Anituy Rebolledo Ayerdi
Acapulqueños XX
Con afecto para Roberto Ramírez Bravo, premio Juan R. Escudero de la UAG por trayectoria periodística. ¡Bravo, Roberto!
Los lectores primero
Desde Zihuatanejo, don Moisés Vargas Figueroa precisa la ubicación de la casa de Germán Valdez, Tin Tan, en Acapulco. Estuvo al fondo de la calle Chapala, abajo de la de Tlaxcala, pegada al río del Camarón. En la esquina se encontraba la miscelánea La Oaxaqueña, donde vivió Armando Colmenares, mejor conocido como Tito Chapa. Uno de los vecinos del cómico era Carlos González, baterista de Freddy Guzmán, quien amenizaba con su “trompeta de oro” la clientela millonaria del restaurante Bellavista del hotel Las Brisas. Sitio este último donde laboró orgullosamente este servidor.
Se agradece la precisión, amigo Moisés. Perdón: ¿se vive mejor en Zihuatanejo que en Acapulco? Saludos.
De Puerto Vallarta
Soy Alfredo Sánchez Galeana, acapulqueño con residencia de más de 35 años en Puerto Vallarta. Soy su lector desde hace muchos años y mi pregunta es si tiene usted algún libro editado y si lo tiene cómo conseguirlo.
–Todavía no, amigo Sánchez Galeana, pero ya merito. Mientras, nos seguiremos viendo aquí todos los jueves. Espero.
Diputado, no alcalde
Lector anónimo nos echa en cara una nueva pifia. El sastre hispano Francisco Gámez, dueño de la sastrería México, no fue regidor en el Cabildo de Acapulco sino diputado local. Ocupó un escaño en la primera legislatura del gobierno de José Francisco Ruíz Massieu.
Las costureras
Ya hablamos en la entrega anterior de los sastres acapulqueños, ahora, para que no se nos acuse de misóginos (un cargo muy de moda, por cierto) hablaremos de costureras o modistas.
El título de costureras lo exigían las damas dedicadas en los 20-40 a la confección de ropa femenina, principalmente para bodas y bailes de pomada. Será mucho más tarde, quizás a la mitad del siglo XX, cuando aquellas mismas exijan el título de modistas y ello para estar al día con sus pares de otras latitudes.
Los años cincuenta traerán consigo una auténtica revolución en la materia. Se dejarán atrás pompa y rigideces. Desaparecerán las cinturas de avispa, las caderas rotundas y las hombreras de jugador de futbol americano. El medio siglo será saludado por las damas vistiendo ropa cómoda, ligera y juvenil. Las siluetas se volverán por ende más lisas y pronto se anunciará el advenimiento de la minifalda.
Aquí, en Acapulco, como en otras muchas partes del mundo, no habrá concesiones en materia de vestuario femenino para grandes ocasiones. Será este necesariamente complicado –un fruncidito aquí y el drapeado acá–, piezas salidas como por encanto de voluminosos “figurines”. Importados estos de otras latitudes, incluso de Francia, serán estos la biblia para las costureras. No faltarán, sin embargo, las que se atrevan a adaptarlos felizmente al medio.
Mencionadas por el almirante Alfonso Argudín Alcaraz en sus remembranzas periodísticas en El Sol de Acapulco –reunidas en un volumen por el cronista Alejandro Martínez Carbajal–, las mejores modistas de su tiempo fueron doña Antonia Castilllo de De la Peña y doña Julieta Méndez. Ambas confeccionaron los más elegantes y a la vez más sencillos vestidos para las novias de la época. Y cuidado con que alguna de ellas se dejara en el proceso crecer la pancita, aunque sólo fuera por atracones de relleno o tamales.
También citadas por el ex alcalde Argudín, costureras de épocas más cercanas como doña Pina Durán, doña Luisa Lluck y doña Donaciana Berdeja. Las creaciones de doña Chana –anota–, no envidiaban en nada a la alta costura y tenía por ello tanta clientela que era difícil el privilegio de su atención.
Todavia mas acacito: Lita Bello Ruiz, hermana de Payito, el bienamado obispo de Acapulco; doña Elia viuda de Pancho Galeana, vecina de los Rebolledo-Ayerdi, muy solicitada por su alta costura. Y Chole, a secas, la costurera de la madre y hermanas del escribano. Este tenía que acompañarlas por las noches, soplándose largas sesiones de medidas, pruebas y cotorreo… Le sorprenderá el manejo de alfileres en la boca, sin aparentes consecuencias.
Muchas costureras acapulqueñas servirán por largo tiempo en La Casa de la Novia, la Casa Teresita y otras en el área del mercado central. A las novias les gustaban los modelos ofrecidos y los usaban con orgullosa presunción. Verse como las novias de las películas era una búsqueda obsesiva. Y es que faltará mucho tiempo para que se diseñe el “vestido de escote de pico, grandes volantes y mangas de farol”, usado por la dulce y hermosa princesa Diana en su boda con el príncipe Carlos de Inglaterra. (El que luego se aficionará a las mujeres viejas y feas). Entonces, toda chica que se respete querrá imitarla.
El vestido de la Taylor
Cuando Elizabeth Taylor llega al puerto en 1957 para contraer matrimonio civil con el productor Mike Todd, ya trae el vestido que lucirá en tal ocasión, la tercera de ocho. Un vestido azul con velo del mismo color diseñado por la modista Helen Rose, de la Metro Goldwin Mayer, creadora un año antes del ajuar de Grace Kelly para su boda con el príncipe Raniero de Mónaco. No necesitará, pues, de las modistas locales.
A la boda de la actriz de los ojos violeta y el poderoso productor teatral y cinematográfico antecedió una negociación, ¿cómo decirlo?, ¡padroteril! El todavía esposo de la Taylor, el actor inglés Michael Wilding, hizo un viaje especial al puerto para firmar el acta de divorcio con la Diva, sin la cual no habría boda. Recibe por el autógrafo 200 mil dólares y una residencia jolibudesca. No obstante se manifiesta indignado cuando se entera de un embarazo de dos meses de Liz, sin ninguna intervención suya, por supuesto. Entonces el muy cabrón rechazará quedarse a la fiesta (¿flema inglesa?).
La boda se celebró en los jardines de la residencia de don Miguel Alemán Valdez y fueron contados los invitados entre familiares y amigos. Fue padrino el cantante Edie Fisher y dama de honor su esposa Debbie Reynolds (Fisher se quedará con la viudita cuando Todd muera en un accidente, en tanto que la dulce Debbie mentará madres). La crónica en una revista del corazón no tiene desperdicio:
“Docenas de antorchas de kerosene iluminaban los jardines de la residencia y en el centro una tribu de indígenas ejecutaba danzas típicas. Los invitados, en tanto, disfrutaban del caviar, la langosta, los langostinos y el cochinillo asado. Un grupo de músicos itinerantes ataviados con trajes tradicionales tocaban y cantaban. La fiesta fue rematada con el estallido de fuegos artificiales: una serie de cohetes amarillos, rojos y naranjas dibujaron en el cielo las iniciales MT y ET”
La pirotecnia fue obsequio de Mario Moreno Cantinflas quien, como Pedro Vargas, se mostrará muy agradecido, muy agradecido. Y cómo no, si Mike Todd produjo la cinta La vuelta al mundo en ochenta días, que universalizó al otrora peladito barriobajero. Por si fuera poco, el productor estrenó en ella un sistema creado por él mismo denominado Todd- AO, con pantalla gigantesca y sonido deslumbrante. La cinta acaparó cinco premios Oscar y dos Globos de Oro.
Volver a empezar
Un último y necesario apunte sobre Mike Tood, cuyo interés por México era de antigua data. Ya en 1944 estará produciendo en Broadway un musical titulado México Hayride, con canciones escritas por un genio llamado Cole Porter.
A propósito, el periodista y ex alcalde de Acapulco Jorge Joseph sostuvo siempre la versión de que Porter se habría escondido en Acapulco para rumiar un doloroso fracaso teatral. Beberá entonces como desesperado, martinis bien secos, uno tras otro y sin parar. Su cantinero en el hotel El Mirador, el acapulqueño Reynold Méndez, asumirá como todos los de su oficio el papel de cura confesor.
–Ánimo, señor Porter, míreme a mí. Soy levantador de pesas pero un accidente me retiró del deporte que es mi pasión. Un día, sin embargo, me dije: tantos años de esfuerzo no pueden terminar así como así, ¡todo es cosa de volver a empezar! Y volví a empezar, señor, llegando a coronarme campeón welter de todo México. Yo digo, señor Porter, que todo es cosa de volver a empezar.
Cole Porter, en la versión de Joseph, correrá al piano del hotel para tocarlo como un poseído, pero sin soltar su Martini. No pasará mucho tiempo para que se deje escuchar el grito victorioso del músico: ¡lo tengo! Y entonces, los pocos acapulqueños presentes escucharán por vez primera las notas maravillosas de Begin the beguine. El volver a empezar aconsejado por Reynold Méndez.
Renato y el coronel
La relación estrecha entre Renato Leduc y el coronel José García Valseca, dueño del diario deportivo Esto y la cadena de Los Soles, fue objeto del reproche permanente para aquél por parte de la zurdería intelectual. Leduc, sin embargo, mantuvo una lealtad inquebrantable para el empresario poblano que, sin haber leído un solo libro en toda su vida –según orgullosa confesión propia–, creó la cadena periodística más grande del mundo.
–¿Por qué Esto –pregunta un día Renato al Coronel– ¿Por qué un nombre tan feo para el primer periódico deportivo de América?
–Porque el nombre es lo de menos, lo importante es el contenido –responde García Valseca–. A ver, tu, dime, ¿que haces al ver en la calle a una mujer hermosa, le pides su nombre o le miras las nalgas?
–¡Ah, no, que cabrón, primero le miro las nalgas, ni hablar!
–¿Te convences entonces de que el nombre es lo de menos?
(Renato Leduc escribió por muchos años en la primera plana de Esto la sabrosa columna Cinco Minutos).
Libertad de expresion
Por poco y se nos pasa que hoy se celebra en México el Día de la Libertad de Expresión. O qué, ¿ya no?




