerdos y consensos (si es que existen), ni entiendo o comprendo la utilidad o pertinencia sociales de la intensa animosidad de sus controversias.
Según los teóricos, la política puede definirse como “una manera de ejercer el poder con la intención de resolver o minimizar el choque entre los intereses encontrados que se producen dentro de una sociedad, y proponer y convocar a objetivos colectivos”.
Según dicen la candidata y los candidatos, son guerreros incansables, comprometidos y dispuestos al trabajo y sacrificio por el interés de la patria y el bienestar de la mayoría; todos aseguran amar a México y su pueblo, prometen cambiar el futuro para bien, responsable, verdadero o diferente, y llaman a la unidad de los mexicanos.
Por eso me pregunto, ¿por qué no se pueden poner de acuerdo en nada, o casi nada, que tenga que ver con causas comunes? Por eso les pregunto, ¿cómo pretenden gobernar resolviendo o minimizando el choque entre los intereses encontrados de la sociedad, y proponer y convocar a objetivos colectivos, si ni siquiera pueden resolver ni minimizar el choque de sus propios intereses?
¿Debo pensar –sigo preguntando– que todos se asumen detentores exclusivos de la razón, que todos se creen propietarios monopólicos de la verdad y la moral, y que el futuro venturoso de todos los mexicanos depende de la victoria de uno y la derrota de los otros?
Si es así, entonces la política y los políticos en este país no nos sirven de nada, pues ni resuelven, ni minimizan nada, ni proponen ni convocan a nada colectivo.
Si es así, la candidata y los candidatos pecan de soberbios y vanidosos, pues ninguno ha sido capaz de convencer a la mayoría de los electores de que su razón es la razón, de que su verdad es la verdad, y de que el futuro venturoso depende de uno solo. Si es así, todos dividen y enfrentan a los mexicanos, creyendo que esa es la verdadera lucha por el futuro de México.
Debe serlo un poco al menos, pues mordiéndose la lengua, Peña Nieto y López Obrador reconocieron el peligro de la polarización de sus campañas: el primero llamó a no propiciar “odios y diferencias y enconos entre la sociedad mexicana”; el segundo, dijo que “no hay que ver a priistas y panistas como enemigos”.
Pero la retórica no basta para reparar agravios, reconciliar diferencias ni cerrar abismos. Es necesario que los candidatos y la candidata tengan verdadera voluntad y capacidad políticas para demostrar que nuestros problemas más graves sólo se podrán resolver con acuerdos colectivos y objetivos comunes.
“Ningún candidato garantiza gobernabilidad”, dijo el poeta Javier Sicilia, y dijo bien.
Al concluir la inauguración de la primera Cumbre Ciudadana para construir un México Pacífico, el líder del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad dijo que “deberíamos buscar entre todos una agenda común, un candidato moral de unidad, que permita construir una agenda de paz y poder hacer justicia. Tendríamos que buscar entre todos a una persona moral, con una agenda común para salvar la democracia. Pero parece que todo se ha reducido al voto, al cheque en blanco”.




