Silvestre Pacheco León
RE-CUENTOS
*El pasante (Parte décimo cuarta)
El abrazo al coronel
Atenidos más a la suerte que a las normas establecidas para conseguir una entrevista con el Secretario de la Presidencia, la habilidad y audacia del pasante permitió que sin la antesala acostumbrada, la comisión originaria de Quechultenango, de pronto se vio dueña de la situación camino a la oficina de su paisano que despachaba en el Palacio Nacional.
En todo lo que sucedió después el más sorprendido resultó ser el propio médico quien al entrar al despacho miró al Secretario levantarse con rapidez de su asiento y casi corría para abrazar al coronel, reiterándole su eterna gratitud por haber salvado a su padre mientras lo estrechaba amablemente.
Don Atilano, sentado frente al funcionario que ejercía las funciones del presidente de la República dejó en manos del pasante la iniciativa cuando el Secretario preguntó, “¿qué más se les ofrece?”:
–Pues usted ayudaría mucho a don Atilano si además de lograr que le paguen su pensión hace algo por su pueblo desde el alto cargo que tiene.
“Quechultenango puede acceder al desarrollo si el gobierno le da un pequeño empujoncito arreglando el tramo de carretera que lo separa de la capital y terminando de instalar la red eléctrica pendiente.
“A la gente del pueblo le preocupa la educación de sus hijos y demanda un edificio escolar decoroso para que estudien.
“La construcción de un centro de salud equipado y con el servicio médico y la medicina indispensable, pueden ser garantía para la prevención de enfermedades y tener una población sana”.
En presencia de la comitiva el Secretario dio instrucciones a sus ayudantes para que lo comunicaran con los diferentes titulares del gabinete que debían actuar para atender la solicitud presentada.
Uno a uno los diferentes secretarios fueron recibiendo las instrucciones que provenían del despacho de la Presidencia y cuando consideró que las peticiones quedaban cubiertas volvió con el coronel.
–Don Atilano, su pensión se le dará de manera retroactiva, y mientras le llega su primer pago de la Secretaría de la Defensa Nacional, he dispuesto que hoy mismo se lleve un dinero para que cubra sus gastos urgentes.
“En cuanto a las peticiones que me han formulado para beneficio del pueblo, pueden ustedes irse con la seguridad de que serán atendidas de manera inmediata. El arreglo de la carretera quedará a cargo de la Comisión Federal de Electricidad que terminará por fin el tendido eléctrico.
“La Secretaría de Educación Pública instalará un módulo completo de escuela primaria con todo el equipamiento y los servicios de la misma calidad que tienen los estudiantes de la ciudad, solamente tendrán que poner ustedes el terreno.
“Por cierto, el regente Uruchurtu me ha dicho que con la remodelación de un parque en la colonia Condesa han removido toda la instalación eléctrica subterránea, puertas y barandales en buen estado, no sé si ustedes quisieran aprovecharlo”.
El médico no esperó a que el presidente municipal rechazara la oferta aduciendo falta de recursos, y respondió que era lo que hacía falta para equipar el jardín construido en la plaza municipal, que todo lo recibirían con gusto.
Cuando los miembros de la comitiva salieron del Palacio Nacional no cabían de la emoción, con deseos de regresar lo más pronto posible a Quechultenango para informar de los compromisos alcanzados con su paisano.
El rumor sobre los logros de aquel viaje corrió de boca en boca en el pueblo, como el fuego en la pólvora, desde el momento en que los viajeros pisaron el suelo, y eso ayudó a que la asamblea informativa fuera nutrida y participativa.
Cuando la información hubo sido completada todos los asambleístas aplaudieron lo conseguido, y no faltaron ideas y propuestas que se expusieron ahí mismo para conseguir los terrenos que se necesitaban para la construcción del centro de salud y el edificio de la escuela primaria.
Pero tampoco faltó aquella voz del descreído que preguntó a la concurrencia: ¿Y si todo resulta un chisme?
No pasó mucho tiempo después de la asamblea informativa cuando comenzaron a verse los logros de aquel viaje a la capital.
El primer hecho que dio certeza al informe de la comitiva fue la llegada al pueblo de los dos tráilers que transportaban el equipamiento para el jardín.
Se trataba de una decena de arbotantes, seis puertas de fierro forjado de dos hojas y amplios tramos de barandal, todo en perfecto estado que se descargó entre una multitud que observaba admirada.
Aún no pasaba una semana del arribo de los tráilers cuando se comenzaron a ver brigadas de peones haciendo trabajos de rectificación y construcción de alcantarillas en la carretera, mientras los electricistas acometían el tendido eléctrico para el alumbrado público.
Pero lo máximo que vivieron los habitantes en aquella etapa de transformaciones que vivió el pueblo fue la llegada del helicóptero que transportaba a los funcionarios de la Secretaría de Salubridad quienes llegaron a verificar si el terreno para la edificación del centro de salud había sido conseguido y si éste reunía las condiciones requeridas.
Era la primera vez que un aparato tan moderno llegaba hasta el pueblo, con un estruendo que a todos desconcertó.
Después de dar una vuelta sobre el pueblo buscando dónde asentarse, cuando encontró el terreno propicio para bajar ya un mar de gente veía el espectáculo de su llegada.
Los vecinos fueron víctimas del viento feroz provocado por el girar de las hélices, que levantaron techos y tiraron tejas, levantaron polvaredas y asustaron a los animales.
El presidente municipal aparecía contento saludando de mano a tan distinguidos visitantes que aludían a su empeño por el desarrollo de su pueblo.
Mientras los funcionarios caminaban rumbo al terreno comprado con los fondos de eventos como las carreras de caballos, rifas, bailes y kermeses organizados por el Centro de Bienestar, el presidente municipal les hacía el recuento de las obras realizadas con la fuerza de trabajo gratuita aportada por la comunidad.
El centro de salud quedaría casi en el centro del pueblo y el terreno comprado era suficiente hasta para albergar los diferentes talleres de capacitación, además de los consultorios y la sala de exploración, la bodega y un pequeño jardín. Todo eso satisfizo a los visitantes quienes se veían alegres y animados, sobre todo durante la comida que se les ofreció después de que saborearon unas copas de mezcal servido en copas de carrizo.
En ese frenético mes de trabajo se consiguió también el terreno para la construcción del edificio escolar, no sin fricciones porque se tuvo que expropiar una parte de parcela a la propia ex directora de la escuela primaria, a quien no le alcanzaron todos los recursos de que disponía para evitarlo.
Así pronto Quechultenango tuvo un edificio escolar único por su calidad y modernidad, como no había otro en el estado. Eran aulas prefabricadas, de techo de concreto, paredes de celosía, puertas de metal, escritorios, sillas y pizarrones de calidad y ventanas de mica transparente donde lucían las fotografías de los héroes de la Independencia y de la Revolución. Los sanitarios con fosa séptica eran lo mejor.
La plantilla de profesores en ese nuevo edificio escolar estuvo a la altura de la calidad del edificio cuyo uso fue intensivo porque dio cabida en el turno vespertino a los estudiantes que cursaban la secundaria.
Del jardín que se equipó entonces con el donativo de la regencia de la ciudad de México aún pueden verse en el lugar las puertas, el enrejado y los arbotantes, con la red eléctrica oculta, la que durante muchos años se lució como la mejor instalación en un parque recreativo.




