José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Un relato “costumbrista”
El Rólex
Su ojo era un borbotón de sangre y me asusté: con el escándalo que armó con sus gritos la gente se había acercado al baño y tiré el tubo, todavía le arranqué el reloj de la muñeca y salí corriendo entre bañistas y vendedores. Atravesé por Mariscos Cheto, del otro lado de la Costera dije este arroz ya se coció y jalé para la madriguera de Jacinto.
Saqué los setenta dólares de la cartera y la tiré en la barranca.
Jacinto no estaba, pero uno de los chavos que habían quedado de guardia me conoce como el primo del Jas y me dejó entrar. El caserón queda al fondo de un patio enorme y estaba solo. No había tragado más que un atún enlatado y tenía mucho sueño, pero no dejaba de pensar en el güerito enjabonado y sangriento, en que si lo maté del tubazo o quedó para contarlo, y en cuánto valdría el jodido reloj. Un Rolex. De oro, con diamantes en el horario. A ver cuánto me daba Jacinto por él.
Se hizo de noche y si quieres prende la luz, me dijo el guardia, y le dije que así estaba bien. Al menos mi corazón ya no latía tan fuerte.
Soñé que cambiaba el Rolex por una casa. Ya vivía a todo dar con mi mamá y mis hermanos, cuando el güero se me aparecía con la cabeza vendada y un ojo cibernético. Con él venía el cobrador de los baños. Le estaba vendiendo un Esto, como lo hice desde chavito, durante dos o tres años, cuando oí ruidos de carros y voces: la luz traspasó mis párpados y una patada en las nalgas me acabó de despertar.
–Órale cabrón, ¡levántate, hijo de la chingada!…
Me paré como rayo. Era Jacinto. Encabronado, pa’ variar. Sudaba como si viniera de un maratón. En la mesa había dejado la pistola, los cartuchos y el chaleco. Fue compañero de escuela de mi jefa y, como la quiere y la respeta tanto, dice que estoy muy tierno y no quiere que me venga aunque sea a ayudarle a cargar los cartuchos. Mi mamá también le tiene mucha estima pero se enoja cuando le digo que me quiero ir a foguear con él. Le iba a enseñar el Rólex cuando uno de sus segundos entró a pasos largos y le dijo algo al oído. Avísale al licenciado que todo salió bien pero que tenemos un problema en el eme pe, dijo Jacinto, y el segundo salió tan rápido como entró.
–¿Sabes qué, primo? –me dijo–. Orita vengo muy cansado de una operación y no tengo ganas de platicar contigo. Además, tu jefa te quiere un chingo y ahorita te está necesitando. Así que ahorita mismo te vas pa’ tu casa y otro día platicamos.
Me latió horrible, cuando gritó ¡órale, cabrón!, yo mismo sentí que mi jefa estaba en peligro, y salí corriendo. Ya ni el reloj saqué.
Se me ocurrió mientras subía por la barranca: a mi mamá le había vuelto a dar el hipo o le había bajado la presión. Arriba pensé: Fidel. Regresó Fidel. Y le acaba de pegar a mi mamá.
Llevábamos más de ocho meses sin saber nada del bolsón, y aunque a veces no teníamos ni pa’ tragar, mi mamá extrañaba sus chingas. La noche que se emborrachó sola con la botella de mezcal que mi hermano Gil olvidó bajó su cama, hasta lloró por él. Acaban de traer a Fidel muerto, pensé. Estaba tendido en la casa, con los párpados encerados y la sonrisa chueca de cuando se empedaba. Mi mamá llora como si se hubiera acabado el mundo, se quiere abrazar al cajón pero no la dejan tres o cuatro señoras con rebozos o velos negros.
Los perros vecinos ladraron y mi mamá salió, y lo primero que vi fue el moretón cerca de su oreja. Tras ella apareció Fidel. Como si no hubiera pasado casi de un año sin que supiéramos de él, nomás me vio y me dijo órale pinche güevón apúrate que tu madre no puede abrir sola las latas de sardina que traje y yo necesito una botella de Presidente y dos Cocas de a litro.
En lo que se paró y fue al baño esculqué la camisa que colgó en la silla, y encontré las tiras de pastas aboladas. Fidel les agarró cariño desde que trabajó de velador en una bodega de refrescos.
¿Se puede saber dónde andabas? Preguntó, de regreso. Ya me contó tu madre tus chingaderas y también sobre esos pendejos vaguitos con que te juntas. ¡Con éste ya van dos años que no quieres regresar a la escuela, pos de qué vives!, ¡dónde duermes, culero!…
Bajaba la cabeza, no podía verlo.
Dice tu madre que hace meses que no trais un centavo. Cómo está eso.
Desde la cocina mi jefa dijo él no, Fidel, él todavía llega a dormir y casi siempre trae algo… El que nomás viene aquí a chupar con sus amigos es Gil, ¡ése es el que tiene su buen trabajo y no quiere ayudarme con nada!…
¿Con qué cara nos podía jalar las orejas, a mí o a Gil, el burronote? Mi mamá iba a decirle te vas casi un año y ya no digamos dinero porque eso ni cuando estás aquí y por eso cuando no mesereo le ayudo a doña Bochita o le hago como puedo, sino ni una noticia tuya, si encontraste trabajo o estabas en la cárcel o te fuiste vivir con otra más pendeja que yo o te moriste o qué, pero se quedó callada, oyendo los chismes del mantenido. Y usté dónde estaba, dije yo, por decir algo.
¡Y se emputó el güevón!, se limpió el Presidente de la boca y me quiso hipnotizar: ¿tú también?… ¿Tú también, pendejito, tú también?, y me acordé de los antenazos que me acomodó en la espalda a los tres días de que se volvió a juntar con mi mamá y en los cintarazos que me aplicaba si le rezongaba o me tardaba con el mandado, y que me digo: si se para lo chingo, verdá de Dios que si se para y me quiere pegar ya no voy a dejarme, con la plancha que asoma entre la ropa rociada sobre una de las sillas, si me vuelve a pegar a mí o a mi mamá, verdá de Dios que lo chingo.
Pero no se paró. Agarró un bolillo con sardina y le echó salsa Búfalo como si hiciera ejercicios de respiración y me tuviera un friego de paciencia… Traía un hambre de perro, y mientras se atragantaba de sardinas subía y bajaba la cabeza y me echaba unos ojos de ahorita estoy cansado pero síguele así, pendejito… síguele así.
Se echó un trago y le dijo a mi jefa ahorita vengo, Dominga, voy a ver qué hay de nuevo en este pinche pueblo bicicletero, y pues dónde estuviste, pensé yo, si tus botas y hasta los pantalones que traes son los mismos de cuando te largaste…
Para él, soy hijo de cualquier cabrón. Una noche le pegó un manazo a mi jefa delante de mí y yo disque quise defenderla con un palo de trapeador. De la paliza que me dio me enchuecó el codo. Esa vez desapareció cinco días y al sexto llegó con un billete y se cogió a mi jefa, y todos en paz. A ella le daba sus pelas seguido, casi siempre que, borracho, se cruzaba con pastas. Que porque eres una pinche vieja descarada, ora que íbamos bajando qué le viste a ese güey, que me lleva la chingada ya sabes que no me gusta que te pintes así ni que te pongas esos vestidos de puta. Como si mi jefa todavía tuviera edad y no padeciera tantas enfermedades juntas.
Un día de su santo le fracturó la clavícula y le abrió cuatro centímetros de ceja a mi hermano Víctor, el mayor, y éste se largó, se pasó de mojado al otro lado y primero mandaba dólares, pero se enteró de que éstos se los chupaba el viejo buche y es hora que no sabemos nada de él… Al otro día de sus desfiguros, Fidel casi no podía hablar. Mi mamá le llevaba un trago de fuerte, ella se empinaba otro y le decía ¿te acuerdas de las pendejadas que dijiste ayer?, y el coyote lagañoso sacudía y sacudía la cabeza, y cuando se detenía arrugaba toda la cara, lloraba y soy un pendejo, verdá de Dios que esto ya no vuelve a pasar, Dominga, no sé qué me pasó pero te juro que esto no vuelve a pasar.
Fidel volvió de su paseo con su compadre Chucho y otro señor que no conocía. A ver, Dominga, manda a este chamaco al tendajón, dale para unos cigarros, otro pomo, Cocas y Tehuacanes, hace meses que no veo a mi compadre y al buen amigo que lo acompaña. Regresé del mandado y me fui para el cuarto.
Entre la música y el relajo, oí que mi mamá brindaba por el gusto de que al menos ya sé que estás con vida, sano ¡y chupando, maldito!… ¿Verdá compadrito que este cabrón embustero es a toda madre?
Adentro, acostado, saco el Rólex; mientras me lo pongo en la muñeca, hago cálculos.
–Cabrón desconsiderado –grita de pronto mi mamá-, como si yo todavía tuviera tiempo de andar de puta con la ropa que tengo que lavar y planchar, todo el día jodiéndome el lomo, desgraciado, y el compadre Chucho y el otro amigo decían ya, Dominga, comadre, estamos aquí pa’ convivir, no hay que pelear.
Anda de puta, compadre.
Puta tu madre, desgraciado.
¿Qué dices, qué cosa estás diciendo, pedazo de pendeja?
¡Crees que no sé que tu madre sí era del jalón!… ¡Le decían La Cotorra, como a ti, ella te heredó el apodo, hijo de la chingada!…
Chirrió una silla, luego el chirriar de muchas, la quebrazón de botellas y ¡Fidel!, grité, como si despertara de un sueño, y brinqué del catre y asomé la cabeza entre las cortinas, y sigo con la boca abierta: la casa estaba llena de señoras vestidas de negro y olía a humo y alcohol. Mi mamá seguía pegada a la grabadora, como si siguiera escuchando a Los Fredys y a sus espaldas no hubiera un ataúd rodeado de flores, veladoras y cirios encendidos. Las mujeres me clavan su mirada, estoy desnudo, pero no tengo tiempo de taparme, una de las señoras se sacude el rebozo y cuando, en un instante que dura siglos, me fijo bien, resulta que la señora es el cobrador de los baños, al que le vendía el Esto. Sobre su hombro fue apareciendo el güero del reloj con un parche negro en el ojo.
Brinqué para la cocina y de ahí salí corriendo al patio. En la carrera atropellé a unas vecinas que echaron al suelo los tambos de gas y éstos empezaron a rechiflar. Por cortarme la vuelta, las señoras de negro se embotellaron en la puerta principal, no sin antes volcar el ataúd, floreros y cirios.
Calle abajo, la explosión alcanzó a chamuscarme las patas.
Me traje las tiras de pastas del carcamán y en el camino me conseguí una Caguama.
En la oscuridad, los diamantes marcan las horas.
–Si quieres, prende la luz –me dice el chavo que cuida la casa, pero le digo no, así está bien; que la prenda Jacinto, cuando llegue.




