Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

Ilusos de nosotros (por no decir la palabra que el lector tiene en mente). Llegamos a pensar que la señora alcaldesa de Acapulco (aquí el nombre) asumiría la defensa de la bahía amenazada por la API con una nueva tapia de concreto. ¿API? (Acapulqueños: Pobres Imbéciles)

Sastres de Acapulco

Los sastres de Acapulco tuvieron un momento consagratorio cuando su ropa gozó de merecida fama en buena parte del mundo, elogiada por su corte, hechura y acabados perfectos. Nada de métele aquí o sácale de acá, la prenda entallaba. Sastres que dieron lustre a las etiquetas de sus empleadores y por tanto sus nombres quedaron en el anonimato.
Pantalones hechos en Acapulco, principalmente, colgaron de los clósets de figuras mundiales del arte, el espectáculo, los negocios e incluso la nobleza. Fueron sastres acapulqueños quienes cosieron pantalones a actores jolibudenses como Johnny Weismuller, Tyrone Power, Fred McMurray, John Wayne, Red Skelton, Orson Welles y Richard Widmark. Propietarios todos ellos del hotel Flamingos, que habitaron largas temporadas. Más adelante, Hilario Martínez, El Perro Largo, llevará con su sastre del barrio de La Playa al príncipe Bernardo de Holanda, quien se quejará de la ropa guanga de los sastres de la corte. Fue un boom impresionante pero desgraciadamente muy breve.
Al servicio de las grandes tiendas de moda tropical, los sastres acapulqueños produjeron miles y miles de piezas no siempre bien remunerados. Vendrá enseguida la producción industrial que dejará a tales oficiantes fuera del mercado, sólo con la clientela habitual.
Mucho antes, allá por los años 20, unos cuantos sastres permitieron a los acapulqueños vestir bien y a la medida. Aquí mismo ya se dijo que buena parte de la población vestía únicamente pantalón recortado (llamados más tarde shorts), mientras que los niños e incluso jóvenes no usaban ropa. chirundos, pues, como dicen en la Costa Chica.
Don Carlos E. Adame, el primer cronista de Acapulco con nombramiento oficial, recuerda a varios sastres de aquellos años traviesos. Habla de don Gregorio Balboa a quien describe como un hombre alto, ascético, de bigote poblado, vistiendo pantalones rectos camisas de seda y sombrero de carrete. Otro era Cándido Apac, de la estirpe pionera de los clavados de La Quebrada, quien además de sastre organizaba las danzas tradicionales de Los Moros y Los Doce Pares de Francia.

Carlo Magno

Esta última, según explicación del cronista de Ometepec, Jaime López, es un poema épico de 1525 que narra las grandes epopeyas del emperador Carlo Magno conocido también como El Cantar de Roldán. Fue traído a América para reforzar la conquista espiritual y es por ello que los católicos aparecen como invencibles, dándole a moros y sarracenos hasta por debajo de la lengua. Sin embargo, una cuarteta popular lo desmentía.

Vinieron los sarracenos
y nos molieron a palos,
que Dios ayuda a los malos
cuando son más que los buenos
(No deja de sorprender el manejo fluido de farragosos parlamentos por parte de sus 24 personajes –tres únicas mujeres–, por parte de gente muy sencilla y a veces sin alfabeto. Personajes de cinco siglos que hoy mismo resultan familiares y entusiasman a niños de amplias regiones rurales de México. Ahí están Carlos Martel, Rolando, Oliveros y Turpin, por el lado de los buenos, y por el de los malosos el rey Clarión, la bella Florípes y Fierabrás de Alejandría. Parodiados muchos de ellos en una historieta mexicana titulada Rolando el Rabioso, de Gaspar Bolaños Villaseñor, con vigencia de casi 40 años a partir de 1939. Rolando –definía el autor–, resulta entrañable no por valiente y heroico sino por ingenuo, berrinchudo y atropellado. Por su parte, su escudero Pitoloco es rejego pero fiel y prudente hasta la ignominia).

Alcaldes sastres

Don Heriberto Tapia otro sastre muy popular en el puerto, alternó en dos ocasiones la máquina Singer con la presidencia municipal de Acapulco. En 1924 sustituyó al defenestrado alcalde Tomás Véjar y Ángeles y en 1926 hará lo mismo con Miguel P. Barrera, sastre como él y militante del partido de Juan R. Escudero. Fue don Heriberto padre del popular Lito Tapia, también sastre, cuya casa de adobe se conserva en Roberto Posada como en sus mejores tiempos. Don Miguel, por su parte, vivió en el barrio del Teconche y nunca aceptó ponerle cierre metálico a los pantalones. No quiero ser culpable –se disculpaba–, de que los caballeros se agarren “su cosita”.
(¿Tomás Véjar, alcalde?. Lo será no obstante su origen sinaloense. Recién llegado obtiene el contrato para edificar un nuevo kiosko en el jardín Alvarez –de hierro y madera–, en sustitución del existente en mal estado. Ofrece construirlo con recursos propios a cambio de una concesión por 12 años. Aceptada su exigencia, explota la planta baja con una cantina y expendios de licores finos, helados, refrescos, tabacos, cocos y curiosidades. La planta alta queda reservada para las audiciones musicales de la orquesta municipal y de las visitantes bandas militares de los buques estadunidenses. En 1939, el alcalde Efrén Villalvazo Alarcón construye un nuevo kiosko (con ortografía de la época) y los acapulqueños le aplauden.

Pepe y Rosa

Otro sastre en la política pero de los años 80-90 fue Francisco Gámez, propietario de la sastrería México, en el centro citadino, especializada en uniformes escolares y militares. Confeccionó primero las camisolas blancas con manga larga del alcalde de Acapulco Israel Hernández Ramos y más tarde las beiges manga corta del gobernador Francisco Ruiz Massieu (los guaruras adoptarán la prenda como uniforme, usando las cuatro bolsas para llevar desde pistolas y balas hasta tamales y elotes hervidos). No obstante su origen hispano, con participación destacada en la Guerra Civil de su patria, el señor Gámez ocupó una regiduría en el cabildo acapulqueño. Hilaba fino, pues.
– Muy bonita y elegante su camisola, señor alcalde. Le ruego, por favor, me haga llegar más tarde la dirección de su sastre. El elogio y solicitud es del presidente José López Portillo para primer edil Hernández Ramos.
–Es de aquí mismo, señor presidente, con mucho gusto le daré noticias de él.
Una semana más tarde, un emisario del alcalde acapulqueño llega a la puerta de la residencia presidencial de Los Pinos y provoca una trifulca por el paquete hermético que porta. Los rayos X revelan el contenido inocuo de seis camisolas de algodón y hasta entonces podrán colgar en el clóset presidencial. Camisas confeccionadas por el señor Gámez, por supuesto, y que luego el mandatario lucirá en los lugares propicios. (Las medidas del galano presidente las habrá facilitado la secretaria de Turismo, Rosa Luz Alegría –¡Con estas son suficientes, señora! –atajará el sastre a la bella dama).

La aguja

Aurelio Meneses, propietario de la sastrería y peluquería México, en Independencia número 5, recordaba sus primeras prácticas en la máquina Singer. Fueron sin aguja porque, como decía su maestro, los movimientos de ésta son rápidos e imperceptibles. Sucederá que el mismo que la coloca le perfora un dedo con sangrado copioso y dolor intenso. Lo soportará mientras que el instructor desarme esa parte de la máquina y pueda sacar el dedo gordo agujerado. Según él, mentirá el sastre que diga que nunca pasó por un trance similar.

Sastrería Tijuana

La sastrería Tijuana en la calle Valdez Arévalo, frente a la Arena Coliseo, fue abierta hace por lo menos 50 años y por ella han pasado maestros como Mario Ramírez Trejo, Juan Villalobos Jesús Villa Torres y el actual propietario don José Gama Torres. Este la bautiza con el sencillo nombre de Toño, hará cosa de 25 años. Algunos de sus clientes: el ex alcalde almirante Alfonso Argudín Alcaraz, el cantautor Roberto Cantoral y el buzo Alfonso Arnold. Hoy mismo, el doctor Rafael Aguirre Rivero.
El maestro Gama recuerda con orgullo que en esa sastrería laboró un magnífico pantalonero llamado Walter Torres, su pariente, quien cambiará la Singer por las congas y el micrófono. Saltará de ahí mismo a la fama como director-cantante del famoso conjunto Acapulco Tropical. Un grupo acapulqueño de los años 70 menospreciado por musicólogos pero con miríadas de discos vendidos. Hoy mismo hace bailar con el Cangrejito playero a centenares de leales fans. No falta en la sastrería una gran foto de Walter con el hermano Jesús. ¡ Qué bien que toca…!
Tin Tan

El maestro Pepe Yáñez, de la colonia Progreso, ya retirado, adquirió celebridad entre sus pares porque le confeccionaba ropa a Germán Valdez, Tin Tan. (“Era él quien pedía los pantalones guangotes”, se defiende). Por cierto, el cómico tenía una residencia en la calle Tlaxcala, al fondo de la glorieta de Niños Héroes, vecino del restaurante Sevavep de Ramiro Reyna. Sitio este donde el escribano tuvo el placer inmenso de conocer al maestro Álvaro Carrillo, haciéndole segunda voz cuando cantó Luz de Luna (en silencio, por supuesto). Misma glorieta donde una abuela y su cuarto compañero sentimental, don Beto, vendieron primero nieve y más tarde tepache. La abuela aguerrida del lector confeso Norberto López Pacheco. Saludos LP.
El sastre Ismael Gómez nos saca de un error craso: el creer en la suprema vigencia de la máquina Singer.
–¡Uta, no, que va!: hoy las que rifan para trabajo pesado son las marcas Brother, Yamato, Alfa y Fomax, entre otras. La Singer es para las abuelitas.

Más sastres

Alguien nos recuerdan a don Jorge Prado, cortador de su propia sastrería y con quien acostumbrábamos tomar café turco con don Pedro Kuri, en el mostrador de Driles y Casimires. Asegura el sastre Francisco Zambrano que sólo con don Pedro se encontraban las mejores marcas de casimires, además de todos los implementos para la sastrería.
Jesús Chucho Donjuan fue otro buen sastre acapulqueño que supo alternar la máquina de coser con el saxofón. Lo tocó en la orquesta Minerva de don Beto Escobar, grupo que lo mismo tocaba en bailes y serenatas dominicales que acompañaba sepelios; que era banda militar en desfiles y banda taurina en las corridas de toros. Chucho fue papá de la amigaza Normeli Donjuan Velarde.
Epifanio Lino Mateo, propietario de Confecciones Lino, le cosía a las mejores tiendas de ropa del puerto. Lo recuerda su colega Pedro Zapata, todavía pedaleando con energía en la sastrería Dos Hermanos.
Otros vagos recuerdos fueron para Julio La Rana y el señor Roldán, ambos con fama de excelentes “saqueros”. Para Emilio, que tuvo la factoría Emil y también para Benny Garza, cuya tienda de ropa estuvo en los bajos del Oviedo. Faltan muchísimos
Hay un diagnóstico dramático: “esto ya no tiene futuro. Cuando se muera el último sastre de Acapulco (¡toco madera!), no habrá quien lo releve porque no es un oficio atractivo para los jóvenes. Incluso los hijos lo rechazan. Muy pronto nadie querrá pagar los 150 o 200 pesos nomás por la hechura de un pantalón, pudiendo encontrarlo en los montones de 50 pesos la pieza. Claro que sólo duran unas tres puestas, pero así somos de pendejos los acapulqueños. Y por favor no vaya a sacar mi nombre, ¿eh?”

Final

A propósito, un lector sugiere que algo debe hacerse para rescatar del olvido a estos y otros valores acapulqueños, todos importantes en la construcción de lo que hoy es la Ciudad y Puerto.¡Órale, pues!

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