Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Anituy Rebolledo Ayerdi

El misterio del Río de Plata

Nunca tan apropiado el símil de anfiteatro dado a los cerros que rodean al puerto –la bahía de Santa Lucía como escenario maravilloso–, cuando los acapulqueños sean espectadores angustiados del incendio y hundimiento del barco argentino Río de la Plata. Un drama enigmático y milonguero cuyo misterio permanece intacto a distancia de sesenta años.

Las campanas de La Soledad tocan a rebato aquel 18 de agosto de 1944, tal como lo han hecho por siglos para alertar a la población sobre la inminencia de peligros graves. Los porteños se ponen de pie, siempre unidos y solidarios, para enfrentar la nueva calamidad. Desde cualquier punto de la ciudad es posible admirar una gruesa columna de humo denso y amenazador. Emerge del centro de una embarcación para elevarse verticalmente al cielo pues no corre en ese momento ni un soplo de brisa.

Gritos y carreras. La gente baja acongojada de los cerros trayendo agua en cubetas y cacharros de todo tipo con la intención de ayudar a sofocar el siniestro. Pretensión inútil pues la nave permanece en el mismo sitio al que había sido llevado luego de desembarcar su pasaje en el muelle                       porteño. Y todo indicaba que no regresaría para facilitar la extinción del fuego. Nadie se entera en ese momento que la orden en contrario había sido dictada por el propio capitán de la nave.

Acapulco, según el Censo de Población de 1940, tiene 29 mil habitantes y no es exagerado afirmar que todos ellos fijaron en algún momento la vista hacia el sitio de la bahía donde crepitaban las maderas finas del barco argentino. La mayor concentración humana se dará en torno a la bahía pero particularmente en Icacos donde se tendrá más cercano el drama. El anfiteatro ofrecerá por las noches un espectáculo estremecedor.

El alcalde porteño Enrique Lobato, orfebre de oficio, hará lo único a su alcance frente a las características peculiares del desastre. Notificarlo telegráficamente al gobernador Rafael Catalán Calvo, quien a su vez lo haría del conocimiento del presidente de la República, Manuel Avila Camacho y del secretario de Marina Heriberto Jara. En corto, hará valer sus influencias para conseguir cuartos en los ya repletos por vacaciones escolares hoteles del centro La Marina (hoy Bancomer), Acapulco, 2 de abril (luego Colonial), Miramar, La Colimense, El Paraíso, y Monterrey.

Hundan al Río

El Río de la Plata, con 180 metros de largo y capacidad para 400 pasajeros (258 en primera clase y 146 en tercera), realizaba cruceros de placer entre Argentina y Los Ángeles, California, con escalas en Acapulco y otros puertos del Pacífico. Había formado parte de un lote de embarcaciones vendidas por el gobierno de Italia al argentino, encontrándose al estallar la guerra en puertos rioplatenses. Su botadura databa de 1923 con el nombre de Principessa María.

El nuestro era entonces un país beligerante. El estado de guerra contra las naciones del Eje –Roma-Berlín-Tokio–, lo había declarador el presidente Manuel Ávila Camacho el 7 de junio de 1942. México respondía así al hundimiento de tres barcos petroleros nacionales por submarinos alemanes (por lo menos eso dijeron los gringos).

En esa misma calamitosa línea, el 2 de febrero de 1943 había hecho erupción en Michoacán el volcán Paricutín. Aquí nadie creerá a Chico Mitotes, un chaparrito vendedor callejero de tuba, haber visto desde el cerro de La Mira las chispitas de aquella “ardentía”.

Antes, en 1941, un terremoto político había sacudido al país con epicentro en Tixtla, Guerrero. La quema de una bandera mexicana por normalistas de Ayotzinapa le cuesta la chamba al secretario de Educación, Luis Sánchez Pontón, y da pie para una nueva arremetida de la derecha clerical contra el artículo tercero constitucional.

El fuego en el Río de la Plata lo había iniciado su propio capitán luego de hablar con el embajador de su país en México. Le habría informado sobre la presencia amenazante de dos destructores estadunidenses, mismos que estarían esperándolo afuera de la bahía porteña. La orden de hundir el barco debió recibirla el capitán por el mismo conducto y esta habría tenido su origen necesariamente en la Casa Rosada.

Rechazada en un primer momento por absurda, la versión piromaniaca será confirmada plenamente por los mandos navales del puerto. Revelarán, además, acciones violentas de la marinería rioplatense para impedir las tareas de salvamento emprendidas por los marinos mexicanos. El lanzamiento de una segunda ancla hará imposible remolcar la nave y finalmente la inundación de sus bodegas la harán zozobrar.

Cien mil dólares

El crucero argentino nunca pudo ser confundido con una unidad beligerante. Su capitán se había encargado de cubrirlo con el nombre de la nave y la bandera blanquiazul de su país. Se verá tan corriente como                       cualquier Acatiki local y su diferencia será abismal con el original Principessa María.

La mayor intensidad del drama se vivirá sin duda junto a los                       pasajeros, casi todos argentinos. Habían desembarcado engañados de que sólo se trataba de fumigar el barco y que volverían tan pronto concluyera tal acción. Se les ofreció, además, el disfrute por cuenta de la naviera de los atractivos de Acapulco.

Al amanecer, cuando se observe la columna de humo e incluso se escuche el crepitar del fuego, a hombres y mujeres se les acogotará el pánico, la angustia y la desesperación. Ausentes el capitán y sus oficiales pedirán auxilio a los lugareños. No faltará quien solicite en alquilar una lancha o canoa para acercarse al barco pero ningún lanchero aceptará frente al riesgo de una explosión. ¿Explosión? Aquí tendrá su origen uno de tantos mitos en torno a un pretendido cargamento bélico del crucero argentino y hará crecer la crispazón de los pasajeros. Histéricos, algunos ofrecerán a gritos recompensas económicas para quien logre salvar sus pertenencias.

Así, mientras los familiares de un general brasileño estaban dispuestas a gratificar con ¡50 mil dólares! a la persona que rescatara un cofre metálico conteniendo las cenizas y condecoraciones del prócer, una emperifollada dama bonaerense anunciaba el doble (¡100 mil dólares!) a quien lograra salvar su alhajero a esa hora quizás ya pasto de las llamas.

El arribo del embajador de la República de Argentina hará volver el alma al cuerpo de los forzados náufragos. Les asegurará pasajes para sus destinos y apoyo oficial para el reclamo de los seguros. Personal de la secretaría de Relaciones Exteriores estará aquí también para auxiliarlos, en un gesto muy humanitario de nuestro paisano Ezequiel Padilla Peñalosa, titular de la secretaría de Relaciones Exteriores.

Misterio Indescifrable

El Río de la Plata arderá durante tres días y tres noches para luego ser engullidas sus 18 mil toneladas por el océano y depositadas suavemente en un lecho marino de 30 metros de profundidad, frente a Punta Guitarrón (Latitud 15° 5.2’ Norte; Longuitud 99° 52.2’ Oeste). Los buzos lo desnudarán durante 60 años hasta convertirlo en un herrumbroso esqueleto, guarida de la fauna y flora marinas.

Argentina estaba gobernada entonces por el general golpista Edelmiro J. Farrel, quien tenía como vicepresidente al coronel Juan Domingo Perón, capaz de aquello y más. Los “ches” nunca podrán esconder sus simpatías por Hitler –recibirán durante y después de la guerra capitales y criminales nazis– No obstante, ese gobierno romperá relaciones con Alemania y Japón.

¿Por qué el incendio y hundimiento del Río de la Plata?

Formulada cuando aún la nave ardía en la bahía de Santa Lucía, la pregunta se repetirá a lo largo de los años, hoy mismo, sin encontrar respuesta sensata y convincente.

¿Qué secreto guardaba el Río de la Plata que no fuera a develarse una vez en el fondo de nuestra bahía ? ¿O se pensaba rescatar más tarde lo rescatable habiéndolo conseguido con éxito? sigilosamente hacia la Base Naval o bien en una operación submarina digna de James Bond. Incluso las 13 toneladas de cobre portadas en su panza, así como un cargamento ilegal de mercurio o azogue.

¿Y si fue oro, oro alemán?

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