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Federico Vite

El furtivo lenguaje de lo casual

A propósito del azar, esa cuota de aparentes casualidades que no sirven más que para nombrar algo incomprensible, el simpático Paul Auster se dio a la tarea de escribir un libro breve de 92 páginas en el que recolecta algunos de relatos dignos de azoro. En El cuaderno rojo (Quinteto, 1994), del también autor de Leviatán analiza las telarañas de ciertos vericuetos vitales que lo han llevado a comprender esta máxima literaria: Los incidentes son los motores esenciales de los relatos. Toma como ejemplo un hecho extravagante por el que decidió empezar la escritura de La ciudad de cristal. “Escribía cuando sonó el teléfono. Descolgué y al otro lado de la línea un hombre me preguntó si hablaba a la Agencia de Detectives Pinkerton. Le dije que no, que se había equivocado de número, y colgué. El teléfono volvió a sonar la tarde siguiente. Resultó que era el mismo individuo y me hacía la misma pregunta que el día anterior. Volví a decirle que no, y volví a colgar. Pero me quedé pensando qué hubiera sucedido si hubiera contestado que sí. Esperé la tercera llamada, pero nunca ocurrió. Después de aquello comencé a darle nuevas dimensiones a mi historia y se me abrió un mundo lleno de posibilidades. Me puse a escribir mi primera novela, el número equivocado se había convertido en el suceso crucial del libro, el error que pone en marcha toda la historia”, relata Auster para evidenciar ciertos hechos que han marcado su vida y su obra.
El cuaderno rojo fue escrito para brindar un testimonio de ciertas manías que parecieran no tener importancia, pero Auster intenta dotarlas de significado, como si construyera un diccionario del enigmático lenguaje del azar que socava y detona ideas que sólo pueden ser comprendidas por el tamiz de la reflexión obsesiva de hechos aparentemente fútiles. Auster cree que comenzó a aficionarse a las casualidades desde su trabajo como traductor. “Escribía en mi lengua con las palabras de otros, porque la traducción es un caso de suplantación de la identidad y eso ocurre en ciertos momentos, cuando la verdadera noción del mundo se revela como un texto”, refiere a manera de prólogo y comienza con la serie de anécdotas que abruman al lector, no por la tragedia implícita de asistir a un trago amargo del destino, sino por la claridad con la que nos dice: el lenguaje del azar es la verdadera noción de los hechos.
La traducción y el prólogo de Justo Navarro son bastante afortunados. El lector tiene ante sí uno de esos libros que podrían fungir como manual del asombro. La claridad de la prosa de Auster nos recuerda que un escritor sólo está interesado en contar historias, en hacerlas la pieza fundamental de un libro que se expande buscando los bordes de otro humano para conectar, a la manera de un cable, la sintonía vital de una sorpresa.
Navarro preludia el banquete que se da el lector con este documento, explica que sólo alguien que habita un mundo misterioso, con densísimas conexiones, es el encargado de mostrar los engranajes de esa maquinaria que funciona de soslayo. “Un hombre llamado Paul Auster vive en un mundo que no entiende bien, un mundo aterrador y cómico a la vez, un mundo que en sí mismo es una lengua dolorosa. Auster quisiera traducir lo que no entiende. Está confundido: las cosas que lo rodean no son puntos de referencia para no perderse, sino recovecos, paredes de laberinto”, dice para enfatizar que todos y cada uno de los capítulos de este libro no son ficción sino una prueba de que las historias se escriben solas, incluso a pesar del autor. “En 1960 o 1961 no era el escritor Paul Auster sino un colegial de 13 ó 14 años quien pasaba el verano en un campamento. El día que Auster fue de excursión al bosque estalló una tormenta. Los exploradores se pusieron en fila para pasar bajo la alambrada: ordenadamente, de uno en uno. Entonces les llegó el turno a los exploradores Ralph y Paul. Cruzaban la alambrada, primero Ralph, después Paul. Justo cuando Ralph pasaba bajo la alambrada, cayó un rayo. Paul pasó a su izquierda. Se había desmayado Ralph, se le ponían los labios azules, cada vez más azules, mientras sus compañeros le frotaban las manos frías, cada vez más frías: murió en ese instante”. Este hecho no ha dejado de impresionar al novelista Auster. Si él hubiera pasado primero, ninguno de sus libros se hubiera escrito. No, no hay coincidencias, esa es la consigna escrita con sangre en El cuaderno rojo. Que tengan buen martes.

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