José Gómez Sandoval
POZOLE VERDE
* Campuzano y las intimidades de un concurso
Sobre La sombra íntima, la novela del tixtleco Juan R. Campuzano –que el próximo día 13 cumple 23 años de fallecido–, hay grandes elogios y dos o tres críticas severas. Los elogios suelen ser grandilocuentes, amigables, sentimentales, y por lo general empiezan asegurando que La sombra íntima “fue premio nacional de novela de México”, como escribe Blanca Galván en Una larga mirada sobre el escritor y el hombre: Juan R. Campuzano (1981), o que “ganó el Premio Nacional de Novela”, como apunta Juan Pablo Leyva en el prólogo de la edición que en 1988 realizó la fugaz Editorial Tiempos del Sur, de Andrés Campuzano, en cuya portada se lee: “Premio Nacional de Novela”. Esto, a pesar de que en la página titular de la novela viene impresa la leyenda: Accésit al Primer lugar premio en efectivo y diploma, Concurso Nacional de Novela “Ciudad de México”, lo que, si consideramos que accésit quiere decir “recompensa inferior inmediata al premio”, viene equivaliendo al segundo lugar. Si le agregamos que, cuando se habla del premio, no se cita la novela de Jesús Goygortúa Santos, Lluvia roja, que finalmente le ganó el primer sitio a la de Campuzano, comprenderemos que, al no decir toda la verdad, los prologuistas mienten conscientemente, tirándonos la finta de que La sombra íntima fue ganadora absoluta del citado certamen nacional, que se realizó en 1946. La historia la cuenta José Luis Martínez (JLM) en Experiencias de un concurso novelístico, inscrito en Literatura mexicana siglo XX, 1910-1949 (1949). Vamos leyendo:
En agosto de 1946, el gobierno del Distrito Federal “creó el Premio Ciudad de México, consistente en $5,000.00, la cantidad más importante que se haya ofrecido en certámenes de esta naturaleza”. El jurado era de puro lujo: José Vasconcelos, Francisco Rojas González y el propio Martínez. Desde luego que “no era la primera vez” que JLM “cumplía un encargo semejante, que suele considerarse honroso, pero sí fue la primera vez que ese encargo fue una experiencia al mismo tiempo ácida y jugosa para mí y aun buena para ser ejemplar. Por eso he decidido relatarla”. Por eso también, la sintetizamos aquí.
Martínez se refiere al esfuerzo y a la enormidad de horas que el jurado tiene que dedicar a la lectura de las obras que compiten, sobre todo cuando decide “afrontar de lleno su cometido y cumplirlo con toda la honestidad posible”. El planteamiento suena a queja profesional, pero, de regreso al concurso, JLM señala que finalmente su participación como lector calificado le sirvió “para observar el pulso de nuestra novela contemporánea”. Y, en sucinto inventario, afirma que “la impresión general que obtuve de la lectura… es de que nuestra novela es el género literario más entusiastamente cultivado en la actualidad. Aparte –dice– de la producción abundante, podría reconocerse en estas novelas variedad y riqueza temática y una tendencia muy acusada al realismo. En ningún caso encontré una novela fantástica o siquiera imaginativa; lo común a todas, por el contrario, es la tendencia a registrar, con la mayor fidelidad posible y según el criterio de cada autor, una realidad presente o pasada, rural o citadina…
“Los móviles –prosigue– de todas las acciones novelescas, el contenido de su pensamiento y aun la perspectiva de los novelistas mismos, radican siempre en los sentidos, en las pasiones, en la emoción y en el sentimiento. La inteligencia o la razón sólo participan en estas creaciones en sus formas primitivas: la astucia, la experiencia, la malicia, acaso porque cualquier otra aptitud resultaría inútil en estos dramas, también primitivos, en que se lucha contra la naturaleza o la barbarie o a favor de modestos ideales sentimentales o sociales”.
Lo que llevamos parece suficiente para enmarcar las numerosas novelas concursantes. Pero JLM tiene mucho más: “Los temas frecuentados… no ofrecen novedad para el lector corriente de nuestra novelística contemporánea”. Y empieza a involucrar a Campuzano: “Las narraciones de la vida rural optan entre la exaltación lírica de las virtudes campesinas o el relato de tesis social que cuenta, por ejemplo, las luchas y penalidades de un pueblo minero o la vida ejemplar de un maestro rural que se convierte en guía y protector de la pequeña comunidad a que ha sido destinado”.
Como sabemos, en la novela de Campuzano un maestro llega a una población de la Costa Grande de Guerrero, se adhiere al esfuerzo de los habitantes y se compromete con la causa de los trabajadores de la “tumba” de coco. Campuzano hace buenos retratos de los costeños, esboza costumbres y cuando pone en tinta el habla costeña, lo hace bien. Para referirnos al paisaje y a la situación económica y política que pinta la novela, prefiero citar a Alejandro Gómez Maganda, que lo dice re-elegantemente bien: “Lo subjetivo de la belleza en eclosión y las objetivas lacerantes peleas de la fertilidad de la tierra encinta y sus frutos aleatorios bajo el imperio de una naturaleza pródiga y un cielo cicatero. El monocultivo primate característico de la agricultura guerrerense con todas sus plagas y benevolencias, frente a los pulpos insaciables de los grandes cosecheros que monopolizan el esfuerzo campesino bañado en sudor y sangre”.
Todas las noches, el protagonista Jaime Reyna dedica sus pensamientos a Tacuara, una mujer, a la que ama, de la cual nunca sabremos nada más que su nombre. Tacuara es como el reducto de pureza, honestidad, fidelidad, e incluso de valores sociales y filosóficos, de Reyna, el legendario e inapresable paraíso personal y social donde el maestro lava las llagas del día. Tacuara es la sombra íntima.
Martínez también se refiere a los aspectos en que la ciudad ha aparecido en la novela, a la novela de aventuras, a las que hablan del pasado indígena y colonial, a las que exploran el porfirismo y la Revolución. De vuelta al concurso que nos interesa, escribe:
“La novela que obtuvo el primer premio, Lluvia roja de Jesús Goytortúa Santos, cuenta la aventura amorosa de un militar que consigue hacer olvidar a una valerosa muchacha sus propósitos de recluirse en un convento, relato que tiene por marco la Huasteca y que ocurre hacia los años de la revolución delahuertista. Subsisten, finalmente, relatos sentimentales, diarios de estudiantes adolescentes, sencillas historias de amor, desahogos románticos que no tienen ningún valor literario”.
Hay que recordar que JLM empieza recordando la friega y relativizando y hasta ironizando el honor que implica ser jurado en un concurso literario. Como si se vengara de la afrenta que en este caso padeció el jurado lector, Martínez se olvida de la exquisita cortesía que lo caracterizó como persona y aun como crítico literario, y, refiriéndose “a las limitaciones más notorias de estas novelas”, asesta:
“A causa de su anti-intelectualismo y de las formas primitivas de sentimientos que les caracteriza, es frecuente el recargo episódico, la truculencia con que, a falta de otros atractivos más sutiles, deben ganar la atención del lector. Nunca parece bastante una sola acción sino que se rodea a la principal de muchas peripecias accidentales y decorativas o se enlazan arbitrariamente varias historias”.
Añade que “el lenguaje frecuentemente es desproporcionado, casi siempre desviado hacia el tono oratorio o hacia un lirismo simbólico pocas veces eficaz. Un campesino habla con parábolas y alegorías…” Enumera el abuso de los argots populares, la procacidad sin relieve literario, la articulación de elementos simplista y acumulativa, el uso de la descripción, la narración y el diálogo “presentados siempre desde la misma perspectiva”. Echa de menos “que cada novela no sea siempre el mejor fruto que pudiera lograrse con los materiales que la integran… o no consigue extraer todas las calidades que yacen en una historia ejemplar”.
Quién le manda al Departamento del DF dudar de la sabiduría y honestidad de Vasconcelos, Rojas González y JLM, a los que obligó a dar marcha atrás a su veredicto, aun en contra del inciso de la convocatoria donde se advierte que “la decisión del jurado será inapelable”.
“Los jurados de aquel concurso nos encontramos –explica–, cada quien por nuestro camino, frente a un panorama como el que he descrito. Más concretamente, llegamos a la conclusión de que las dos novelas más interesantes eran Lluvia roja, cuyo autor resultó ser Jesús Goytortúa Santos, y La sombra íntima, de Juan R. Campuzano.
“Si la primera era indudablemente la de realización más madura y eficaz, su tema carecía de originalidad y de nobleza y no satisfacía del todo, por ello mismo, aquel requisito de ‘enaltecimiento de las virtudes del pueblo mexicano’ –o algo semejante– previsto por la convocatoria.
“La segunda, por el contrario, valía más por lo constructivo de su tema y de su tesis –la vida de un maestro rural y su acción social en el pueblo a donde se le envía– que por sus cualidades formales: era demasiado breve y podía ser mejorada notoriamente en muchos aspectos”.
Debo advertir que, en su libro, a la novela de Goytortúa ya le ha dedicado una página, en la que subraya el interés con que se lee, pues el autor –apunta– es un “narrador nato” y su historia digna de ser llevada al cine. “En 1946 ganó el Premio Ciudad de México con Lluvia roja”, dice por ahí, sin acordarse de Campuzano para nada. Como no le gusta quedarse con juicios en la bolsa, asienta que si Lluvia roja (Porrúa, 1947) “mereció considerarse en primer lugar en un concurso en que participaban cerca de setenta novelas, más por su eficacia narrativa que por la grandeza del asunto”.
Por ejemplo. Suficiente para engordar la porra al maestro Campuzano, a La sombra íntima, que sobresalió entre unas 70 novelas y quedó apenitas abajo de una novela medio buena, o más o menos buena, o francamente buena, pero sin “mensaje social”.
Así fue cómo, con las novelas de Goytortúa y Campuzano enfrente, el jurado-de-lujo se vio en tremendo trance y su decisión tuvo que ser “salomónica”:
“No pudiendo satisfacer plenamente los requisitos de la convocatoria ni declarar desierto un certamen de concurrencia tan abundante y meritoria, sugerimos el reparto del premio de $5,000.00 en uno de $3,000.00 para la novela de Goytortúa y otro de $2,000.00 para la de Campuzano, exponiendo previamente las razones que nos determinaban a ello y solicitando, al mismo tiempo, distinciones para cinco o seis novelas valiosas que merecían aplauso”.
Es sumamente cortés JLM cuando relata que “algunas circunstancias, que me parece inútil recordar, motivaron entonces que algunos periodistas, con los intereses derivados que antes he descrito, zarandearan a su gusto nuestra determinación”, el veredicto jurado, “hasta lograr que fuese enmendada por las autoridades del Distrito Federal”. Su cortesía abarca la política: para nada menciona al entonces ya muy influyente Alejandro Gómez Maganda como el principal objetor del primer veredicto del jurado y primer promotor del triunfo de la novela de su paisano Campuzano, con quien compartió butaca en la Escuela Nacional de Maestros (y al que poco después haría diputado local), como el propio Gómez Maganda nos lo hizo saber en la presentación de la primera edición de La sombra íntima (1951). No en balde, de repente, en la novela hay posibles referencias al joven Gómez Maganda: “El Viejo nos contaba en la escuela, pasajes de su vida, nos leía páginas de su juventud que él tiene por ahí escritas y que lo pintan haciendo su aprendizaje de luchador social, siendo el discípulo más aventajado y querido del maestro Juan R. Escudero, precursor y organizador de las primeras luchas de los obreros y campesinos del estado”.
Resumiendo: ante la grilla político-periodística, el jurado reculó: “la enmienda, afortunadamente –cuenta, respirando hondamente, JLM–, fue positiva, pues dio a Goytortúa el premio original de $5,000.00 y a Campuzano el mismo (2 mil) que habíamos propuesto”. Exhausto, concluye:
“Cuando el público conozca ambas novelas … o acepte la explicación que formulo ahora, comprenderá el porqué de nuestra decisión y las calamidades que, a cambio de una ilustración apreciable sobre el estado actual de nuestra novela, disfrutan los jurados de los concursos novelísticos”.
Ora sí que de a tiro JLM tumbó coco en el pozole verde. No está mal, pues nos evitó las críticas a La sombra íntima y, sobre todo, porque estamos seguros de que a partir de las sombrías intimidades del concurso que por su propio testimonio hemos conocido, muchos lectores guerrerenses se interesarán en la novela de don Juan, aunque sea pa’ ver si es cierto.




