Fernando Lasso Echeverría
La Revolución en Guerrero
(Primera parte)
En Guerrero, los primeros disidentes locales contra el régimen porfirista fueron los abogados José I. Lugo y Matías Chávez, en Iguala, quienes radicaban en esa población pero eran originarios de Ajuchitlán del Progreso y de Quetzalapa, respectivamente; actuaban como agentes del organizador maderista del sur, Alfredo Martínez Dominguez; sin embargo, fueron descubiertos y apresados por el gobierno cuando su organización estaba en sus etapas iniciales. Chávez fue quien posteriormente envió a don Octavio Bertrand –mandado por Madero para organizar grupos armados antiporfiristas en Guerrero– con sus paisanos los Figueroa Mata, que formaron el Club Político antirreeleccionista Juan Álvarez, única organización política formal que Bertrand logró formar en nuestro estado y en la que se llevaron a cabo numerosas pláticas conspirativas contra el dictador y su gobierno; por ello, fue la única representación guerrerense que tuvo un delegado en la Convención Antirreeleccionista celebrada en la ciudad de México, en la que Francisco I. Madero y Francisco Vázquez Gómez fueron proclamados candidatos, y fue también la única en el estado que recibió armas de parte de Bertrand.
Iniciado en Huitzuco el proceso revolucionario guerrerense el 28 de febrero de 1911 por los rancheros Figueroa Mata, al unísono se produce un levantamiento general en todo Guerrero, distinguiéndose otros líderes en las acciones militares llevadas a cabo contra el gobierno porfirista, como Juan Andrew Almazán en Olinalá, quien tenía nexos con los Serdán y otros revolucionarios de Puebla, Enrique Añorve en Ometepec, Jesús H. Salgado en Teloloapan y la Tierra Caliente, vinculados con Zapata; Julián Blanco en Dos Caminos, y Laureano Astudillo en Tixtla, en el centro del estado, que mantenían una ideología moderada; y el “veleta político” Silvestre G. Mariscal en Atoyac de la Costa Grande. Algunas de estas cabezas regionales capitaneaban grupos de campesinos analfabetas, desposeídos, marginados y explotados que sí andaban en la bola buscando su mejoría social, y por ello tenían profundas diferencias ideológicas con el grupo figueroísta que luchaba simple y llanamente por el poder, lo que posteriormente los llevaría a enfrentamientos con ellos.
Sin embargo, ambos grupos –los rancheros de buena posición y las tropas de los que nada tenían– lucharon inicialmente hombro con hombro a favor de Madero y su causa, lo que provocó a corto plazo la toma de casi todas las plazas distritales de la entidad, hecho que finalmente indujo la rápida caída del gobierno porfirista en Guerrero, la huida de Damián Flores el último gobernador porfirista, y la toma del poder por Francisco Figueroa Mata, quien asumió la gubernatura provisional del estado en una asamblea en Iguala, el 16 de mayo de 1911, en la casa de don Enrique Perote. En la elección de don Francisco, estuvieron ausentes los dirigentes de los grupos que habían peleado en las costas y en La Montaña que, encontrándose en Chilpancingo, fueron informados de la reunión en forma extemporánea, y el único grupo adverso a los Figueroa presente, el de Jesús H. Salgado, se opuso –sin éxito– al nombramiento. Fue pues, una reunión estatal dominada por la alianza del norte del estado, y ésta nombró a Francisco Figueroa gobernador provisional, nombramiento confirmado de inmediato por Madero.
Era de esperarse; con la renuncia y huida del último gobernador porfirista en mayo de 1911, en Guerrero se consiguió una autonomía de facto, y el primer grupo en reclamar sus derechos políticos fue el de los Figueroa Mata, que había sido el grupo mejor organizado, y que estaba conformado también, por Martín Vicario, Fidel Fuentes, Ernesto Castrejón y otros rancheros de la zona norte del estado, con quienes –como ya se dijo– Bertrand, el enviado de Madero, había establecido contacto previo al estallido de la Revolución; al formar los Figueroa Mata el único Club antiporfirista reconocido por Madero en Guerrero; este grupo político se consideraba con más derechos que cualquier otro para asumir el poder estatal.
No obstante, el rápido éxito de las fuerzas rebeldes se debió más que nada al apoyo de la población descontenta, que a la menor invitación nunca dudó en levantarse en armas contra el gobierno represor y abusivo; esta participación popular fue lograda por los líderes regionales quienes se comprometieron con los campesinos a restituirles sus tierras de acuerdo al ofrecimiento hecho por Madero en el Plan de San Luis; estos compromisos fueron la clave para la participación decidida de campesinos pobres y mal armados contra del gobierno porfirista; sin embargo, nunca hubo una repartición formal de tierras por las nuevas autoridades, quienes en realidad habían tenido como objetivo fundamental del proceso revolucionario cambiar a las autoridades políticas porfirianas y reemplazarlas ellos mismos; por ello, el reparto agrario empezó en Guerrero, en forma mínima, muchos años más tarde.
Ya ganado el movimiento armado por los revolucionarios, la masa campesina se organizó y en varias partes de la entidad se formaron comisiones regionales de campiranos, con la finalidad de exigir a los terratenientes la devolución de las escrituras de propiedad de sus tierras comunales de las que habían sido despojados fraudulentamente, iniciándose de esta manera la verdadera lucha. Por otro lado, el pueblo espontáneamente comenzó a perseguir a las antiguas autoridades con la finalidad de castigarlos con la muerte o con la cárcel; también se liberaba a los prisioneros de las cárceles y se quemaban archivos públicos; la gente intentaba confiscar los bienes de los terratenientes exigiéndoles al mismo tiempo las armas que poseían. Hubo también muchos comercios saqueados y fábricas asaltadas en las que se expropiaron los bienes encontrados. En síntesis, ante el asombro impotente de los jefes maderistas que fueron claramente rebasados por el pueblo, éste empieza a lanzar sus ataques contra los opresores directos y concretos, contra los personeros de la dictadura, intentando con esto vengarse de todos los agravios recibidos.
Esta reacción popular –calificada de inmediato como barbarie y bandolerismo por los afectados y el nuevo gobierno– tenía mucho que ver con el problema agrario, que había predispuesto a la población campesina para la insurrección y que, a su vez, llevaba a cuestas un abandono social extremo y una pesada carga de resentimientos y odio contra los terratenientes, comerciantes y el gobierno que los amparaba. Es por eso que durante el gobierno provisional de Francisco Figueroa, que sólo duró siete meses, se agudizaron las diferencias entre éste y Emiliano Zapata, el líder agrarista morelense, lo que además provoca serios enfrentamientos entre el gobierno figueroista y diversos revolucionarios guerrerenses como Jesús H. Salgado, Heliodoro Castillo, Pedro Pineda, Pablo Barrera, Julio Gómez y El Tuerto Morales, que se solidarizaron con los principios del Plan de Ayala y actuaban como pronunciados exigiendo tierras para campesinos desposeídos, en contra de las políticas agrarias del gobierno de Guerrero.
Esta situación se agravó porque en las mismas fechas otro Figueroa, Ambrosio, había aceptado el nombramiento como gobernador y comandante militar de Morelos, en una época en la cual León de la Barra, Presidente provisional de México –gracias a la ingenuidad de Madero– envió numerosas fuerzas federales al mando del general Victoriano Huerta para intentar exterminar a los zapatistas y provocar, secundariamente, peligrosos conflictos entre el líder agrario de Morelos y Madero. El nuevo gobernador morelense tuvo que unirse al terrible combate contra Zapata y apuntalar a los grandes hacendados; de ese modo se consumó su enemistad a muerte con el caudillo del agrarismo, ya distanciado éste de su hermano Francisco, el gobernador del vecino estado de Guerrero. Los Figueroa afirmaban que ellos se habían levantado en armas para conquistar libertades, y que ya logradas velarían por ellas; de reparto de tierras, ni hablar.
Al gobernador provisional le tocó recibir a Madero en Iguala el 13 de junio de 1911, quien asistió a nuestra entidad para agradecer a los guerrerenses su participación en el movimiento armado contra la dictadura; las palabras de bienvenida oficial fueron de Eduardo Neri, quien por cierto, en el último párrafo de su discurso lanza a Madero el siguiente comentario casi premonitorio, “Señor Madero: si en adelante sois como ahora, fiel a la causa de la libertad, en cada suriano seguiréis teniendo un soldado a vuestras órdenes y cada suriana seguirá el glorioso ejemplo de Antonia Nava de Catalán. Pero si volvéis al pueblo las espaldas, entonces sobre vuestro pecho hoy heroico, volveremos nuestras armas en defensa de nuestro ideales, si hubiera que destrozar nuevos tiranos”.
José Inocente Lugo Gómez
En julio de 1911, Francisco Figueroa hace la convocatoria para las elecciones constitucionales de gobernador y diputados locales en el estado. El primero para terminar el cuatrienio del último gobernador porfirista, Damián Flores, que inició su gestión en abril de 1909, y los segundos para integrar la nueva legislatura. Se presentaron dos candidatos en la lucha electoral, el coronel huitzuqueño Martín Vicario –lanzado y apoyado por los Figueroa–, y el José Inocente Lugo Gómez, de origen calentano y uno de los maderistas más antiguos de Guerrero. El triunfo se lo llevó este último, asumió el cargo el 1 de diciembre de 1911 y, al hacerlo, plasmó en su discurso un breve plan de gobierno basado en los ideales maderistas que hacían a un lado el reparto de tierras.
Pero Lugo tuvo muchos problemas para cumplir su modesto programa de gobierno y conflictos permanentes durante todo su gobierno con los Figueroa Mata, quienes apoyaron la candidatura de Vicario; esta situación se agudizó además porque a Ambrosio Figueroa lo nombraron jefe de los cuerpos rurales del estado, en un poder paralelo que estorbó mucho la autoridad de Lugo, y porque había constantes ataques rebeldes de cabecillas de otros grupos políticos, entre los que destacaba el grupo zapatista encabezado por Jesús H. Salgado, quien fue una verdadera piedra en el zapato del gobernador Lugo, que se apoderó de Tepecoacuilco, Balsas, Teloloapan y Chilapa, y amagó constantemente Acapulco, Iguala y Tixtla; además, había una contrarrevolución en la Costa Grande, representada por Mariscal, que de hecho gobernaba esa región apuntalado por las empresas comerciales españolas que dominaban Acapulco y ambas costas; la penuria económica de su gobierno, la inestabilidad política del país que caracterizó ese periodo y, finalmente, la llegada de Victoriano Huerta al poder presidencial, al que luego se unieron conocidos revolucionarios sin ideología definida ni escrúpulo alguno, como el brutal y sanguinario costeño Silvestre Mariscal, el mismo Martin Vicario frustrado por no haber sido electo gobernador, Juan Andrew Almazán que nunca fue tomado en cuenta para gobernar Guerrero y hasta el gris políticastro Castillo Calderón, que dizque encabezó el famoso Plan del Zapote, y continuaba en segundos planos de la política local. Todos ellos, en realidad apoyaban cualquier fuerza victoriosa a nivel federal buscando encabezar el poder local.
Sin duda, la peor experiencia del Lugo como gobernador del estado fue la caída de Madero durante la Decena Trágica. Después de eso, José Inocente quedó en una situación por demás comprometida y difícil, a merced absoluta del general Manuel Zozaya, jefe de la guarnición militar de Chilpancingo que, como la inmensa mayoría de los militares en el país, simpatizaba con Huerta, y éste lo sometió a una estrecha vigilancia, haciéndolo virtualmente su prisionero. José Inocente –a quien en ese momento le faltaban cinco semanas para concluir su periodo de gobierno– decide en forma prudente terminar su encargo y entregar pacíficamente el poder, con la finalidad de no propiciar su encarcelamiento o su muerte si externaba su descontento por el derrumbe de Madero. Pero, al entregar el poder a su sucesor es enviado a México en calidad de prisionero, quedando Zozaya como gobernador provisional, quien ante el avance de la Revolución contra el huertismo, en enero de 1914 solicita licencia y es suplido entonces por el general Juan A. Poloney, originario de Acapulco.
Poloney duró poco en el poder, pues un mes después llegó a Iguala el nuevo jefe de operaciones, un general llamado Antonio G. Olea, militar que se distinguió como un hombre bestial y sanguinario, pues incendiaba invariablemente los pueblos que tomaba y fusilaba a todos sus prisioneros; Olea llevaba también la indicación de Huerta de suplir como gobernador a Poloney. Sin embargo, nunca pudo tomar posesión, pues la situación de guerra en el estado, le impidió llegar a Chilpancingo.
* Presidente de “Guerrero Cultural Siglo XXI”




