Arturo Solís Heredia
CANAL PRIVADO
* Los nuevos intocables
Como sucede a menudo con casi todos los temas de la agenda pública que se debaten en el contexto de la lucha partidista por el poder, el movimiento #YoSoy132 y su convocatoria a la participación critica y enérgica de jóvenes universitarios en el país, se ha convertido rápidamente en un dogma bipolar.
De un lado, los detractores, críticos, sospechosistas e incrédulos, que ven y califican el movimiento cono guerra sucia, boicot planificado, ardid perredista… o que les late que hay gato encerrado.
Del otro, los pregoneros jubilosos del despertar de la conciencia juvenil, el amanecer de un nuevo México, el fin de la tiranía… o los que celebran todo lo que chingue al PRI y a Enrique Peña Nieto.
Ya lo he dicho y reconocido: no sé por qué, pero a los mexicanos se nos da el dogma y la entelequia. Huevos o gallinas, el hecho es que la sociedad se entretiene e involucra en el falso debate partidista, replicando arquetipos y estigmas de militancias ciegas e irracionales, mirando una realidad subjetiva de verdades absolutas e irreconciliables, defendidas con pasión y fe, más que con razón y conciencia.
A los mexicanos, a muchos, al menos, les da güeva entender mejor los temas a debate y ponderar en serio nuestras ideas y opiniones; prefieren obedecer la lógica monocromática de la política y los políticos, que articular desde abajo un verdadero debate público de la agenda social; les seduce más el juego de amigos o enemigos, que el reto azaroso de los datos duros y las verdades objetivas.
Por eso, cuando Juan Angulo, el director de El Sur, me propuso escribir acerca del movimiento #YoSoy132, me pareció un proyecto inconveniente, tanto que hasta sospeché perversas intenciones detrás de su propuesta. “Se me hace que Juan quiere que me suicide editorialmente”, pensé. “O, ¿por qué me invitaría a caminar voluntariamente al paredón?”, seguí pensando.
Los jóvenes del movimiento #YoSoy132 son los nuevos intocables, escribió Hugo García Michel en su columna Cámara Húngara, en Milenio diario el 2 de junio pasado. “¡Guay de aquél que ose poner en duda la pureza del movimiento estudiantil conocido como #YoSoy132!”, advirtió, no sin razón.
Cualquiera que se atreva a insinuar crítica o descrédito sobre el movimiento de los chavos, se expone a la condena, el reproche y el alegato enjundioso de los más demócratas de sus entornos familiar, filial y laboral. “Pinche reaccionario, priísta dinosaurio, conservador autoritario, represor intolerante, engendro antidemocrático”, disparan con templanza sublime de propietarios exclusivos de la verdad y la ética.
Y los entiendo. Al menos en este momento electoral, criticar o poner en duda la inesperada, fresca y esperanzadora irrupción de los jóvenes universitarios en el debate de la elección presidencial, pareciera una clara incorrección política.
Y se entiende. La coyuntura no da tiempo para análisis profundos ni serenos, las circunstancia apremian pasión y entrega a las causas y conflictos de los candidatos.
Aún así, creo que nos haría muy buen servicio tratar de entender mejor el origen, motivo y crecimiento del movimiento juvenil, atendiendo más a hechos concretos y datos duros, que a declaraciones militantes.
Por eso, y como además me gusta la contra, decidí aceptar la propuesta de Juan Angulo y escribir algunas ideas y opiniones acerca de #YoSoy132. Pero como no soy suicida, comenzaré esta semana con un breve adelanto de los temas que abundaré en la próxima:
En la visita de Peña Nieto a la Ibero, participaron de manera activa 131 estudiantes, de los casi 10 mil inscritos en esa universidad.
La manifestación pública más numerosa del movimiento juvenil en la ciudad de México, hasta la fecha, convocó a cerca de 40 mil universitarios, de los casi 500 mil estudiantes de las principales universidades públicas y privadas que existen en ese lugar.
En México existen menos de 29 millones de usuarios activos de Facebook.
En México existen menos de 4 millones de cuentas activas de Twitter; el 75 por ciento de ellas en el Distrito Federal, 10 por ciento en Monterrey, 7 por ciento en Guadalajara, y el 8 por ciento en el resto del país.




