Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Silvestre Pacheco León

El pasante

(Onceava parte)

Mi voto porque los padres de los estudiantes desaparecidos encuentren apoyo en su peregrinar por el país, para juntar el dolor de la injusticia y el olvido, en una fuerza capaz de construir la alternativa a la inseguridad, la desigualdad y la violencia.

El empedrado de calles

Los trabajos colectivos que la comunidad de Quechultenango realizaba para la construcción de obras de beneficio común eran vistos por los caciques como acciones conspirativas que cuestionaban el statu quo en el que ellos eran los privilegiados, por eso en el trance del trabajo comunitario era donde la confrontación afloraba.
Eso sucedió cuando la asamblea comunitaria acordó emprender el gran proyecto de empedrar la calles del pueblo para acabar con el problema de los charcos que se convertían en bañaderos de cerdos y en tolvaneras que invadía los hogares.
El impresionante trabajo de empedrar las calles fue un trabajo titánico que se realizó en un solo año y fue, en palabras de algunos visitantes distinguidos, como el niño de escuela con la cara lavada del sudor y la mugre.
Quechultenango lucía un rostro nuevo y aparecía pintoresco con sus calles empedradas y sus casas pintadas, emergía en la cañada como ejemplo de lo que otros podían hacer y presumir.
Parecía que nada más faltaba por hacer, con sus escuelas pletóricas de estudiantes, sus campos trabajados, la gente sana y bien alimentada, su plaza reluciente.
El empedrado de sus calles fue también un proyecto generoso porque, contrario al uso del pavimento, éste permitía la infiltración de la lluvia para humedecer el suelo que mantiene vivos los árboles y plantas, sirviendo con eficacia para poner la mazorca y las semillas de calabaza al sol, y a veces hasta para secar la ropa.
Las piedras del río eran un recurso abundante y disponible que antes nadie veía ni aprovechaba, a lo sumo eran los vecinos de la orilla quienes las empleaban para levantar los tecorrales como cercado de sus predios, o en prevención de las crecientes del río, o para hacer sus “tapanoles” como le llamaban a esos puentes provisionales y temporales que hacían los lugareños, poniendo las piedras en fila, a cada paso, para pasar el río en temporada de secas, sin tener que mojarse los pies.
Pero la idea de empedrar las calles a nadie le pasaba por la cabeza, quizá porque todos pensaban en el pesado trabajo de acarrearlas desde el lecho del río, hasta que el médico hizo la propuesta de realizar ése trabajo que incluía la solución que facilitaría su acarreo.
Lo hizo a partir de una negociación acertada, una relación virtuosa entre intereses aparentemente opuestos, porque consiguió que los concesionarios de la mina de “Naranjitas” que se explotaba en un cerro cercano de la comunidad, apoyaran con sus carros el acarreo gratuito de piedra y arena del río a la casa de cada uno de los vecinos.
El argumento para convencer a los empresarios mineros de su apoyo a la iniciativa era de peso porque sus carros pasaban por las calles del pueblo a todas horas provocando tolvaneras y hoyancos, amén del contaminante ruido de sus motores.
El anuncio de la negociación provocó la euforia en el pueblo porque a cual más quería ser el primero en embellecer el frente de su casa para aislarla del polvo.
El trabajo comunitario para clasificar y luego amontonar las piedras en el lecho del río, cargar y descargar los camiones, para luego empedrar las calles, se convirtió en una fiesta de convivencia que resultó en un nuevo rostro pintoresco que el pueblo estrenó en menos de un año.
Mucho tiempo después, cuando la modernidad llegó al pueblo en forma de pavimento, en las esquinas de las calles todavía se podían ver las enormes piedras acarreadas entonces para usarlas como asientos que los vecinos ocupaban para descansar en las tardes de tedio.
En ése año del empedrado de calles se produjo la elección para la renovación del ayuntamiento, un asunto de mero trámite porque en su integración los caciques, en petit comité, habían decidido que estaría encabezado por el candidato propuesto por el señor cura, con la encomienda de mantener el statu quo, que en esas circunstancias significaba un paso decisivo en su lucha contra el médico.
Quienes sabían los antecedentes de aquella reunión del grupo en el curato, el año anterior, comentaban que el personaje electo había abonado a la reconciliación del grupo caciquil porque entre ellos coincidían que el enemigo a vencer era el médico, quien en poco tiempo había despertado de su letargo a la población y realizado acciones que ponían en riesgo sus negocios y privilegios.

La oposición del cacique

El problema entre el cacique y el médico, iniciado cuando aquel quiso cobrarle un impuesto por el ejercicio privado de su profesión, se agudizó con el acuerdo de la asamblea comunitaria de que cada vecino empedraría el frente de su casa en el plazo establecido por los ocupantes de cada manzana.
El cacique se opuso tajantemente a tal acuerdo, desconociendo la autoridad de la asamblea de la comunidad y retando a que alguien lo obligara a empedrar su frente de calle.
Esa actitud de rebeldía y prepotencia del cacique pronto encontró partidarios en un pequeño grupo de jefes de familia conformistas que preferían vivir en el atraso a condición de no hacer trabajo comunitario, y en aquellos fieles seguidores del cura que se ponían de su lado en agradecimiento de algún favor o pecado que él les había perdonado.
–Tenemos que encontrar una solución rápida al conflicto para fortalecer las acciones de progreso porque, de lo contrario, crecerá la impunidad y la prepotencia del cacique, –razonaba el médico.
Como la casa del cacique estaba en la calle principal, en contra esquina del palacio municipal, su parte que le tocaba empedrar iba quedando como lunar y un mal ejemplo para los vecinos.
Mientras unos pocos aplaudían cada día el capricho del cacique manifiesto en su tramo sin empedrar, otros se irritaban por lo que creían era falta de energía de la autoridad para obligarlo.
La irritación por la actitud del cacique crecía día con día entre la gente que pasaba por el lugar. Eso lo sabía el médico, quien buscaba afanoso la manera más efectiva de vencer la oposición del cacique sin tener que chocar directamente con él, como le sugerían algunos de sus seguidores.
–Hay que obligar al presidente a que lo meta a la cárcel –aconsejaban.
Por su parte el médico se esforzaba para comprometer a la autoridad municipal a que interviniera en el conflicto.
–Cite usted a esa persona, y si se resiste entonces tendrá elementos para detenerlo y hasta encarcelarlo, le recomendaba.
Con esa presión del médico el presidente municipal no tuvo más remedio que insistir en la presencia del cacique quien había desatendido los dos primeros citatorios.
Pero antes de que se cumpliera el plazo para el tercer citatorio el médico tuvo la idea de buscar una entrevista en Chilpancingo con los jefes del cacique, haciéndose acompañar del propio presidente municipal.

468 ad