Eduardo Pérez Haro
Crisis global y cambio democrático
Para Víctor Trani
Se intensifica la crisis internacional, los indicadores de empleo y desempleo en Estados Unidos y Europa se mueven negativamente, y en China y Brasil igualmente se debilita el de crecimiento de la industria manufacturera que, aunque en estos casos lo hacen sin perder sus tendencias de crecimiento, ello no obsta para reconocer un momento de sincronía en la afectación de la economía mundial.
En este contexto los mercados financieros se refugian en el dólar y por otro lado se constriñen las condiciones de acceso al crédito, con lo cual se obliga mayor liquidez en las operaciones comerciales, provocándose una sobrevaloración del dólar que para México representa una depreciación preocupante del peso que ahora se cotiza con tendencia a los 15 pesos, y obliga a echar mano de las reservas internacionales para contener el fenómeno y sus consecuencias financieras, económicas y comerciales en un momento delicado por la proximidad de las elecciones del próximo 1 de julio.
Estos hechos revelan las limitaciones en el proceso de generación y adopción de las medidas hasta hoy definidas para atender la crisis financiera y fiscal, que tiene sus manifestaciones más agudas en la Eurozona (Grecia, España…) pero que como ahora se observa no está superada en los Estados Unidos y ya afecta otros espacios de especial importancia en Asia y América del Sur. Aludir esta sincronía global del problema de la crisis y las limitaciones de las medidas que se pretenden, nos introduce en otra dimensión del problema que no debemos dejar de observar.
Las medidas tendientes a la recapitalización del sistema financiero que pasa por exigir restricciones del gasto de los gobiernos en estímulo al crecimiento económico y el empleo, y la elevación de impuestos, se enfrentan a la indisposición social de empleados y empleadores, lo que dificulta su misma instrumentación mientras las condiciones económicas empeoran. Esta circunstancia pone en evidencia que las democracias en su concepción y hechura actual, configuran un mecanismo con una clara separación no ya de intereses, que pueden entenderse consustanciales a la economía mercantil capitalista, sino de los actores diversos que no se hallan y no cuentan con los mecanismos para la solución de controversias y la generación de acuerdos.
No hay una contradicción simple, entre el capital financiero y el capital productivo y el trabajo, más ese no es el asunto que nos ocupa en esta ocasión, lo que ahora es de tomar en consideración es la insuficiencia de los mecanismos democráticos y de la institucionalidad que emana de estos porque no alcanza para solventar los diferendos y encontrar razones, esquemas y concordancias o en última instancia, hablemos, de arreglos del disenso. Planteado el problema en este ámbito y en estos términos, cabe reflexionar en voz alta sin ser concluyentes, pero no dejándolo de hacer. La democracia representativa no alcanza a acoplar intereses y voluntades de los actores del diferendo y las instituciones por consecuencia son unilaterales, y lo que es peor, ineficaces.
El Estado emanado de la revolución francesa y aún de la revolución norteamericana, desprendieron el gobierno de la base social al reducir a esta última a una participación que concluye en las urnas y al elegido gobernante en el riesgo de enajenarse y responder a los intereses de su entendimiento o conveniencia propia, adquirida o comprada. Los gobiernos nacionales y, en la mundialización, las instituciones multilaterales, se distancian de las sociedades de base quedando, durante los momentos críticos, expuestas al desencuentro y el extravío de la gobernanza, que significa incapacidad de respuesta y la tentación de apelar a su antípoda, la imposición. Enrique Dussel hace una puntual reflexión de esta problemática.
Los movimiento sociales que protagonizan los jóvenes en África, Europa y América incluyendo recientemente a México, exigen corregir las agendas, nacionales e internacional, incluir las reivindicaciones sociales que provienen de la exclusión y el sacrificio generacional que conllevan las propuestas actuales de los aparatos institucionales, locales y globales, pero sobre todo la corrección de la distancia en la conformación democrática formal. Al salir a la calle, denuncian la exclusión y reivindican el ajuste de los mecanismos de participación directa, que llevarían a una democracia, participativa, fiscalizadora, diría Dussel.
En México se apunta que hemos pasado la etapa de la transición democrática a la fase de consolidación acaso porque se dio la alternancia de un partido a otro en el gobierno (PRI-PAN 2000) y ahora se consolidan los mecanismos de transparencia en los procesos electorales, pero Eduardo Pérez Aguilar en su análisis “Acerca de la transición a la democracia en México” (2012) desmantela este juego de formas en la conceptualización del caso, introduciendo el factor de inclusión en la estructura de gobierno, como condición de la democratización propia del siglo XXI a diferencia de la idea simple del buen oír y la fiel representación, de la democracia representativa en su ineficaz formato actual.
La democratización que alcanza la exigencia de apertura y competencia de los medios de comunicación en la era de la información y la reivindicación del derecho social a la misma, pega en el centro de los códigos de la democratización en la sociedad moderna del capitalismo informático que ya no encuentra barreras tecnológicas ni de costo, pero que pervive bajo el control monopólico del negocio, lo cual se revela como un despropósito de la democracia y del progreso.
En otras palabras, los movimientos sociales en curso no están en un juego abstracto y formal sobre la democracia, apuntan problemas y soluciones inéditos, asuntos de fondo que se dirigen a una nueva institucionalidad democrática que en un entramado superior al de la representación postula espacios a la participación de la sociedad de base, en los problemas locales y generales por distintos medios, y de inclusión en la toma de decisiones.
Los jóvenes informados y formados, con su discusión y voluntad de cambio democrático, se despliegan en distintos grados de amplitud y alcance, pero se corresponden y se hilvanan en el marco de una crisis global, en México y desde México, no están solos.




