Lautaro G. Salgado *
Birdman o la puesta en abismo del ego del artista
¿Y conseguiste lo que has
querido de esta vida, al final?
Sí lo conseguí…
¿Y qué fue lo que querías?
Ser amado, sentirme un ser amado en esta tierra… Raymond Carver
Con estas palabras del cuento De qué hablamos cuando hablamos de amor, del escritor Raymond Carver, G. Iñárritu inicia su más reciente filme estrenado en el festival de Venecia en este 2014. Con la adaptación al teatro del cuento mencionado en el St. James situado en la Av. Broadway en la Nueva York de nuestros días, Riggan (Michael Keaton), busca reconciliarse con sus raíces que lo llevaron originalmente a convertirse en actor y escapar de la etiqueta de celebridad de Hollywood. Una suerte de redención emocional muy personal al tiempo en que debe conciliar el día a día de los ensayos, sus problemas familiares, y los problemas financieros que implica tamaña producción teatral.
En una rocambolesca construcción narrativa en abismo, Birdman, imbrica como en un juego de espejos, el estado de ánimo del personaje principal Riggan Thomson con el del personaje de la obra (Mel) y podríamos intuir que la del propio Iñárritu, que pisa un terreno creativo más intelectual y menos efectista aunque sí muy elaborado debido a su puesta en cámara.
Una estética de 30 largos planos secuencia cuya fotografía es dirigida por el reciente ganador del Oscar por Gravity, Emanuel El Chivo Lubezky. Con un ritmo visual frenético en una aparente temporali º dad en presente continuo, la cámara de Lubezky sigue a Riggan siempre al borde del ataque de nervios (muy bien acompañado por el score del jazzista mexicano Antonio Sanchez, siempre marcando un ritmo in extremis con sus percusiones), a través del espacio laberíntico del teatro. Este dispositivo narrativo parece hacer eco con la maraña emocional en la cual se encuentra envuelto mientras sale de su camerino y entra al escenario y regresa a su camerino. En estas salidas y entradas conocemos, a la vez que seguimos su entorno, a Sam (Emma Stone), su hija recién rehabilitada del abuso de las drogas y que simboliza para este, la voz de la razón, el ancla que lo sujeta a tierra y que por el momento trabaja como su asistente. Y a su tropa de actores interpretados convincentemente por Edward Norton, Naomi Watts, Zack Galifianakis y Andrea Riseborough.
El filme abre con la imagen de Riggan flotando en flor de loto en su camerino del teatro, ¿habrá alcanzado el nirvana? Desde esta primera imagen establece el tono mágico-realista y believe-disbelief el cual continuará el resto del filme. Es decir, estos momentos solitarios en los que despliega una serie de pequeños “poderes” de superhéroe nos harán dudar todo el tiempo si lo que estamos viendo o escuchando corresponde a la realidad ficticia interna o una meta realidad, en donde convergen su ego, con el del propio Michael Keaton quien protagonizara Batman a finales de los ochenta y el del mismo director, en su afán megalómano de llevar a cabo una ficción que rompa con la tónica de sus ficciones pasadas escritas por Guillermo Arriaga.
Notablemente distinta a los anteriores filmes en donde Iñárritu juega al rompecabezas espacio-temporal no solo en estructura dramática, sino también en el patetismo de sus argumentos melodramáticos. Esta vez la diferencia es radical por la arquitectura del guión continuo y su estética narrativa. Aunque en este nuevo relato guarda también ese toque de mágico-realismo latinoamericano que le aportaron sus guionistas Nicolás Giacabone y Armando Bo en su filme precedente Beautiful . Y es que si en el pasado el director pintó narrativas corales paisajistas de la complejidad humana con la aceptación de la muerte, acá en Birdman, el director propone mirar el interior complejo del ego como soporte o plataforma del destino trágico de un solo personaje.
¿Acaso no es el ego siempre el motor de las grandes tragedias?.
Y es que pareciera que al igual que su personaje empujado por su ego, busca aceptación en la alta cultura, Iñárritu, busca el filme que lo consagre como un “autor” a la Welles o la Fellini. Pero en Birdman a diferencia de los filmes de los grandes autores, tan solo implica un champurrado de clichés tras bambalinas y situaciones neoyorkinas comunes de la industria del espectáculo en donde todo parece artificial. Y lo es por que desde la perspectiva de la convención de lo que se cree debe ser un autor de cine, este lo es porque retrata a través del temperamento de sus personajes, los grandes dilemas morales de la sociedad en la que vive y en ese intento se diluye el propio zeitgest o el espíritu de su tiempo.
La creación de una obra en particular responde pues a una gran pregunta interna que el propio autor con su obra busca responderse en base a este preciso estado de animo suyo y que representa al de la colectividad. Al menos en este filme el director no esta leyendo el espíritu del tiempo, ni la complejidad actual del artista postmoderno; tan solo hizo un filme cuya estética muy elaborada demuestra una vez más que su saber-hacer se desenvuelve en distintos registros de estructuras dramáticas con singular soltura como su propio ego.
Birdman revela pues una triada de egos que convergen en la ansiedad y el miedo. Sin embargo este registro de egos no convergen en el patetismo de la victimización sino en la superación de los mismos, como dice el mismo director, “como en una terapia”. ¿Será Riggan un actor en verdad o tan solo una celebridad empujada por su ego hacia el gran teatro? ¿Tiene Iñárritu las cualidades para ser un “autor” más allá de su maestría en el saber-hacer de rodar comerciales de alto presupuesto y filmes melodramáticos?. O ¿de que hablamos cuando hablamos de amor?
* El autor es licenciado en Artes Escénicas por la Universidad Libre de Bruselas




