Periódico con noticias de Acapulco y Guerrero

Arturo Solís Heredia

CANAL PRIVADO

  Política unplugged

 Muchos mexicanos, especialistas o legos en política señalan la enorme distancia que separa al pueblo de sus gobernantes y políticos, acusan el divorcio entre los ciudadanos y quienes deberían representar sus esperanzas, opiniones y necesidades. Son percepciones que ya son frases hechas, lugares comunes pero que, no por ello, dejan de ser vigentes, fieles.

Olvidando por un momento el contexto de los actores políticos de primer orden nacional, una prueba plena la encontramos revisando cualquier semana de declaraciones estatales: “El apoyo del PT a Chavarría no afectará alianzas del PRI”: Héctor Astudillo; “Acapulco no es propiedad de nadie”, afirma Armando Chavarría, en referencia a Zeferino Torreblanca; “Agradezco su interés en mí”, responde Zeferino Torreblanca; el proceso contra López Obrador “tiene que ser depurado de todo móvil político”, dice el alcalde López Rosas.

Los ciudadanos de a pie, por su parte, están interesados en temas muy diferentes: en su empleo o en la falta de uno, en su economía familiar, en cómo pueden comprar o mantener su casa, en su calidad de vida y la de sus familias, o en el futuro que encontrarán sus hijos.

Si pensamos en que los guerrerenses estamos evaluando el perfil de quien será nuestro próximo gobernador, las virtudes y propuestas de quien dirigirá nuestros destinos por seis años, no se entiende la agenda en que están concentrados los aspirantes. Dos mundos distintos, dos realidades en contraste, una relación desconectada que requiere conectarse para que los objetivos sociales legitimen a la política.

El estereotipo más difundido en México de los políticos y gobernantes más poderosos, contiene elementos clásicos: se les ve muy poco, cuando aparecen lo hacen de manera fugaz, rodeados de guaruras e incondicionales, con prisa y siguiendo guiones y protocolos estrictos, con frecuencia hablan de asuntos complejos e inaccesibles para la mayoría, casi siempre son parte de enfrentamientos verbales, nunca se ponen de acuerdo con sus adversarios y es muy raro verlos en actitudes y sitios cotidianos (cines, mercados, bancos, centros comericales, calles).

Pareciera una crítica pedestre y ramplona, pero detrás de ella se esconden muchas de las razones de ese divorcio pueblo-políticos. La sociedad civil percibe falta de interés y atención a sus problemas y realidades de parte de los que los representan, de los que deben obedecer su mandato y sus demandas a la hora de definir proyectos de gobierno, legislar y reformar nuevas leyes, proteger el bienestar de la mayoría por encima del interés de grupos e individuos o decidir entre ética y pragmatismo electoral.

Enredados todos estamos en este círculo vicioso: los ciudadanos no confían en los políticos y, por lo tanto, no se esfuerzan en hacerles llegar sus demandas; los políticos no entienden a los ciudadanos y, por lo tanto, prefieren maneras más sencillas de construir su éxito electoral, por encima de las que deben regir en una democracia.

Los avances y la confianza que han logrado nuestras instituciones electorales, al ofrecer y entregar procesos transparentes, creíbles e independientes, han consolidado apenas un elemento de nuestra democracia: el electoral.

Pero los demás ingredientes, los que tienen que ver con el mandato popular de los que gobiernan, con una sociedad participativa, vigilante, crítica y propositiva, con la lealtad de los representantes populares a su pueblo y no a sus jefes políticos, están aún muy lejos del caldo democrático mexicano.

Es posible que el par de lectores de este espacio critiquen la reiteración de su autor sobre estos temas. Tendrían razón. Mis últimas tres entregas inician y terminan con premisas parecidas. En mi favor, ofrezco sólo un argumento: es mi débil reacción ante tantas campañas y precampañas, interminables y, para colmo, tan vacías de propuestas, de ideas, de sustancia política, de la buena, de la que se ejerce sólo al lado de la gente.

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